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31 de enero de 2012 |
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Carlos Rosado Cobián |
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La Transición, un modo de hacer política |
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1. Probablemente, a 22 años de los acontecimientos sobre los que me propongo hablar, aún sea pronto para intentar una aproximación objetiva a lo que pasó, a lo que nos pasó a cuantos participamos en aquél periodo. El denominador común a una gran parte de los que ocupamos cargos públicos a partir del 77 y que nos unía a todos más allá de las divergencias ideológicas, era el activismo, más o menos explícito, contra la dictadura de Franco. Sin embargo, esa aversión común no nos impidió convivir durante la Transición, en ocasiones estrechamente, con gente que había colaborado con la administración franquista, algunos en un territorio colindante en áreas que pudiéramos calificar de técnicas (delegados del ministerio, entidades públicas, etcétera), otros claramente integrados en el organigrama del Movimiento (responsables del Sindicato Vertical, cargos orgánicos del Movimiento o responsables de administraciones locales). Las vocaciones políticas de aquella época o estaban cinceladas a partir de convicciones ideológicas más o menos precisas o simplemente respondían a un deseo de intervenir en la cosa pública a partir de un difuso principio de servicio al Estado.
En el ámbito de la izquierda, el activismo clandestino del Partido Comunista y de CC OO aglutinó sin dificultades a los que habrían de ser sus cuadros dirigentes. Parcialmente, podría decirse lo mismo de los cuadros del partido socialista, formado en su mayoría por gente que rondaba, como máximo, los 30 años. Al margen del sistema, quedaron los que abiertamente rechazaban la democracia y que seguían sin comprender cómo en apenas dos años el modelo político de Franco estaba materialmente derruido. Un grupo más pragmático, de entre aquellos, recaló en las costas del proyecto de Fraga cuyo equipo dirigente representaba al franquismo residual, en fin, todo demasiado cercano al recuerdo de la dictadura para hacer creíble un discurso democrático meramente accidental. Los históricos de Alianza Popular, por tanto, representan esta herencia política . En lo que entonces se llamaba Centro Democrático, recalamos un conjunto heterogéneo y reducido de gente que proveníamos de pequeños grupos de oposición, liberales, socialdemócratas y democristianos, a los que nos resultaba de dificil trago vernos amalgamados por cuadros del franquismo político o sociológico y por ello aceptamos convivir transitoriamente en un espacio político cuyo tiempo era forzosamente limitado. Probablemente, sólo los reformistas del franquismo pensaban que habían encontrado un partido político tras el que canalizar de forma estable su vocación personal. El resto, o presentía o realmente sabía que aquella unión era ocasional y para un fín concreto, garantizar una transición política ordenada. Con estos mimbres, nos lanzamos todos a la captación de una militancia, en parte de aluvión, que fue cayendo en una u otra formación no siempre por afinidades ideológicas. El accidentalismo político en el que nos instalamos nos hizo imposible practicar aquella épica discursiva de la gente de la izquierda. Parecía como si nuestra oposición al franquismo hubiera sido menos sincera o menos intensa en el plano intelectual. En definitiva, la UCD funcionó como una cámara de descompresión que permitió a la sociedad española recorrer el camino hacia la democracia sin grandes sobresaltos, convirtiendo aquel diseño en un modelo de prudencia y habilidad que ha posibilitado la estabilidad actual y la fijación del mapa político español.
2. Pero a fuerza de no hablar del pasado acaba uno casi olvidándose de sus orígenes. Y, si se me permite la referencia personal, lo haré ahora porque puede ayudar a comprender los procesos que entonces experimentaron muchos. En el año 1973, en una reunión clandestina presidida por Joaquín Ruiz Jiménez, presidente de Izquierda Democrática, y en la que recuerdo a bastantes compañeros hoy en el partido socialista, me afilié por primera vez a un partido político. Hasta la muerte de Franco todas las reuniones iban dirigidas a analizar las opciones que podrían plantearse a la caída, aún no muy clara, de su régimen autoritario. Desde el 75 hasta las elecciones constituyentes se improvisó un sistema de partidos que, a la larga, se ha visto que era acertado. Es cierto que no resultaba cómodo compartir militancia con los resíduos del franquismo pero los resultados justifican con creces aquel esfuerzo.
En aquel momento, me resultaba imposible aceptar que un político como Suárez, perteneciente a la camada más pura del Movimiento, representara a cuantos no habíamos tenido ni una mínima veleidad franquista. Pero con la Constitución del 78 en vigor comprendimos que cualquiera que fuesen sus orígenes, los que habían hecho posible un modelo de democracia constitucional estaban asistidos de una legitimidad democrática de ejercicio. Hasta esa fecha, mi tiempo político lo ocupó la Democracia Cristiana Andaluza, que agrupó a los restos de los democristianos que no entraron en UCD y que lideraba en Cádiz José Ramón Pérez Díaz-Alersi. Me resultó fácil entrar en los órganos de dirección de ese partido que amalgamaba personalidades y biografías políticas diversísimas en torno a una doctrina que algunos consideraban la versión política del activismo religioso católico. Dudo mucho que hubiera más de media docena que se hubieran ocupado de profundizar en el concepto del humanismo personalista y demás principios de la cosa democristiana. Cuando era inminente la convocatoria de las elecciones del 79, de la mano de José Ramón Pérez aparecimos en la sede de UCD de la calle Ancha. No conozco muy bien los entresijos de los orígenes de ese partido en Cádiz. Sólo sé que el ministro Juan Antonio García Díez, sedicente social-demócrata (en realidad un liberal más o menos conservador), acababa de encabezar la lista al Congreso de los Diputados como cunero y, por lo mismo, todos los dirigentes se inscribían en esa órbita ideológica o clientelar. García Díez encomendó la secretaría provincial no a un político sino a una especie de gerente de estricta obediencia que, eso sí, fue colocando en diversos cargos a sus compañeros más cercanos de la factoría de Astilleros a la que éste pertenecía.
En ese ambiente conocí a dos personas excelentes: Pedro Valdecantos y Carmen Pinedo. El primero me incorporó a su candidatura para las elecciones municipales. Así entré en UCD. No conocía a casi nadie de la lista pero recuerdo a aquellos meses con verdadera satisfacción. Mis compañeros, inexpertos pero iniciándose en la política, estaban más fuertemente vinculados a su deseo de hacer cosas por Cádiz que a cualquier otra referencia ideológica. Salvo excepciones pertenecían a la derecha sociológica. No hubo crispación alguna en aquella campaña electoral impregnada de optimismo y con un indisimulado deseo de entrar cuanto antes en la plaza de San Juan de Dios. La euforia del triunfo duró el tiempo de comprender (a algunos les costó mucho tiempo) que no se podía gobernar en minoría cuando se selló el pacto entre el PSOE, PCE y PSA. La falta de experiencia política o el exceso de confianza llevó a los dirigentes de UCD a no abrir conversaciones con el partido más cercano, el PSA. Pero es que puede decirse que ni se conocían. La tensión ambiental máxima, sin embargo, se produjo el día de la constitución del Ayuntamiento ante el asombro de mis compañeros por verse desalojados del poder municipal a pesar de haber ganado las elecciones. Confiaban que el PSA se abstuviera y lo mismo debían temer todos porque la presión del público fue impactante. Era la primera vez que los demócratas de la ciudad entraban en 40 años en el Ayuntamiento. No recuerdo con especial satisfacción aquel momento, tal vez porque me di cuenta al ver a gente que nos increpaba que aquella ilusión genérica, cultivada desde la universidad, de activismo antifranquista tocaba a su fin. Y comprendí que la equidistancia ya era imposible y que nosotros representábamos al centro derecha. El tiempo se ha encargado de demostrar que el centro es un punto y no un espacio político. En estas reflexiones sólo me interesa destacar que pese a la intensidad de los debates, en general de alto nivel dialéctico por ambas partes, tanto nosotros como nuestros adversarios comprobamos que al margen de las diferencias ideológicas y de las opciones políticas concretas divergentes había una mezcla de respeto y admiración que abrieron la puerta a los afectos que me permite seguir considerando amigos a algunos con los que me confronté con viveza. Le tengo especial simpatía a personas como Luis Pizarro, Pepe Mena, Armando Ruiz (compañero de colegio), etcétera.
La relación personal, el respeto por el adversario y la duda metódica sobre si no llevarían razón en sus propuestas políticas concretas nos permitió entonces a todos crear un modelo de convivencia que contribuyó a superar en muy poco tiempo la fractura social provocada por el franquismo. Probablemente este modelo político no era viable, a las pruebas me remito, pero creo que era mucho mejor. En la izquierda se ha ido produciendo un relevo paulatino cuya memoria histórica se ha mantenido sin solución de continuidad, pero los que hoy dirigen a la derecha española o por razones de edad o por otras razones menos gratas no se sienten depositarios de la tradición democrática de la Transición al punto de resultar irreconocible respecto de lo que representó la UCD.
Valdecantos, que era senador y persona nobilísima, sufrió una severa decepción por no alzarse con la alcaldía de Cádiz y aceptó la Consejería de Agricultura y Pesca de la Junta Preautonómica de Andalucía. Al poco tiempo me ofreció la Secretaría General Técnica, momento en el que me dediqué exclusivamente a la política. Las Consejerías, en aquel momento, tenían sus sedes en las provincias a las que pertenecían sus titulares y ésta tenía su sede en unas dependencias de la Diputación Provincial de Cádiz. Puede comprenderse la sensación que se tenía entonces de estar trabajando en la construcción de un nuevo sistema político. Me tocó negociar las primeras transferencias del Ministerio de Agricultura a la Junta de Andalucía. La resistencia y perplejidad de los funcionarios del Estado ante el hecho autonómico era consecuencia de la falta de confianza en el modelo autonómico implantado por la Constitución. Parecía como si pensaran que esto no iba en serio. Lo mismo le pasó al Gobierno de Suárez con la autonomía andaluza. No puedo olvidar que gracias al empeño de Pedro Valdecantos, el Ayuntamiento de Cádiz ejerció, a propuesta de la UCD, la iniciativa autonómica por la vía del Artículo 151 de la Constitución propugnada entonces por unanimidad de las fuerzas políticas presentes en Andalucía. No hubo en el seno de la UCD de Cádiz ni una sola voz discrepante con esta iniciativa. La militancia, que en su mayoría ignoraba lo que se pretendía, apoyó disciplinadamente la propuesta del presidente regional de UCD, Manuel Clavero. No puedo decir lo mismo de los reductos más conservadores arracimados en torno a los dirigentes de la UCD de Granada, Jaén y Almería.
Pero llegó enero del 80 y la decisión de Adolfo Suárez de dar marcha atras en el proceso autonómico andaluz. Y ahí empezó el calvario para muchos de nosotros, presos de la duda entre el abandono del partido y la oposición interior. Los acontecimientos nos fueron desbordando y comenzó entonces una fractura cuyo saldo fue la desaparición de UCD. Pueden imaginarse que García Díez se aplicó en Cádiz en la defensa de las tesis de Suárez. Y con una prepotencia visible vaticinó la derrota de las posiciones de la izquierda sin comprender en ningún momento que contra esa decisión no solo estaban los partidos de la izquierda, sino una abrumadora mayoría de andaluces entre la que, modestamente, yo me encontraba como tantos otros militantes y votantes de UCD. El partido quedó absolutamente desmovilizado de forma irreversible. Los dirigentes socialdemócratas locales de la UCD se cerraron sobre sí mismos sin comprender que el hundimiento del barco acaba llegando también a los pasajeros de primera y a los que ocupaban codo con codo el puente de mando. El desagrado que me producía esta gente y la crisis personal que me causó el error de Suárez me apartó de la política local y debo reconocer ahora que debí haber dejado en aquella coyuntura la militancia política en la UCD. Porque yo sí sabía lo que suponía esa decisión y quise creer que podría resolverse con una profunda renovación de sus dirigentes. Pero los excesos de aquella campaña ofensiva lo hicieron imposible.
La paradoja personal fue que después del descalabro del 28-F, el presidente de la UCD en Andalucía me propuso como secretario general del partido en Andalucía, en julio de 1980. Me encomendaron la gestión política de regionalizar la estructura de UCD en un intento que se mostró tardío. Pero es justo reconocer el esfuerzo extraordinario de rectificación de los dirigentes de UCD que facilitó el proceso autonómico andaluz. El papel desempeñado por Soledad Becerril o los auténticos socialdemócratas gaditanos (Valdecantos y Pinedo) será alguna vez reconocido.
Yo tuve la fortuna de formar parte de la Comisión Redactora del Estatuto de Autonomía para Andalucía, cuya elaboración estuvo presidida por el convencimiento unánime de que había que encontrar un texto integrador que satisfaciera las aspiraciones del pueblo andaluz. Y ni el golpe de Estado de Tejero atrasó un solo día el calendario que terminó con la victoria socialista de 1982. Guardo un pésimo recuerdo de los dirigentes afectos a García Díez de la UCD de Cádiz a los que el viento que ellos mismos alentaron ha barrido de la escena política sin dejar rastro. No quedan, pues, prácticamente en la actividad política ninguno de los que entonces dirigían el partido haciendo baldío el esfuerzo que supuso aquel periodo. Pero la UCD prestó grandes servicios a la democracia española y su desaparición no empequeñece su contribución a la normalidad política y la estabilidad del sistema que hoy nos permite disponer de un sistema democrático sólido. Pero de algunas biografías conviene olvidarse.
Carlos Rosado Cobián es abogado y ex secretario general de la UCD en Andalucía |
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