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30 de enero de 2012 |
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Alfonso Perales |
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Memorias del Congreso de Suresnes |
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Cuando se me pidió una colaboración para este (libro) que rememora la Transición en la provincia de Cádiz, de los muchos acontecimientos que recuerdo de aquella época, de manera inmediata se me ocurrió escribir algunas vivencias del viaje a Suresnes como miembro de la clandestina delegación andaluza al ya histórico congreso. Casi seguro porque recientemente, de manera oportunista, algunas personas en el seno del partido consideraban un mérito no haber participado en aquel congreso y se posicionaban frente a la significación de lo que allí se decidió. Naturalmente, el juego de la memoria es arriesgado después de tanto tiempo: imágenes que el tiempo olvida y otras que se reconstruyen, sin que respondan a la realidad. Como dice García Márquez en sus memorias la vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla. Mi elección como delegado de Cádiz no fue fruto de un debate interno sobre mi idoneidad, debates que entonces afortunadamente no se prodigaban, sino que se debía más a condiciones materiales: disponía de pasaporte y una familia comprensiva ante el riesgo que podía suponer un viaje a la lejana París. Los ojos de un joven de veinte años, estudiante de Filosofía, hacia un congreso clandestino de un partido, se sorprendían a cada momento y todo se convertía en una aventura extraordinaria, acompañando a personas mayores que yo y la mayoría profesionales: abogados laboristas, médicos, profesores de universidad, grandes lectores y con grandes conocimientos de los más variados asuntos. El grupo gaditano del PSOE, en su núcleo inicial, estaba constituido por jóvenes de Alcalá de los Gazules, próximos a cualquier literatura opositora, con gran influencia libertaria a través de un estudioso local como Fernando de Puelles y con contactos con represaliados de la guerra civil como Juan Perales o Francisco Serrano, que mantenían la dignidad y la grandeza de mucha gente anónima en todos los rincones de España. La formalización del compromiso político se hizo a través de un electricista de Alcalá de Guadaíra, militante de UGT, que nos puso en contacto con el despacho de Capitán Vigueras, en Sevilla, por aquel entonces el centro paralegal del socialismo andaluz. Tuvimos el honor de ser aleccionados sobre el socialismo del PSOE por Felipe González y Alfonso Guerra precisamente en ese despacho laboralista. Más tarde constituimos formalmente las agrupaciones del PSOE de Cádiz, de UGT y de Juventudes Socialistas. Desde Sevilla, llegarían Pablo Juliá e Isabel Pozuelo que se convertían en el enlace natural con el grupo matriz de Sevilla. Nuestro campo de actividad se circunscribía inicialmente a los distintos centros universitarios de Cádiz y algunos institutos de enseñanza media. Como delegado de este grupo de jóvenes inicié el viaje a París. Partimos desde Sevilla en dos coches: un Renault 8, propiedad de Manuel Chaves, y un Renault 12, de Guillermo Galeote. La delegación andaluza en viaje estaba integrada por Alfonso Guerra, Guillermo Galeote, Manuel Chaves, Carlos Navarrete, Rafael Vallejo y Miguel. En Madrid nos unimos a la expedición, en una cita clandestina en las proximidades del Museo del Prado, Josele Amores, Juan Antonio Barragán y el que esto suscribe en representación de Cádiz. Ya se encontraban en Francia, Luis Yáñez, Carmen Hermosín y Felipe González. También el malagueño Rafael Ballesteros, quien asistió en representación de la federación catalana. El viaje lo realizamos indistintamente en los dos vehículos. El R-12 estaba conducido por Galeote o Alfonso Guerra, que siempre ha hecho gala de sus conocimientos de todo, se empeñó en convencer a Guillermo, en un momento de apuro sobre la gasolina, de que el coche en tercera gastaba menos que en cuarta. Lo hicimos en dos etapas: San Sebastián y París. No soy capaz de fijar con precisión los objetivos admitidos del grupo andaluz en el congreso de Suresnes, pero sin duda, el de traer la dirección del Partido al interior, parecía obligado. Previo al congreso se celebra un comité nacional y, sorprendentemente para mí, quien hace la intervención central es Felipe González, quien deslumbra a todos con un análisis brillante sobre la situación política en la España de entonces. Parece cierto que nunca se pensó en Felipe González como secretario general, pero la superioridad de su análisis y su brillantez eran evidentes frente a otros participantes muy destacados a los que pudimos oír. El viaje de regreso lo hicimos en el R-8 de Manuel Chaves. Cerca de la frontera española nos detuvo un Peugeot azul de la policía francesa, que nos hizo identificar y tanta era entonces nuestra desconfianza hacia cualquier policía que nos deshicimos de la mayor parte de la propaganda en una playa francesa antes de pasar la frontera. Ante la sospecha de que pudiera haber connivencia entre las policías francesa y española procedimos además a romper la delegación. El ferroviario, Miguel, y yo tuvimos que pasar la frontera separadamente de otro grupo que pasó en coche. Lo hicimos andando cada uno por su cuenta. Los guardias fronterizos no nos hicieron ningún caso y mientras el grupo del coche nos aguardó en la parte española. Fue un viaje inolvidable pero a estas alturas mentiría si en algún momento llegue a tomar conciencia de que había asistido en primera fila a la renovación del PSOE, que a la postre supondría que un grupo humano alrededor de Felipe González y Alfonso Guerra se iban a convertir en los máximos responsables del primer gobierno modernizador de la España de las autonomías. |
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