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31 de enero de 2012 |
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José Pettenghi |
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Los militares y la Transición en Cádiz |
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Los nombramientos de los gobernadores militares de Cartagena, Ferrol y Cádiz los firmaba el jefe del Estado. Los de las restantes ciudades, incluso Madrid, Barcelona o Sevilla, venían en el Boletín Oficial autorizados por el ministro del Ejército. Esta preeminencia concedida a las tres plazas fuertes, con derecho a saludo al cañón por las escuadras extranjeras, no se correspondía con los medios con que se las dotaba para su funcionamiento. Todas disponían de un reducido Estado Mayor, y concretamente en Cádiz, importante centro logístico por aquí pasaba casi todo el personal, armamento, municiones y material con destino o regreso de Canarias, Ifni y el Sáhara se veía desbordado el Gobierno Militar por su reducida capacidad para absorber este ingente tráfico.
Sin embargo, cuando fallece el general Franco y comienza lo que ha venido en llamarse la Transición, lo que se echa de menos es el apoyo informativo. De todos es conocido, aunque fuera secreto, que las previsiones para asegurar el orden público al producirse la muerte del general, se contenían en un documento conocido como Operación Lucero. Pues aunque parezca extraño, dichas normas nunca llegaron al Gobierno Militar de Cádiz, por lo menos en su totalidad. Los motivos obedecían a disconrdancias con las autoridades de Marina, que sería largo de explicar. En realidad, se dejaba a la iniciativa local el problema de la información --inteligencia, que ahora llaman--, en aquellas fechas tan delicadas. Quienes estudian la Guerra saben que ya 500 años a.C. el chino Sun Tza estableció el principio de que saber es seguridad y poder, o sea, que sin información mal se puede mandar, que a su vez consiste básicamente en prever. Así que el Gobierno Militar por su cuenta y riesgo organizó su particular servicio de información. Con buenos resultados, un dato significativo: en Cádiz se estuvo al corriente, casi hora por hora, de forma amistosa, de lo que estaba sucediendo la noche del 15-J de 1977 en la cúpula militar en Madrid; cuando un posible triunfo moderado de la izquierda casi provoca la intervención de la división acorazada Brunete, entrando con sus carros en la capital de la nación. Sólo el triunfo de la UCD evitó la tragedia. En Sevilla y San Fernando se enteraron fechas más tarde. Esto por lo que respecta al plano nacional, en cuanto a los problemas de Cádiz, se estaba al tanto de la existencia de una célula de los GRAPO y era imprescindible conocer su entidad y movimientos, al margen de la actividad de la policía gubernativa. En esteasunto se contó con la inestimable colaboración de la Policía Municipal. Los eficientes y simpáticos queus de la época lograron controlar en todo momento los movimientos de los sospechosos. Nadie agradeció la labor de los guardias y ya es tarde para premiarlos. Los jefes de los cuerpos de la Guarnición acudían con frecuenciaal Gobierno Miitar en solicitud de información sobre la situación militar y política del Ejército. Porque reinaba el silencio oficial, y ya se sabe que al faltar noticias verdaderas, funciona la radio macuto que desorienta los ánimos de los pusilánimes. La fórmula mágica para aplacar inquietudes consistía en advertir a todos que en Cádiz se cumpliría a rajatabla el testamento de Franco; que obligaba a obedecer a Su Majestad el Rey. Así se aquietaba a los nerviosos, que no llegaron a entender que esta obediencia sólo al Rey menoscababa la autoridad constitucional del presidente del Gobierno. Afortunadamente, esta inconstitucionalidad permitió luego que Su Majestad con su sola presencaen las pantallas de la televisión abortara el grotesco golpe de Estado que puso en ridículo a España internacionalmente, con la escena de un guardia civil, con tricornio y bigotudo, apuntando con su pistola al presidente del Congreso de los Diputados. Si el tejerazo fue o no el final de la Transición, en Cádiz, todos los militares se fueron a la cama cuando el Rey finalizó su alocución.
El gran problema del Gobierno Militar gaditano era de carácter logístico. Hubo jornadas que llegaron siete trenes y zarparon tres barcos contratados por el Ejército, llevando y trayendo personal, armas, municiones y material. En alguna ocasión, se cometieron errores graves, que por fortuna no trajeron consecuencias. Por ejemplo, las maestranzas y las fábricas de municiones debían facturar sus envíos sólo hasta El Puerto de Santa María, para desde allí trasladarlas en camiones a los polvorines de la Sierra de San Cristobal. Por error, cuatro vagones con cargas de la peligrosa pólvora de Galdácano llegaron a la estación de ferrocarril de Cádiz y permanecieron muchas horas en vía muerta, a 50 metros de donde se encontraba el coche-cama del tren exprés Cádiz-Madrid... En la mente de todos se recordaba la explosión de las minas del año de la catástrofe... Y como éste, otros episodios ignorados por la población, corregidos por la dedicación y esforzado trabajo de los profesionales del servicio de transportes militares. Para bien o para mal, Cádiz ya no es plaza fuerte. No se ve ni un soldado por las calles ni recibe saludos al cañón; pero sí llegan miles de turistas a la salada claridad gaditana, regalo para los ojos de quienes vienen de las brumas norteñas. Mejor así. Antes de firmar, pregunto a quien corresponda: ¿Es cierto que la Transición ya ha terminado?
* José Pettenghi es articulista y coronel del Ejército en la reserva. |
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