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30 de enero de 2012 |
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Jesús Melgar |
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Bajarse al moro |
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La aventura, realmente, comenzaba antes de cruzar el Estrecho. La Acera de la Marina algecireña, por entonces repleta de bares y terrazas, se convertía en algo así como el vestíbulo de la Estación Central de Bombay donde hacía su espera aquella fauna extrañísima. En aquel ambiente de ciudad fronteriza cogían impulsos para su salto mientras ultimaban los trámites para hincarle el diente aventurero y rasta al continente africano que les esperaba como tierra prometida. Desafiando la estética de aquella España franquista, estos bárbaros del norte llegaban con pintas de haber salido de una canción de Mamas and the Papas: flores en el pelo, utopía errante en sus mentes, canutos en sus bolsillos y, algunos travellers checks aún por estrenar. Eran aquellos hippies, convertidos en la vanguardia impulsora del carpe diem, los que bajaban al moro para hacer desvanecer su contaminación occidental al ritmo ceremonioso, tranquilo y fatalista dictado por el Corán bajo los influjos del humo del kiff producido en Ketama. Tras el desembarco por Ceuta o Tánger, se hacía verdad el eslogan que después utilizaría la oficina de Turismo marroquí: el descubrimiento de un país tan cercano como distinto. La comunicación se hace fluida gracias a la capacidad políglota de los marroquíes, incentivada en los tiempos en los que Rick/Bogart regentaba su tugurio de Casablanca. Españoles, franceses e italianos dejaron sus idiomas a su paso colonial, aunque siempre vendrá bien saber que amigo/hermano se pronuncia jay, que missián bissef, significa que todo va muy bien, que flush es dinero y baraka suerte. Antes de recorrer la ruta de las capitales imperiales (Tánger, Fez, Rabat, Casablanca, Meknes y Marrakech que nos harán brindar con té a la menta por el espectáculo de la vida en la plaza Jemaa el-Fna) bordeando el Riff, podremos sentirnos como en casa en Asillah o recuperar la vida plácida de la montaña en la artesana Xaouen donde esa sopa de garbanzos con tomates y especias llamada Harira y los dulces de almendra y miel, dicen que saben mejor. |
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