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30 de enero de 2012 |
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Félix Grande |
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Paco y José |
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Los recuerdo deslumbrándose mutuamente en el estudio de grabación. Casi eran dos chiquillos. Paco de Lucía tenía 22 años y vivía con sus padres, en Madrid, en la calle de la Ilustración. Camarón de la Isla tenía 19 años y vivía también en Madrid. Francisco Sánchez Gómez se había dejado su infancia correteando por las calles de Algeciras, como una cuenta pendiente, testaruda por entre la niebla del tiempo.
José Monje Cruz se había dejado en su pasado la fragua de un padre y los autobuses de línea en donde cantaba de limosna. A la infancia de aquellos dos chiquillos gaditanos se había adherido, como un óxido de oro, ese estupor que solemos llamar genialidad. Habían vivido las fatigas y las humillaciones de la pobreza, la alegría obstinada y defensiva de la infancia, la angustia y la decisión de los adolescentes; todo eso, y su veneración por los grandes flamencos legendarios y contemporáneos, había transformado a esos dos chiquillos en dos artistas colosales. Se admiraban el uno al otro con enorme respeto y casi con voracidad.
Camarón, que sabía hacerse compás con la guitarra, miraba tocar a Paco de Lucía y movía la cabeza despacio, entre maravillado, acongojado, incrédulo y feliz. Paco escuchaba la voz espléndidamente afinada y trágicamente flamenca de Camarón, y tal vez recordaba entonces que desde chico había soñado con ser cantaor, y le animaba los tercios a José con unos ¡Olé! En donde estallaban la solidaridad y el entusiasmo.
Es como si cada uno de los dos, sin dejar de ser él mismo, consiguiese, a relámpagos, ser el otro, de una manera imposible, misteriosa y exacta. Una energía enigmática los anudaba, de forma que la música que entre los dos edificaban era, más que un diálogo, una proclama de complicidad, una sutura. Los dos juntos eran la herida y los dos eran la medicina. Se intercambiaban la catástrofe y la salud, esa salud irreparable que palpita en el centro de la música verdadera. No he visto nunca a dos artistas formar un nudo de música tan prieto. Nadie ni nada podrá deshacerlo. En realidad, ya no es un nudo: es una montaña de la cordillera de la música española. Es más que un nudo: es geología flamenca. Ambos creaban esa montaña y subían a la cima.
Era en 1970, hace más de un cuarto de siglo. El disco que grababan se llamó El Camarón de la Isla, con la colaboración especial de Paco de Lucía. En la carpeta vemos a dos jóvenes; uno de ellos sentado, con la guitarra apoyada contra su pecho; otro, de pie, rubio, mirando hacia lo lejos. Al fondo, la sombra de un Cristo sobre una cruz de palo. En aquella grabación espejean y gimen con delicadeza tempestuosa algunas de las falsetas más perfectas de Paco de Lucía. Y en una siguiriya (A los santos del cielo) Camarón echó a rodar por el mundo del flamenco un grito de cuatro segundos que no termina nunca. Los recuerdo a los dos en el estudio de grabación. Estaban comenzando a escribir la que posiblemente sea la página más grande de las grabaciones flamencas, ese conjunto de obras de las que los flamencos no podrán ni querrán prescindir nunca. Estaban anudando un encuentro que no podría destruir ni siquiera la muerte... Mientras aquellos dos chicos están grabando música en Madrid en 1970, el tiempo subterráneo de la vida se ha llevado a José y ha envejacido a Paco. Un caballo furioso y desvalido, medio loco de fuerza y de piedad, galopa por la noche, de Algeciras a San Fernando y de San Fernando a Algeciras. Nadie lo ve. Galopa en sombra, es inmortal y está desesperado. |
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