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Mario Virgilio Montañez |
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La Cultura (Málaga) |
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El arte al alba |
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Con todo, con su desarrollismo y sus colorines en Torremolinos y las promesas de Mercado Común y progreso, la dictadura se evaporaba poco a poco, se iba olvidando de sí misma, y la cultura también olvidaba la cerrazón cerril, la imposición de una moral y un gusto determinados, e iba ocupando los espacios libres, los resquicios que le dejaban. Con más impaciencia a partir del asesinato del almirante Carrero en diciembre de 1973. Desde la Academia de Bellas Artes de San Telmo y el Ayuntamiento, sobre todo mientras fue concejal de Rafael León, se fue ampliando, y favoreciendo, la tolerancia hacia Picasso y, con él, lo que representaba. Aunque seguía imperando la pintura de jazmines y encajes, la abstracción ya no asustaba a nadie. En todo caso, lo que asustaba era un arte que transmitiera contenidos considerados perniciosos de forma fácilmente apreciable. Lo que podemos llamar figuración crítica. Una especie de neoexpresionismo de circunstancias que señalara y denunciara la descomposición del régimen y las posibilidades de la libertad. La ciudad en 1973 conoce la actividad de la sala de exposiciones de la Diputación, dirigida por Miguel Alcobendas, verdadera trampilla por la que se colaban los aires nuevos, y la clausura de la galería La Mandrágora tras muy breve funcionamiento.
Por entonces, Brinkmann realiza monigotes que denuncian el militarismo putrefacto, Antonio Jiménez pinta grandes retratos mágicos que evidencian la inocultable descomposición del franquismo, y así son raros los que se mantienen neutrales, a no ser que estén volcados con un arte demasiado comercial, y no manifiesten ese malestar en la cultura que desde la libertad italiana manifestaban Eugenio Chicano ya pasado al pop y las esculturas, angustiosas por su permanente deconstrucción, de Miguel Berrocal, que era entonces el más conocido de los artistas malagueños. Y como símbolo de lo que estaba por llegar, José María Córdoba pinta en 1974 un óleo que titula Bienvenida la modernidad, que muestra el surgimiento por sorpresa de una poderosa y vitalista, no convencional y llena de color figura femenina que sorprende a un paisano de los de cachava y sombrerito. Esa modernidad, mientras llega y no llega, esa expectación, hace que en los años de la Transición la pintura de Córdoba se llene de personajes que, investidos de una tensa melancolía, viven en una espera constante. Una espera que, desde una óptica absolutamente distinta, muestra también Cristóbal Toral, que realza la soledad y la angustia de quien desde el interior de una habitación sombría aguarda algo que puede ser, debería ser, debe ser, el amanecer.
Desde la propia ciudad, Jorge Lindell señalaba el camino de la libertad plástica más rigurosa y elaborada en una estética afín a la más pausada de Dámaso Ruano, Barbadillo y Bornoy, apostaban por la geometría, mientras Stefan seguía con su surrealismo, que venían a compartir de distinta manera Díaz Oliva y Alberca, y propiciaba el interés por el grabado desde la actividad, en los sesenta, del taller El Pesebre. El gran salto, la gran apuesta, se dará en 1979 con un triple acontecimiento: la formación, en febrero, del colectivo Palmo, rigurosamente democrático en su funcionamiento; la fundación, en verano, del taller de grabado 7/10 con Francisco Santana, Alfonso Serrano y Diego Santos entre otros; y finalmente la creación del taller Gravura, hoy en activo, con el portugués José Faria y Francisco Aguilar. En palabras de Francisco J. Palomo, el magicismo, a medio camino entre abstracción, figuración y surrealismo, domina esta época. Una forma de expresar la época que servía, y sirve, para el maduro Francisco Peinado o los siempre jóvenes Rafael Alvarado y Chema Lumbreras.
No se tardará mucho hasta que, con la inauguración de la década de los ochenta, con el susto del tejerazo y la renovación que se esperaba que trajeran los socialistas con una sonrisa calcada a la de Tierno Galván, se impondrá la posmodernidad que Joaquín de Molina, muerto antes de tiempo, Gabriel Padilla, Bola Barrionuevo, Carlos Durán, el propio Diego Santos y la labor de zapa, arriesgada y molesta, del colectivo Agustín Parejo School, junto a la labor de la sala de exposiciones del Colegio de Arquitectos, terminarían imponiendo para configurar así, al fin, una Málaga que ya no quería ser la primera en el peligro, sino que le bastaba con demostrar que estaba, sencillamente, en la creación y en la libertad.
*Mario Virgilio Montañés es periodista |
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