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31 de enero de 2012 |
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Joe Bossano |
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Gibraltar, los últimos presos del franquismo |
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Tras el cierre de la frontera en 1969, el pueblo de Gibraltar era consciente de que, al eliminarse la mano de obra española con la salida de miles de trabajadores que tuvieron que volverse a su país y perder sus empleos en el Peñón, el mercado laboral había cambiado completamente. Había sido un mercado en el que los españoles suponían una oferta de mano de obra muy competitiva, con la que ya no podía contarse. Faltó mano de obra hasta que empezaron a llegar obreros marroquíes. Y, en cualquier mercado libre, esa situación se habría traducido en un automático aumento de salarios. Los salarios aumentaron, pero en el sector privado. Doblaron los sueldos y el Gobierno, incluso, pasó una ley prohibiendo a los trabajadores del sector público que se pasaran al privado. Al mismo tiempo, se produjo un aumento estratosférico del coste de la vida. Los ladrillos, en vez de venir del Campo, tenían que venir de Londres. En tales circunstancias, el sindicato y la clase trabajadora adquirieron un poder de negociación enorme.
La línea a seguir que yo recomendé al sindicato de la Transport obedecía a dicho contexto histórico, a lo que estaba ocurriendo. El mayor patrón, el que empleaba a más trabajadores en el Gibraltar de aquella época, era el Ministerio británico de Defensa. Así que la lógica era exigir que lo que pagase Defensa a sus trabajadores en el Reino Unido, lo pagase a sus trabajadores en la Roca. La lógica era seguirle la pista al más grande porque los demás vendrían por añadidura. La lucha duró tres años y 11 meses. Faltó sólo un mes para que se cumplieran cuatro años. Aquel pulso logró, por primera vez en la historia del colonialismo, que existiese paridad entre los salarios de la metrópolis y los de la colonia. Todo esto coincidía con los últimos años de la dictadura franquista, lo que apenas parecía interesar a los gibraltareños de entonces. El pueblo tenía asumido que la frontera se iba a quedar cerrada eternamente y teníamos que acostumbrarnos a vivir por nuestros propios medios y en nuestro propio territorio, sin depender de España. Además, al conseguir la paridad de salarios, el gibraltareño podía costearse las vacaciones todos los años en Londres.
La verdad es que, en el Peñón, quizás los que seguían con más interés lo que estaba ocurriendo en España eran los compañeros del sindicato que se habían refugiado aquí durante la guerra civil. Eran personas indocumentadas. No podían salir de Gibraltar a ningún otro sitio y no porque no se lo pudieran costear, sino porque, en su mayoría, no tenían papeles de ninguna clase, sino que se trataba de refugiados políticos sin reconocimiento oficial alguno. Tenían la esperanza de que Franco muriese, de que volviese la libertad, acabase la dictadura y fueran readmitidos en España, al menos, para tener documentación y pasaporte con los que viajar legalmente. También en el resto de Gibraltar, la mayoría concebíamos la esperanza de que cuando no estuviera Franco, la cosa cambiaría, pero tampoco esperábamos mucho, como así fue. Fue una época contradictoria en nuestra relación con aquel enorme país que había detrás de la Verja cerrada. Tras el cierre, había mucha hostilidad antiespañola de una parte, pero al mismo tiempo estaban los tíos, los sobrinos y los abuelos que se ponían en la frontera con un megáfono para preguntarse quién había malo en la otra parte de la familia, o si había nacido un beibi. Tampoco se trataba de la mayoría de la población, sino de un sector concreto de la sociedad gibraltareña del momento.
En general, no sólo percibíamos que se trataba de hostilidad por parte de la dictadura, de Franco sino por parte del Estado español y una hostilidad por parte del Ministerio español de Asuntos Exteriores, lo que nos acostumbramos a identificar como una hostilidad de Madrid. En el fondo, no se esperaba que cambiara mucho nada con el restablecimiento de la democracia española. Y la realidad fue que la mayor parte de las restricciones de entonces siguen en pie todavía. Alguien escribió que los gibraltareños fueron los últimos presos políticos del franquismo. Quizás, hoy no seamos presos políticos, en el sentido de que han abierto la puerta de la prisión, pero si estamos en la condicional.
* Joe Bossano es líder de la oposición de Gibraltar |
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