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31 de enero de 2012 |
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Manuel de la Peña Muñoz |
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Remontados |
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La Transición fue la prueba de fuego de quienes creyeron en ella o no. Si en la sociedad y en la política cada uno quedó situado donde merecía, otras parcelas de nuestro entorno no permanecieron ajenas a este imparable rumbo que el país demandaba. El vino para beberlo y el coñá para venderlo o el vino de Jerez es tan bueno que no hace falta ni venderlo pueden ser dos frases acuñadas en algunos círculos bodegueros de la época, que evidencian una miopía flagrante en los social y un estrabismo más que sonado en lo económico.
La poda de la realidad económica y el no saber adaptarse a los nuevos tiempos provocó una verdadera revolución en el sector vinatero. Costumbres añejas acompañadas de estructuras y tics más que obsoletos quedaron inundados por una imparable corriente en la forma de hacer negocios y por una realidad social que aparecía como una impertinencia que zarandeaba una paz de la élite del sector modelada durante siglos. A muchos, porque no decir a todos, les fue bien durante la dictadura, en un entorno donde la España más profunda consumía lo genuino y el desarrollismo no había importado aún otras bebidas sin el marchamo de es cosa de hombres o el anís de España.
En el sector bodeguero, una actividad tan compleja como atractiva, sólo han subsistido quienes supieron hacer su propia transición, no dando la espalda a una globalización precipitada en el mercado de las bebidas y sabiendo hacer frente a las nuevas pautas de conducta del mercado. En esta transición hay excepciones más que honrosas; a los otros se les remontó el vino y sus esquemas. De hablar de la casa pasamos a la irrupción de las multinacionales, del pavoneo en las parcelas de poder a la concentración de acciones con la rúbrica incontestable de un talón conformado, de nuestras marcas emblemáticas al argumento comercial de un amplio portafolio, incluyendo bebidas intrusas como whisky, vodka, ginebra, ron y lo que haga falta. Son los tiempos. Una gran alfombra de calidad para configurar una enorme red de distribución. Las abuelitas británicas ya no mojan galletas en un jerez dulce, entre otras cosas porque buena parte de ellas están muertas. Había que abrir nuevos mercados, actualizar las presentaciones de los productos, captar a consumidores más jóvenes, destacar la calidad y lo natural de un producto en un mundo donde ya se empieza a valorar más la calidad que la cantidad. Había que hacerle una ITV a un clásico. O sea, volver a ser un sibarita en el comienzo del siglo XXI.
De todas formas, en un negocio como el vinatero de Jerez, donde casi se habla mejor el inglés que el castellano, tendrá la suficiente capacidad de adaptación a estos tránsitos que zarandean esa aparente tranquilidad de sectores privilegiados de otras épocas para conseguir una proyección en el futuro. Los demás quedaron atrás. Se les remontó el vino y la transición.
* Manuel de la Peña Muñoz es director de Diario de Cádiz y ex director de Diario de Jerez |
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