| |
|
|
|
INICIO > PROVINCIAS > > ARTÍCULOS |
| |
30 de enero de 2012 |
| |
Javier Ruibal |
| |
Tiempos grises y fotos en color |
| |
Me piden un relato sobre la transición política en España. Trato de recordar como fueron aquellos años, como éramos nosotros, qué pensábamos, hacíamos, decíamos..., los recuerdos se agolpan como una sucesión de fotogramas en los que uno va descubriendo que las cosas no siempre son lo que aparentan. Irremediablemente me voy a fechas muy anteriores. Los tiempos eran grises pero las fotos son en color.
Primera fotografía: El Puerto de Santa María, estamos jugando un inocente partido de baloncesto en una cancha cedida por la Organización Juvenil Española (OJE) y de repente llegan policías de paisano para llevarse detenido a uno delos mayores. Así nos enteramos de que el Tribunal de Orden Público (TOP) no es nada relacionado con una lista de canciones pop de mayor éxito, sino el Tribunal de Orden Público, que ha ordenado (valga la redundancia militarista) la detención de nuestro amigo a la BIC que, lejos de parecer una conocida marca de bolígrafos, se revela como la Brigada de Investigación Criminal. Días más tarde es puesto en libertad con el rostro irreconocible por la tremenda paliza recibida. Al parecer las octavillas convocantes a la huelga de la vid han salido de la multicopista de la OJE y él tiene no sé qué llave comprometedora. Para la policía nuestro amigo resulta ser algo más que un competitivo pivot y excelente encestador. Fallo garrafal :fueron otros pero pero los palos ya estaban repartidos.
Segunda fotografía: hay dos marineros de la PN (Policía Naval) llamando a la puerta de casa para comunicarle a mi hermano que hay una orden de acuartelamiento debida al asesinato de Carrero Blanco. Un pertrecho improvisado de víveres, ropa interior y consejos de prudencia, y mi hermano se va dejándome la sensación de que marcha al frente de guerra. Mis padres están muy preocupados y comentan sus miedos alrededor de la mesa camilla. A saber lo que podría pasar ahora con España. Y me entero de que este señor es un militar y no un político, y que no lo ha elegido el pueblo, y un largo etcétera de cosas que un adolescente de entonces debía desconocer por su propio bien. Pasan varios días y regresa mi hermano con sus heridas de guerra, que no son otra cosa que las tremendas ronchas que las chinches acuarteladas de Capitanía General han dejado en su maltrecho cuerpo por dormir en el suelo con una colchoneta. Mi madre reniega de la Marina porque no hay derecho que hagan esto con los muchachos... En la siguiente foto se ve a los grises tomando las calles de Cádiz para disolver la huelga de Astilleros. A modo de recibimiento vuelan desde los balcones bombonas de butano, neveras, lavadoras... como si, en el delirio antirepresivo, la gente hubiera decidido tirar la casa por la ventana empezando naturalmente por lo que más pesa. Una sensación de excitante miedo nos sube por la espalda mientras corremos delante de la policía, muy por delante de ellos. Ahora es otoño, años más tarde. Los partes médicos sobre la salud del dictador llegan a su irremediable final. No tengo sensación de alivio ni de fiesta, ni de nada por el estilo. Solo sé que no habrá clases en la facultad y que me voy a quedar en la cama el tiempo que me dé la gana. La televisión (en blanco y negro) ofrece el aspecto de la cola de condolencias que se desarrolla en Madrid. Desayuno y me pongo a tocar la guitarra toda la mañana hasta que llega mi padre y con cierto tono de desganada autoridad me dice que no le parece lo más oportuno que yo ponga música a un día tan señalado, pero no me ordena que deje de tocar. Y mi padre se revela como un ser distinto de aquel al que tantas veces le había oído decirnos eso de: tú no te metas por si acaso. El resto, lo ocurrido después, no fue más que lo que tenía que pasar. Se fue yendo aquel olor a zotal y alcanfor que inundaba los colegios y cines de mi infancia. El mismo viejo olor que rezumaban los libros de Urbanidad, y el Catecismo, y la Formación del Espíritu Nacional, y las aulas, las sacristías, las comisarías, los ambulatorios y los tristes barrios de la pobreza apaleada por la indiferencia. Y la Transición fueron aquellas huelgas, aquellos años del primer technicolor, aquella desgana de los padres para seguir inculcando una vida de orden y miedo; esa fue la verdadera transición. Era ese maldito mal olor el que detuvo el tiempo el mismo día en que nuestros mayores dejaron de hacer sus cosas cotidianas para, llevados por los intereses de unos cuantos, quitarse la vida unos a otros. |
| |
|
|
|
|