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Antonio Gala |
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Gala (Córdoba) |
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Campo de sangre |
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Uno piensa: felices quienes nacieron en un paisaje, los sureños a los que esta luz acaricia, los sonrientes, que siembran y aguardan sosegado y recogen (...)
Pero, de repente, hay una sombra que me alarma y un ala negra que me hunde los párpados. La tierra más rica de España está habitada por los hombres más pobres de España. La tierra con mejores condiciones agrícolas del mundo exceptuada acaso Dinamarca en su conjunto da a muchos de sus hijos ceniza y amargura en alimento. ¿Qué sucede aquí? ¿Qué ha sucedido aquí? ¿Qué viene sucediendo? ¿Cómo es posible que, en este inusitado vergel, más de 90.000 familias jornaleras carezcan de jornal y de ahorro y de crédito para poder sobrevivir? ¿Quién, viendo esta fertilidad, se creerá que el hambre y la miseria galopan sobre ella? ¿Quién imaginaría que, la mayor parte de la emigración española, fue esta fecundidad lo primero que vio al abrir sus ojos; fue esta fecundidad lo que tuvo que abandonar para no aniquilarse? ¿Quién sospecharía que sobre este escenario generoso y brillante, hay padres de familia que regresan cada noche a su casa con las manos vacías y rebosante el corazón de pena; hay trabajadores, honrados y dispuestos, que no se ocupan más que dos meses al año, y doblan los otros diez su abochornada frente ante la horca caudina y humillante del empleo comunitario; hay muchachos empujados por el paso a la oscuridad y al delito; hay niños de risa fresca que, ante el acoso, dejan la escuela para ir a la rebusca de garbanzos o aceitunas, recomenzar en su vida la desolada historia de sus padres: unos padres entristecidos que llenan las plazas de estos pueblos tan blancos y tan bellos, unos padres que sólo son braceros analfabetos y parados?
¿Quién puede darme explicación de esta verdad atroz que, cuando la medito, me ensangrieta la paz y los papeles? Injusto es ya que ni un hombre solo, sobre la ancha redondez del planeta, pase hambre. Pero ¿cómo calificar entonces la tortura secular de este campesinado andaluz, al que los poderosos y los Gobiernos más, al que el país entero olvida; del que se desentiende; al que arroja, de tiempo en tiempo, un hueso que roer, cuando él fue el creador de esta opulencia, labró estas extensiones ondulantes, nació aquí dueño de su destino y de su suelo? ¿A qué puerta, a qué pecho hay que llamar para corregir tan inmenso desastre? ¿A qué revolución habrá que recurrir para que se remedie? De los ocho millones y medio de hectáreas de Andalucía, más de cuatro podrían cultivarse; dos millones de monte, replantarse; duplicarse las dedicadas al regadío, aprovechando el agua que se deja perder. En Andalucía, se están arrancando, sin piedad y sin discriminación, los olivares, se siembran productos de secano en tierras de regadío (...)
¿Es que la historia de los campesinos andaluces no ha dado aldabonazos bastantes como para que se la escuche? ¿Es que, después de tanta palabrería, tendremos que luchar por el principio: el derecho a la dignidad del hombre y a habitar sobre su propia tierra y a trabajar y a percibir por su trabajo un jornal decoroso? Basta de garambainas. Cuando aparece el hambre no hay más que eliminarla, sin preguntar siquiera. Gabinetes, después; Cortes, después; democracia, después. El hambre hay que saciarla. Ningún país presuma de serlo de verdad si tiene hombres hambrientos entre sus ciudadanos. La pasión de los jornaleros andaluces no es un conflicto laboral cualquiera, pero tampoco es un sino al que haya que plegarse. Algo hay que hacer definitivamente. Algo hay que hacer de una puñetera vez. O la reforma agraria, o apechugar con las consecuencias de no emprenderla. Hacéldama, que quiere decir campo de sangre, se llamó el sitio donde se ahorcó Judas. Que sobre el campo de sangre de Andalucía se ahorquen las traiciones, porque, si España entera no se conmueve ante un desgarro tal, es que España, como unidad, no existe. Y entonces bueno será que pase lo que tenga que pasar, y que caiga quien tenga que caer.
* Artículo recogido de En propia mano |
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