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Francisco Luis Córdoba |
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Medios de Comunicación (Córdoba) |
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Una irrepetible complicidad |
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Córdoba parecía amodorrada cuando la Constitución levantó las persianas. Latía por los barrios un movimiento social que luego se tradujo en la vitalidad política de aquellos años, pero se veían, sobre todo, las legañas de Abderramán y aquella tortícolis de siglos que la ciudad padecía de tanto mirar atrás.
Alas para la memoria. Ésa es, al menos, la sensación que me aguanta. El relato preciso de aquel entonces está hilado y bien cosido en estas páginas, con la hondura de la experiencia y el criterio profesional de algunos de los periodistas que más intensamente lo vivieron y mejor lo contaron. Pero sobre los hechos y su recuento a cada cual le sobrevuela el recuerdo..., porque son las alas de la memoria las que nos ponen en valor y nostalgia aquella Transición.
Sí..., fue gordo y a nosotros nos tocó. No era éste el estribillo del trabajo y las tabernas, pero sí la impresión común. Quienes tuvimos la fortuna de hacer en la vida pública cordobesa conciencia diaria de aquel tránsito, disfrutamos para siempre de amaneceres en los que, reventados de vivir y trabajar, encadenábamos días y noches, páginas y cambios, ebrios de tanto vuelco a tan pocas lunas de los caballos de Fraga. Si en el panorama político surgieron nuevas instituciones, personas y modos, en el informativo irrumpió una generación de periodistas que encontraron su hueco en la apuesta de otra generación de profesionales que dio el salto empresarial en el más tentador, y a la vez temerario, sector económico del momento: el mundo de la comunicación.
Arquitectos del edificio democrático. Con estas tres patas se construyó una experiencia llena de compromiso público, cercanía profesional y respeto mutuo. El recuerdo me amontona las caras de políticos, empresarios y periodistas cuyos nombres y méritos no cito por temor a que el olvido de alguno manche la memoria de todos. ...Aunque tampoco , ...porque... en el aire político de la Córdoba de hoy flota aún el eco sordo de quienes protagonizaron la vida partidaria e institucional de aquellos años. Alguno volvió al cole buscando el recreo de la vida (Julio), otros compatibilizan su ausencia oficial con un extraordinario don de la ubicuidad psocial (José Miguel), mientras los más prometedores buscan negocios de enriquecimiento masivo en Irak (Antonio) o presiden, desgraciadamente, la Cámara Alta del reino más alto (Cecilio).
Todos asoman a pie de obra en la foto sepia de los ochenta, pero fueron primeros arquitectos del edificio constitucional y autonómico que el país construyó. El reflejo de esa nueva conciencia autonómica tuvo también su empujón en Córdoba cuando el 28 de Febrero Andalucía recordó su nombre. Sin embargo, el autonomismo moderó su eco que no sus efectos en la sociedad cordobesa, en el ambiente político e incluso en el ámbito informativo. Ocupaba faldones y arañaba minutos en la prensa y radio local.
Para los medios, fue el municipalismo el campo más vivo del quehacer democrático. La existencia de la única Alcaldía comunista de una capital de provincia le dio al juego político, al discurso diario de los medios de comunicación y al propio clima social un perfil más acusado de experiencia democrática y laboratorio I + D (Información + Democracia ) En medio de nuevas demandas sociales de información, la ciudad respondía en los primeros meses de vigencia de la Constitución con un único medio escrito, que doblaba entonces por la mitad su formato y contenido.
La desembocadura. Ello propició que profesionales con instinto empresarial y vocación pública movilizaran un capital, pocas veces más social, para iniciar un proyecto con el que practicar la terapia del grito impreso y aplacar tantas ganas de decir. Fueron empresarios que abrieron ventanas, aportaron un motor económico y social y dieron, dentro de su propia diversidad personal, ejemplo de su capacidad de iniciativa y convocatoria, sumando la participación de cientos de participaciones en aquel amplísimo accionariado que parió La Voz de Córdoba. Hoy se recuerda como un proyecto oportuno, dinamizador y necesario, que al final derivó su desembocadura en una empresa más ajustada a los cánones del mercado y a la madurez del sistema: el nuevo diario Córdoba. Así, la cabecera de siempre volvía a estar sola y a casar su prestigio con su historia.
Por entonces, el ambiente de viva competencia primó el valor del periodismo sobre el interés de la profesión. La Asociación de la Prensa era una misa sin pregón. La misa no faltaba tampoco faltó después, pero faltaba la fe en un colectivo profesional como referencia social de iniciativas que acompañasen aquel camino de todos. El cambio radical que se produjo unió a los unidos y, a medio plazo, agrupó a los desgajados. Nos implicamos e implicamos a las instituciones en gestos de aliento profesional y gimnasia democrática que produjeron el efecto óptico de que, siendo los mismos, fuimos más.
Hoy el panorama profesional ya está transitado, ampliado y ramificado, pero creo que aún se nota sobre todo por los que en Córdoba siguen la sombra de una generación que registró en las ondas y el papel el vuelco del país... Eran muchos sueños y pocos años. Luego vimos que ni la razón ni la historia pagan vanidades y a quienes nos comíamos el mundo, el tiempo nos hizo vegetarianos y hoy nos muestra la realidad del país a través del retrovisor. Con todo, confío en que la memoria recuperada en este libro ratifique la sensación nunca perdida en mi cabeza de que en pocos sitios como en Córdoba la Transición apretó tanto las manos entre la política, la información y la calle. Políticos, empresarios y periodistas proyectamos, con irrepetible complicidad, el auténtico protagonismo de aquella Transición: el de la sociedad cordobesa, el del conjunto de todos y cada uno de los cordobeses que en aquellos años tuvimos la fortuna de sentir en la piel el vértigo de la política y las cosquillas de la libertad.
* Francisco Luis Córdoba, ex presidente de la Asociación de la Prensa de Córdoba |
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