| |
|
|
|
INICIO > PROVINCIAS > > ARTÍCULOS |
| |
30 de enero de 2012 |
| |
Rafael Marín |
| |
Cuéntame... |
| |
Teníamos el arma insultante de nuestra juventud y una cultura a parches que, después, nos hemos enterado que se llamaba contracultura: tebeos y novelas juveniles hechas de remiendos de novelas clásicas, discos mal grabados de una pletina rayada, poemas gastados en ediciones argentinas o en papel de seda borroso, copias de copias. Fuimos hijos de la vietnamita como hoy somos hijos del ordenador, faltos de pudor y de vergüenza propias, voceros de nuestras carencias conceptuales, que nos importaban bien poco. Abrimos el fuego con Jaramago, allá en el verano del 77. No conocíamos entonces a quienes pudieron precedernos ni le hicimos caso, como ellos, a los que vinieron después de nosotros: si vino alguno no fue en aquella onda. Fuimos mitad contestatarios mitad relaciones públicas de nosotros mismos, como los chicos de Operación Triunfo ahora, pero sin cámaras y sin más marketing que el que se nos iba ocurriendo cada mes para vender la revista y subsistir (a base de ensaladilla y cervecita) para sacar un nuevo número. Quizá fuimos una dictadura bicéfala bien camuflada de comuna libertaria. Eso sí, nos divertimos mucho y entrevimos una nueva vida; tanto, que alguno de nosotros seguimos soñando al mismo juego todavía y hasta hemos cometido la tropelía de escribir un libro de memorias convenientemente inédito sobre esa época. A imitación nuestra, surgió la competencia: revistas que, en otros sitios, serían llamados fanzines contraculturales o apenas revistitas colegiales donde los delegados progres de curso (esos que después acabaron convirtiéndose en Emma Thompson) nos llevaban la contraria cantándole a la primavera. Quizá sólo somos su competencia quienes recordamos sus títulos: Libre Expresión, Quillo, Anacrónicas. En el mundillo del cómic, también hicimos nuestros pinitos con McClure un lustro antes de que, supongo que con dineros públicos, en el Campo de Gibraltar se intentara una revista de verdad (pero muy de mentira) que se llamó Tuboescape. A veces hicimos happenings, a veces dimos recitales en institutos y barriadas, a veces envidiábamos los guateques que en aquellos mismos sitios se daban cuando nos largábamos con los versos a otra parte. A veces iniciamos grupos de teatro y nos escapamos de los ensayos para ir al cine a ver una de marcianos o de destape. Teníamos, ya digo, el arma de la juventud. Y la otra arma aún más maravillosa, impensable ya hoy, me parece. Nuestra independencia.
Rafael Marín es escritor |
| |
|
|
|
|