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Mercedes de Pablo |
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La Cultura (Sevilla) |
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Távora en esencia |
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Salvador Távora nació con una copla escrita en la piel, pero a la letra de Rafael de León él le puso la tinta de Ramón J. Sender. Torero, matador de novillos y cantaor tras los pasos, Távora niño, del Bizco Amate y de El Papero, Távora hombre convirtió el tópico en esencia, el destino en futuro, la resignación en voluntad de cambio. Con todos los mimbres fatalistas de un andaluz pobre y torero y cantaor y guapo, Salvador Távora le torció la raya a los renglones de Dios para inventarse la historia desde dentro. La revolución desde El Cerro del Águila, si no la toma del Palacio de Invierno, sí la expulsión del señorito del templo de la cultura de los pobres, de los ruedos, de los tablaos, de las tabernas. Para ser el Salvador Távora de Quejío, el primer manifiesto andaluz y andalucista, antes había que nacer en El Cerro del Águila, un barrio de trabajadores alrededor de Hytasa y un barrio de aluvión, de casas construidas por la noche y sin recogida de basuras, un barrio de tragedias como la explosión del polvorín de Santa Bárbara o la riada del 47. Había que torear con Guardiola y verlo morir en la plaza de Palma de Mallorca en 1960. Había que ser cantaor en el Tablao el Oasis o en la Antigua Venta Abao. Las fábricas y los cantes y los toros y, sobre todo, la dignidad de los humillados encuentran un discurso, una firma, una metáfora en el teatro. Con José Monleón y el Teatro de El Lebrijano Távora encuentra el camino de su particular Grial (una forma andaluza de expresarse y expresar, una filosofía plástica) en el Festival de Nancy de 1971. A la vuelta de ese viaje ya nunca será el mismo. En La Cuadra de Paco Lira concibe Quejío y, de paso, haya una manera de entender el espectáculo y entenderse a sí mismo, la seña de identidad de Andalucía en el mundo. Desde el primer Quejío a la última Carmen, desde el primer reconocimiento en La Sorbona a la medalla de Andalucía, desde el primer abrazo de un emigrante a la admiración y respeto de todos, en todo ese recorrido hay un Távora fiel y casi obsesivo. Un hombre al que le cuesta trabajo arrancar una frase y al que no hay quien le pare cuando habla. Un estilo de entender el teatro y el pueblo, la ética y la estética. Un lenguaje de Andalucía. No el único, sin duda, pero el que ha sido capaz de enterrar aquella imagen tópica que la dictadura quiso imponer e impuso con la contundencia de una pena capital.
Mercedes de Pablo es periodista |
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