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31 de enero de 2012 |
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Manuel Leguineche |
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Gibraltar y su Campo, comunicación de ida y vuelta |
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Yo creo que a todos nos gustaría que este asunto de Gibraltar terminara bien y terminara pronto. Pero 300 años son muchos años, de modo que habrá que tener paciencia. Paciencia y a barajar. ¿Por qué no tratar de recuperar el tiempo perdido o malgastado con un incremento en las relaciones, al menos culturales, sociales entre los del otro lado y los de este? ¿Pueden ir por un lado la política, la reivindicación histórica, y por otro la cultura? Lo que el visitante advierte en el Peñón, siempre que vaya no sólo a ver los monos y Main Street, es una sensación de asfixia en el plano cultural, quiero decir, de la necesidad de abrirse de los artistas, los pintores, los actores, los poetas, los músicos, etcétera, del Peñón. No quiero que esto que digo sonara a paternalismo. Con la Gran Bretaña tan lejos, donde abrirse paso en cualquiera de esas especialidades resulta tan cuesta arriba, lo que el Campo de Gibraltar puede ofrecer es comprensión y auditorio. Algo se ha hecho y se hace, ya lo sabemos, pero queda todo un futuro por delante, una comunicación que sea de ida y vuelta. Las relaciones humanas y familiares han ido bien, en líneas generales. De eso y de otras cosas sabéis más los que vivís ahí. ¿Se trata de reconciliar lo irreconciliable? En tan delicado asunto operan, al menos, dos escuelas de pensamiento: 1) Los que piden justicia ya a la usurpación y exigen soluciones drásticas, que ya no sirven. Nadie pondrá en duda su patriotismo, sobre todo en los habitantes originales de la Roca que llenos de dignidad y sentido del honor se fueron a San Roque, aunque tal vez sea necesaria más flexibilidad e imaginación, y 2) Los que lamentan los equívocos y malentendidos del pasado y prefieren métodos menos traumáticos, más suaves, más humanos. Habrá, tarde o temprano, que romper el circulo de tiza caucasiano, esa barrera mental que separa a unos y otros. ¿O es que será valida para siempre la opinión de los maximalistas para los que ellos sólo entienden el lenguaje de la fuerza? Mi generación fue educada en esa línea,un lavado de cerebro en toda regla, en búsqueda de una unidad de destino y el alivio de las presiones y dificultades internas. Las nuevas generaciones se han librado de esas y otras obsesiones. Ya no se les obliga a levantar el brazo en las escuelas para gritar a pleno pulmón !Gibraltar, español!. Los jóvenes se han distanciado de tan histérica reclamación, propia de otros tiempos. Se lo toman con más calma,y eso es bueno como actitud, como caldo de cultivo de un nuevo clima para ganar lo que los norteamericanos en Vietnam llamaban the hearts and minds (las mente y los corazones). De los jóvenes de los dos lados depende, en gran medida, ese cambio de orientación y de rumbo. Deberán apostar más por lo que une que por lo que divide. He aquí la declaración de intenciones de un ¿ingenuo?
Manuel Leguineche es periodista |
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