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30 de enero de 2012 |
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Jorge Bezares |
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Un activista de doce años |
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Como a todos los niños de mi edad, la muerte de Franco me sorprendió en la cama. A mi padre, antifranquista declarado, lo cogió pegado al transistor. Cuando expiró el dictador, despertó a toda la familia y descorchó una botella de cava de la cosecha del 36 o, al menos, eso decía él. Con el tiempo he llegado a la conclusión de que el acontecimiento luctuoso merecía una mentira etílica tan sumamente política. Pero para un niño con apenas doce años, la muerte de aquel señor mayor que tenía pinta de abuelete bondadoso fue un disgusto por la escenificación de la muerte a través de larguísimas colas de gente llorando ante un cuerpo presente, pero a la vez una doble alegría: por un lado mi padre salió del estado habitual de crispación con el que veía los telediarios y ahora reía a mandíbula batiente, y por otro porque varios días sin cole eran un regalo inesperado para los que rendíamos más culto a un balón de fútbol que a los libros. Cuando descubrí la conciencia y me enteré de por qué mi padre y mis hermanos escuchaban clandestinamente y con fruición una emisora remota llamada Radio Pirenaica, me convertí en un activista. Mi primera acción arriesgada, a los pocos meses de la muerte del dictador, fue pintar en la pizarra de mi clase una hoz y un martillo con tiza roja. Mi suerte fue que el maestro que entró a continuación confundió mi acto de reivindicación comunista con un jeroglífico egipcio. Tal fue mi frustración yo esperaba que al menos me mandara al cuartelillo de la Guardia Civil y me tuvieran allí unas horas para poder convertirme en preso político, que para la siguiente acción elegí un objetivo de impacto: el cura de mi pueblo. Una pintura verde fosforescente para la pintada no dejaría lugar a dudas sobre mis verdaderas intenciones: librar a los guadiareños del yugo clerical. Cura vete, el pueblo no te quiere escribí de madrugada con letras mayúsculas en la fachada de su casa. Uno de mis colaboradores, el que me aguantaba la lata de pintura, se chivó y el párroco habló muy seriamente con mi padre. Dos guantazos de mi progenitor, que sonaron como si los hubiera dado un número de la Benemérita, certificaron la defunción de mi carrera como activista político. Recuerdo que entre lágrimas y rabia le llamé torturador, franquista y traidor a la clase trabajadora. Mi padre me miró fijamente y me dijo con una sonrisa de complicidad: "Ya puedes ponerte manos a la obra. Le he dicho al cura que le vas a encalar esta misma semana la fachada entera de la casa. Tómatelo como si formaras parte de un pelotón de castigo, que era lo querías, ¿no? Enhorabuena, ya eres preso político con doce años". |
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