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30 de enero de 2012 |
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Antonio Hernández |
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La casa encendida gaditana |
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El día en que Carrero ascendió a los cielos, subrieron de grado también muchas cosas y, entre otras, el amor por una Andalucía autosuficiente que marcara sus signos de identidad para sí y la humanidad en vez de únicamente para marcar los de España. Las primeras luces del alba autonómica comenzaron a aparecer y aquella misma noche brindamos por ella y la libertad en un cuarto del barrio madrileño de la Concepción, donde huíamos de la quema, y de los cuchillos largos previstos, gente como Julio Vélez, Manuel Adrada, más conocido como el Lolo, y yo. Las listas de personas peligrosas al servicio de la Unión Soviética ya estaban fijadas pero milagrosamente pasaron a mejor vida hasta que de nuevo empezaron a latir el 23 de febrero de 1980.
Un poco antes, en las vísperas de que Franco lo dejara todo desatado y bien desatado para el gusto de los suyos, estuvimos a punto de que se nos rompiera el cántaro en el intento de llevar a cabo las I Conversaciones Literarias de Arcos de la Frontera que, desde Madrid, habíamos convocado un grupo de revoltosos al que se unieron gente de malvivir como Blas de Otero y Celaya, Grosso y Caballero Bonald, entre otros de menos nombradía, a quienes iba a asistir con gusto republicano el mesonero Curro el Cojo, mecenas por unos días. Don Antolín de Santiago y Juárez, el gobernador civil de Cádiz que luego diera en la cárcel con sus huesos corruptos, me quiso endilgar un millón de pesetas de multa cuando aún amparaba mi bolsillo seco la insolvencia declarada en el expediente que se me instruyó por un artículo en la revista Índice.
Llovía sobre mojado, pero si al final no fue la lluvia la causante de que las conversaciones no se celebraran, sí el relámpago que incendió el almacén de Curro, en el que finalmente las bombons de butano no llegaron a explotar de puro chiripa.
Sí que causó efecto el aviso de que alguien no se andaba con chiquitas, y los que formábamos la junta coordinadora de las conversaciones, nos metimos la lengua en el culo para sacarla en fechas menos agresivas. Aquellas nonatas de entonces fueron las que después implusaría el Instituto Cultural Andaluz, que tuvo su sede durante los cinco años de su existencia, ya en titubeante libertad, en la Casa Gaditana. Más democrática la coyuntura, aquel lugar lo fue de reunión y debate con un plantel de socios activos que incluía la más brillante nómina de intelectuales y artistas andaluces de la diáspora: Rafael Alberti, Andrés Segovia, Luis Rosales, Manuel Ribera, Rafael Montesinos, Francisco Izquierdo, Fernando Quiñones... Pero semejante lujo hizo acudir a su fulgor la espesa sordidez de los partidos a la busca del tesoro. Y lo que fue el foro andaluz independiente y progresista del Instituto, su colección de libros de poesía, su revista a imprenta y sus constantes ciclos, desapareció entre sus querellas sin dejar más rastro que el de nuestra tristeza. Después también se fue apagando la Casa Gaditana, ceniza de aquella encendida e incendiaria como todo lo que es saber. |
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