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31 de enero de 2012 |
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Alberto Pérez de Vargas |
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El independentismo en el Campo de Gibraltar |
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Si se observa la geometría de la provincia de Cádiz, se advierte que empuja hacia atrás al Mediterráneo, como si quisiera reservárselo y, apoyándose en el impulso, alcanzar el océano. El pliegue de ese quieto movimiento marca el límite del Campo de Gibraltar y lo encierra para recoger en sus orillas las últimas esencias del Mare Nostrum. La capital, atlántica, preside la provincialidad de esta comarca mediterránea que, como si fuera socialmente consciente de su singularidad geográfica, ha generado una actitud sensiblemente independentista que algunos políticos han instrumentalizado del modo que les ha parecido más rentable. El puerto de Algeciras está situado en un lugar y posee unas condiciones naturales de calado y cobertura, que lo convierten, sin intervención de la mano del hombre, en una de las referencias marítimas más importantes del mundo. El Campo de Gibraltar contiene a Gibraltar, con lo que eso significa, y a sus orillas se extiende un pasillo por el que circulan el 10% del tráfico marítimo mundial y unos 4.000 mil petroleros cada año. Mirando al Sur, África está enfrente, toda Europa a la espalda, el Mediterráneo a la izquierda y a la derecha el océano abierto y exultante. Un punto, pues, en el que las encrucijadas de Occidente se empeñan en juntarse.
Durante años, una mano negra parece haber actuado desde la capital, impidiendo un desarrollo armónico de los accesos desde el interior de Andalucía y, por consiguiente, desde la plataforma continental a la que pertenece el territorio. Paralelamente, el impulso turístico de la costa malagueña y su microclima que a partir de Estepona dulcifica la temperatura, disminuye la humedad y calma el viento, invitan al habitante del Campo de Gibraltar a viajar hacia el Este y de ese modo, a familiarizarse más con la provincia hermana y limítrofe que con la propia. La serranía de Ronda, por otra parte, es su continuación natural hacia el norte. Por ahí desciende el sistema sub-bético hasta manifestarse en la sierra de Grazalema e insertarse en el parque de Los Alcornocales. Todo ello ha contribuido a un debilitamiento del sentimiento de vinculación con la provincia a la que el Campo de Gibraltar pertenece.
Las poblaciones del interior han mantenido, desde la llegada de los ayuntamientos democráticos, una regular estabilidad política. Las débiles fluctuaciones del voto en Jimena de la Frontera y Castellar de la Frontera, se excitan a medida que nos aproximamos al arco de la bahía. Crecen en intensidad en Los Barrios y San Roque y se vuelven decididamente activas en La Línea de la Concepción y, sobre todo, en Algeciras. Tarifa es un caso intermedio; no sólo desde la óptica de las preferencias políticas sino, incluso, seguramente debido a su enclave en tierra de transición, al considerar su grado de homologación con los demás términos municipales de la comarca. En Tarifa, el Campo de Gibraltar se asoma al Atlántico y se aproxima a las peculiaridades comunes en la zona de influencia de la capital. Tarifa comparte playa y turistas con Barbate y casi se confunde con la mancomunidad de La Janda, muy a mano ya de las pedanías de Facinas y Tahivilla.
Es bien sabido que el victimismo se practica con profusión en las políticas de proximidad. El poder cercano es un poder distinto de aquel al que se recurre como referencia negativa para disimular limitaciones e incapacidades, y en el Campo de Gibraltar existe un caldo primigenio preparado a la medida de quien quiera explotar supuestas marginaciones, olvidos, desconsideraciones y agresiones montadas en la capital. En Algeciras, una ciudad que creció espectacularmente en el decenio de 1940 a 1950, que ha multiplicado por cuatro su población en la segunda mitad del siglo pasado y que ha sido muy beneficiada por el importante progreso industrial de la comarca, se ha practicado desde el Ayuntamiento, en los últimos años, una política independentista integrada en las estrategias de diferenciación y distanciamiento propias de los nacionalismos. No obstante, los localismos son en el Campo de Gibraltar muy notables y vigorosos. Practicados por los mismos políticos que hablan de la comarca, cuando miran hacia fuera, como algo cohesionado y diferente, las contradicciones afloran de un modo u otro y el doble lenguaje va siendo captado por los ciudadanos.
* Alberto Pérez de Vargas es catedrático en Biología Matemática por la Universidad Complutense |
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