Warning: pg_result() expects parameter 2 to be long, string given in /var/www/webs/transicion/web/admin/F_bd.php on line 33 La transición de Andalucía
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  31 de enero de 2012
  Juan José Téllez Rubio
  Y lo que queda por contar
  La democracia trajo consigo la vuelta de la masonería, discreta que no secreta, según uno de sus principales mentores, el economista Arturo Martínez Holgado, quien puso en marcha la logia Resurrección, en el Campo de Gibraltar, adscrita al Gran Oriente Simbólico de España: heterodoxa y liberal, en su caso. Era la vuelta de los mandiles y de los triángulos, que auguraba y deseaba Ángel María de Lera, quien logró escapar de la guerra a través de Gibraltar, mientras la intolerancia acababa con parte de la familia de Carlos Castilla del Pino en las calles de San Roque y José Luis Cano chupaba cárcel en Algeciras, por pertenecer a la Federación Universitaria Española.

Cuarenta años después de la victoria franquista, en pleno fragor del mitin por la amnistía en el colegio de San Felipe Neri, antes de que medio mundo terminara en la trena, uno de los oradores –quizá fuera el democristiano Moncho Pérez Díaz Alersi– se alargó más de la cuenta, por lo que, de entre el público y según recuerda Carmelo Ciria tronó la voz campanuda de Fernando Quiñones gritando: "¡Tieempoooo!".

La actividad de la Junta y de la Plataforma Democrática en la provincia de Cádiz y a partir de la constitución de la primera en 1974 fue real pero no determinante, ya que sólo sirvió para coordinar acciones puntuales como la de esa movilización a favor de la amnistía. Su historia, sin embargo, todavía está por hacer. Se sabe que mantuvieronn reuniones en distintos puntos de la provincia, al margen de la propia capital gaditana. Y que, incluso, su esquema de funcionamiento pretendió adaptarse al de otras organizaciones, como fue el caso del Frente Democrático de la Juventud, inspirado por el PTE.
Pero más allá de la política, la realidad gaditana de la Transición fue sumamente compleja e incluye un amplio abanico de sucesos, anécdotas sin cuento y una enorme vitalidad social, que va desde la copla, con una exhuberante Rocío Jurado como uno de los símbolos cabales del aperturismo, al mundillo del toro, con toreros de la casta de Miguel Mateo, Miguelín, Francisco Rivera, Paquirri, Francisco Ruiz Miguel, o el gitano jerezano Rafael de Paula.

Los restos de Fermín Salvochea pasaron del cementerio inglés, civil por supuesto, al tradicional, generalmente católico, al tiempo que su nombre ondeaba ya junto a la Casa Consistorial de San Juan de Dios, justo en el mismo lugar donde una antigua placa celebraba el triunfo franquista sobre las hordas marxistas. Por la provincia gaditana de la Transición, paseaban futurólogos como el malagueño Rafael Lafuente, o llegaba Juan Pardo a descubrir jóvenes valores para la música ligera. Desde la contracultura del hachís a la creciente afición por las ciencias ocultas, con especialistas en ovnis como Juan José Benítez, instalado finalmente en la costa de Barbate, o el algecireño Andrés Gómez Serrano, quien tuvo que dejar la jefatura de la Policía Local de Algeciras al aparecer vestido con dicho uniforme en un programa televisivo sobre platillos volantes, que dirigía el profesor Jiménez del Oso.


Los hijos del 20-N.
La transición gaditana fue relativamente pacífica, aunque no faltaron incidentes de enjundia, como la muerte del joven Carmelo Montoya Alonso, en Trebujena, en marzo de 1982, cuando fue herido por los disparos del guardia civil Juan Macías Morente, condenado simplemente a un año y medio de prisión por “imprudencia temeraria”.
Mientras parte de la población de la provincia apostaba por las libertades, la mayoría silenciosa secundaba las consignas del poder, a través de una televisión en blanco y negro con sólo dos cadenas, una de las cuales apenas se veía en mitad del territorio gaditano, por eternos fallos técnicos en la recepción de la señal. Pero también había un amplio segmento involucionista: si bien los ex divisionistas mantuvieron, por lo general, una actitud reservada, fue más activa la presencia pública de los distintos grupos de Falange, desde los tradicionalistas a la Auténtica, que reclamaba la condición socialista y antifranquista del pensamiento de José Antonio. Pero mayor presencia tuvo Fuerza Nueva, su rama juvenil, Fuerza Joven –de la que se escindirán los violentos para crear el Frente Nacional de la Juventud--, e incluso el sindicato, Fuerza Nacional del Trabajo, que terminó sus días envuelto en un escándalo financiero por las trapacerías de su líder, José Antonio Assiego, quien llegó a frecuentar la provincia, antes y después de pasarse con armas y bagajes –nunca mejor dicho– a Acción Nacionalista Sindical del Trabajo: el sector del transporte fue uno de sus feudos.

El auge de Fuerza Nueva se inició en 1974, frente al supuesto aperturismo de Carlos Arias Navarro, como sucesor de Carrero Blanco en la presidencia del Gobierno: “Todo tiene un límite”, rezaba el editorial Señor Presidente, de dicha revista, de fecha 27 de septiembre de aquel año. Antes, Piñar, quien visitó la provincia en varias ocasiones, había rechazado el llamado “espíritu del 12 de febrero” promovido por Arias, con una frase contundente: ·¡Pese a quien pese, la guerra no ha terminado!”. La larga mano de Fuerza Nueva llegaba, incluso, hasta los alcaldes. Sus activistas se rebelaron ante la controvertida gestión de Juan Blasco Quintana al frente de La Línea de la Concepción, cuyo dilatado mandato transcurrió entre 1970 y 1978: “Yo tuve bastantes problemas con el gobernador civil de la época por unas declaraciones que hice al diario Informaciones  en la que le decía a la gente de Fuerza Nueva que me hicieron la vida imposible en el pleno que yo estaba mucho más a la izquierda que todos ellos, y me mandó llamar el gobernador, que era Luis Nozal, y cuando llegué a su despacho me encontré con el periódico encima de su mesa. Lo saludé y me marché. Él no tenía valor para cesarme porque Martín Villa me cubría la espalda”, evoca ante el periodista José Antonio Ledesma, en su reciente libro El poder, sobre los ayuntamientos del Campo de Gibraltar, en el periodo comprendido entre 1975 y 2002.

 Pese a todo, los forzanovistas gaditanos tuvieron un elemento de moderación en la figura del médico gaditano Bartolomé Domínguez Gómez-Planas, jefe local de Fuerza Nueva en Algeciras, aunque algunos de los militantes de esta organización, tanto en el Campo de Gibraltar, como en Jerez y Cádiz, se vieron envueltos en reyertas con sus opositores políticos o repartieron palizas a activistas de la izquierda o vendedores de prensa comunista: los uniformes azules, los correajes, los puestos de merchandising en los que las cruces gamadas alternaban abiertamente con el escudo del yugo y de las flechas, se prodigaron a lo largo de la provincia, sin que faltara ocasionalmente la aparición de pistolas y otras armas de fuego que, en la mayoría de los casos, no llegaron a dispararse. Hubo, eso sí, amenazas puntuales a quioscos, por la venta de revistas pornográficas o periódicos izquierdistas. Y, curiosamente, el cine Fuentenueva de Algeciras sufrió un definitivo incendio accidental, pocas semanas después de que echara el cierre tras proyectar la polémica película El caso Almería, de Pedro Costa. La Triple A, sin embargo, tuvo un papel residual en la provincia, llegando tan sólo a aparecer algunos anónimos atribuidos a dicha organización.

Herederos de todo ello, “la” CEDADE –con el artículo en femenino, a pesar de ser las siglas del Círculo Español de Amigos de Europa– asumió el legado ultraderechista gaditano, ya en la década de los ochenta, apostando inicialmente por el “negacionismo”, un cierto revisionismo histórico que negaba buena parte de las evidencias sobre el holocausto nazi y que tuvo, entre sus propagandistas, al historiador británico David Irving que, a tal fin, visitó la provincia gaditana en diversas ocasiones.
Ciertos ultraderechistas gaditanos fueron utilizados como confidentes del CESID, de la Policía y, en menor medida, de la Guardia Civil: en cualquier caso, agentes cualificados de esas dos últimas fuerzas de seguridad siguieron investigando a los izquierdistas hasta bien entrada la década de los ochenta, realizando informes puntuales sobre sus actividades públicas, campañas, pancartas y pintadas, en un extraño celo que se trasladaba también a otras áreas de la Administración. Por ejemplo, las delegaciones del Ministerio de Cultura heredaron el cometido de las de Información y Turismo, elevando a su sede central en Madrid informes comentados sobre las noticias de mayor relieve de la prensa local, que excedían el ámbito de competencias de dichos organismos.  A todo ello, se sumaba la tarea informativa de los gobiernos militares, que, al menos en el caso del Campo de Gibraltar, contaban con un servicio de escucha de las emisiones en español y en inglés de la Gibraltar Broadcasting Corporation, la emisora gibraltareña.

Vieja y nueva aristocracia. La aristocracia gaditana, como queda dicho, era fundamentalmente terrateniente y así podía comprobarse desde el escudo de armas de Casa Domecq hasta apellidos ilustres como Mora Figueroa. En general, siempre se alinearon con un vector de ideas conservador o abiertamente reaccionario, aunque cupiera por supuesto la disidencia, como no sólo incumbe a la duquesa de Medina Sidonia, sino a la duquesa de Lerma, conocida a la sazón, en medios periodísticos, como La Duquesa Verde, por su sobrada querencia ecologista. Pero Francisco Franco creó su propia aristocracia, al tiempo que restituyó la anterior a la Segunda República, mediante una Ley de Jefatura del Estado, del 4 de mayo de 1948, que derogó el Decreto de 1 de junio de 1931, que había dejado sin valor la utilización y concesión de títulos nobiliarios en España. Al tiempo, volvía a estar en vigor la antigua legislación sobre títulos nobiliarios, a partir del Real Decreto del 27 de mayo de 1912 del Ministerio de Gracia y Justicia, que en su artículo segundo establecía: “Cuando para premiar los servicios extraordinarios hechos a la Nación o a la Monarquía, se trate de conceder una Grandeza de España, o un título de Castilla, bastará un acuerdo del Consejo de Ministros”.

Según un estudio realizado por el PCE a efectos internos, Franco hizo uso de dicha prerrogativa, desde 1948, en 39 ocasiones, “añadiéndose en su periodo tres títulos carlistas, concedidos en 1953”.
Ese primer año, se concede el título póstumo de duque de Primo de Rivera a José Antonio Primo de Rivera, como también se favorecerá con sendos ducados a la memoria de Emilio Mola y José Calvo Sotelo, así como a José Moscardó, con el escudo de conde, con grandeza, del Alcázar de Toledo. En los años siguientes, es cuando se premia con un marquesado, el de San Leonardo de Yagüe (1952), a Juan Yagüe Blanco, el bilaureado general isleño, residente en Cádiz, así como a algunos civiles como la propia Pilar Primo de Rivera, fundadora de la Sección Femenina, a quien corresponderá el marquesado del Castillo de la Mota: “En 1972, don Alfonso de Borbón Dampierre recibe el título de duque de Cádiz, con su cónyuge y descendientes. Posteriormente, en 1973, los últimos títulos concedidos son el ducado de Bau, a Joaquín Bau Nolla, y el de Carrero Blanco, concedido, a título póstumo, a Luis Carrero Blanco”.

Más allá de la Iglesia católica.
Sobre el papel de la Iglesia católica, durante la transición gaditana, queda mucho por analizar y saber. Si bien se tiene un perfil más o menos claro del planteamiento político que guió al obispo Antonio Añoveros, la actitud de su sucesor, Antonio Dorado Soto, fue equívoca. En un principio, según testimonios de quienes le conocieron, guardó considerablemente las formas respecto a la oficialidad gaditana y en espera de un eventual nombramiento suyo en el Vaticano, que nunca llegó a producirse. Posteriormente, respaldó junto con su colega de Jerez, a sindicalistas de USO y de otras formaciones que pasaron apuros.
Hubo sacerdotes gaditanos que abrazaron un compromiso explícito con partidos moderados –fue el caso de Antonio Pozanco, que pasó de la Democracia Cristiana al PSOE–, pero otros perdieron los hábitos por una coherencia ideológica que les había llevado a otras actitudes personales y políticas, como le ocurriera al militante comunista Horacio Lara, expulsado finalmente de los jesuitas. Filósofo y periodista, Pedro de Tena, en Jerez, asume una cierta base cristiana para auspiciar el Movimiento Obrero Autogestionario (MOA), que tuvo una seria actividad durante años claves de la transición gaditana. Pero la jerarquía eclesiástica, por lo general, nadaba y guardaba la ropa. Comunidades cristianas, como la de Santo Domingo en Cádiz, servirían como escenario a debates públicos en torno a la nueva realidad política que se abría, justo en el epicentro de la Transición y en donde llegaron a tomar voz en la tribuna algunos representantes de las formaciones que todavía no estaban legalizadas.

La gran influencia católica en la provincia gaditana no sólo venía de la mano de las cofradías de Semana Santa –generalmente enfrentadas a la jerarquía eclesial, que nunca las vió con buenos ojos– a través de las iglesias, de organizaciones como Cáritas, HOAC y JOC, sino sobre todo a partir de los colegios privados o concertados: salesianos, marianistas, carmelitas, adoratrices o hermanos de La Salle titularon buena parte de dichos centros. Por su parte, el peso del Opus Dei no se dejó notar tanto en la capital, como en localidades de la provincia, como fueron los casos de Algeciras, Jerez, El Puerto de Santa María o Sanlúcar de Barrameda. Como supernumerario de La Obra, aparece el empreario jerezano José María Ruiz Mateos, amo y señor de Rumasa. Pero también, bajo igual relación, figurarán otras figuras señeras vinculadas a la provincia gaditana, como es el caso de Álvaro Domecq Díez, con una trama de relaciones empresariales, que le unen al Banco Popular Español, Agroquímica Andaluza, Pedro Domecq, Industrias Gaditanas del Frío Industrial, el Banco de Crédito local de España o el Banco de Andalucía, entre otras.

El periodista jerezano Jesús Ynfante retratará alguna de estas tramas en su polémico libro La prodigiosa aventura del Opus Dei. Génesis y desarrollo de la Santa Mafia, editado por Ruedo Ibérico, en París, en 1970: “Para conocer los orígenes del grupo Rumasa, potente grupo financiero estrechamente vinculado al Opus Dei, hay que remontarse a las libras esterlinas de la firma Harvey de Bristol (Inglaterra) y a la infatigable lucha de un astuto vinatero de Rota, en la provincia de Cádiz, que se apellidaba Ruiz Mateos”, escribe Ynfante.
En la época en que Ynfante escribe su libro, Rumasa controlaba 42 sociedades entre empresas filiales y asociadas, al tiempo que ya había creado la Fundación Ruiz-Mateos, o e Patronato Social Cristiano Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, que se ocupaba de la seguridad y la asistencia social de los trabajadores del grupo. El milagro de Rumasa, según Ynfante, se lleva a cabo de la siguiente forma: "José María Ruíz Mateos, hijo del pequeño bodeguero, supernumerario del Opus Dei y principal animador del grupo Rumasa, se entrevista y recibe instrucciones de Pablo Bofill de Quadras, uno de los responsables financieros en el seno de La Obra de Dios. También los hijos mayores de Navarro Rubio, gobernador del Banco de España, trabajan en empresas del grupo Rumasa y uno de los hermanos Ruiz Mateos es cuñado del director del Instituto de Crédito de las Cajas de Ahorro, Luis Coronel de Palma. De esta forma el grupo Rumasa tiene asegurada una amplia autonomía manteniendo en pie la ficción y el atractivo de su independencia. Con ello evitaba también el grupo Rumasa los peligros que entrañaba una absorción por grupos capitalistas ingleses (la firma Showerings ofreció nueve millones de libras esterlinas por las acciones y el control de Harvey) y algunos descalabros como el que le produjo la ruptura con el grupo alemán cervecero Henninger”.
Los clubes juveniles auspiciados por el Opus sirvieron para captar nuevos adeptos, que contó con varios centros escolares repartidos por la provincia. A la presencia opusdeísta, se sumarían organizaciones de la Iglesia católica, menos conocidas, como los neocatecumenales, también conocidos como Los Quicos, de mucho más tardía aparición.

En el mapa religioso de Cádiz, tampoco faltaron comunidades heterodoxas como la de Vicente Rojas, en Algeciras, con un gran contenido populista que nunca llegó a ser cismática, pero cuyos planteamientos de fe y liturgia nunca fueron canónicos. Otro cantar era el de las iglesias no católicas, que empezaron a establecerse en la provincia gaditana, a partir de los años cincuenta. Uno de sus pioneros será el poeta y periodista palentino Arturo Gutiérrez Martín, quien abrirá, en 1954, una iglesia evangelista en Algeciras, en unión de su esposa, la misionera suiza Anny Gubler, cuyo principal templo radicó en la calle Salamanca, de dicha ciudad, aunque anteriormente tuvo otras ubicaciones. En la capital, se establecerá posteriormente esta misma corriente, a partir de una capilla ubicada en la calle de Marianista Cubillo y a la que seguirá la presencia de la Iglesia de los Santos de los Ultimos Días y los Testigos de Jehová. Finalmente, la Iglesia de Filadelfia encontraría un cierto eco en la comunidad gitana de diversas poblaciones de Cádiz, desde La Línea a Jerez. Si bien los judíos de origen español iniciaron su retorno a Sefarad, a partir de Cádiz y Gibraltar durante el siglo XIX, su papel en la vida pública de la provincia será silencioso y los gentiles desconocerán, desde luego, sus lugares de culto. A pesar de que Cádiz se convierte en paso obligado para numerosos inmigrantes marroquíes en Europa, los primeros oratorios musulmanes no se abrirán hasta finales de los años ochenta, con la aparición de entidades como la Fundación Islam Al-Ándalus.

Los misioneros mormones, representados en jóvenes norteamericanos repartidores de la Biblia, se convertirán en una de las peculiares señas del paisaje urbano de Cádiz, también en los años de la transición. Es en ese mismo periodo, cuando se abren al público los locales de Nueva Acrópolis: una escuela filosófica que despertó ciertas sospechas, entre la izquierda y la derecha, por desconocerse a ciencia cierta cuál era su orientación ideológica y filosófica, sin que faltara quien les identificase con una secta.

Ory y otros anarcobudistas. El antifranquismo se metía entre las rendijas de la cultura. Incluso, cabía hablar de exiliados estéticos como el poeta Carlos Edmundo de Ory, desterrado en Amiens, donde ejercía como bibliotecario, sin ideología precisa, pero que cree que “la bandera del mundo es el viento”: “El anarquista verdadero no tiene bandera. La bandera es ya una ideología. Yo soy anarcobudista. Yo soy anarquista como lo era el maestro Lao-Tsé, de China. Luego, está el anarquismo histórico, Bakunin, Kropotkin, peor esas ya son ideologías. El anarquismo, para mí, no es que yo quiera ser feliz, sino que todo el mundo sea feliz”.
“Me censuraban todo –evoca Ory–. En poesía, también. En Técnica y llanto, me ecensuraron un poema. No se podía decir ‘pecho’. Tampoco ‘seno’. Y, así, sucesivamente... Yo tenía amistad con Chicharro y cuando fundamos el postismo, en el 45, acuchillaron al postismo en su cunita. Sólo recibimos las caricias de dos catalanes, Eugenio D’Ors y Cirlot. El postismo nació con barba. Lo consideraron un monstruo y, para nosotros, era un hermoso bebé. Nos llamaron francamsones, filocomunistas, homosexuales. Esa era la España de la que me fui”.

De la informativa revista "Carteya", que editaba la Casa del Campo de Gibraltar en Madrid, a la espléndida y en multicopista revista "Pandero", de Rota, donde velaba armas Felipe Benítez. Pero también revistas de partido, que prosperaron esporádicamente en toda la provincia, o que se gestaron aquí, como la anarcosindicalista "Andalucía Libertaria", en cuyo germen tuvo mucho que ver Juan José Gelos, viajero habitual más allá de Los Pirineos, que exploró en su día los fondos del Instituto de Estudios Sociales de Amsterdam.
Una generación bohemia trotaba por la provincia, con las primeras bocanadas de aire libre: desde el poeta maldito Fernando de Benito a su colega Lolo Adrada, cuyo único verso –a decir de Javier Villán– apareció escrito sobre un muro madrileño, años antes de que se volviera Macandé como Juan Grimaldi, escultor y pescadero, que un día se cansó de ser un empresario de éxito y destrozó a martillazos la cámara frigorífica que su familia tenía en el muelle gaditano. Ahora, busca la piedra filosofal de una máquina de la energía perpetua.

Entre los Polaris y la OTAN.
La transición parecía atada y bien atada: las reclamaciones de que se desmantelase la Base de Rota o se desnuclearizara, quedaron finalmente reducidas al hecho concreto de la retirada de los submarinos Polaris, de propulsión y carga nuclear, que abandonaron dicho enclave en 1979.
“En el pueblo, se notó mucho, sobre todo en el sector del taxi, porque disminuyeron espectacularmente las licencias”. Los vecinos del lugar recuerdan la época de vacas gordas de la Base: la llegada de numerosos vecinos desde La Línea de la Concepción, porque habían trabajado en Gibraltar y sabían inglés, el pago en dólares en tiempos de pesetas macarrónicas, la posibilidad de adquirir una segunda vivienda o un coche potente, las güisquerías a la falda de la Base, las broncas nocturnas, una insólita dotación de Policía Local para una localidad de tales dimensiones... El municipio nunca cobró un solo céntimo en materia de impuestos de radicación o posteriores tasas como el IBI, aunque reclamó que al menos pagasen canon municipal el cine –“es militar, para entretenimiento de la tropa”, alegaban--, por la piscina –“es militar, para entrenamiento de los soldados”—o, al menos, por el tránsito de los potentes coches automáticos americanos que empezaron a verse por las inmediaciones. El alcalde Felipe Benítez Ruiz-Mateos, de Alianza Popular, consiguió al menos que, cada año, en los Presupuestos Generales del Estado se incluyese una consignación que cubriese el permiso de circulación de dichos vehículos.

Las hipotecas militares del Estrecho habían frenado la especulación urbanística, pero poco a poco fueron levantándose las restricciones, lo que no siempre fue una buena noticia para la preservación del litoral. Dicha zona marítima seguía siendo un enclave de primer orden, que precisaba de dos gobiernos militares, el de Cádiz y el del Campo de Gibraltar, en donde, por cierto, terminaría encontrando la muerte natural uno de los militares más notables de la transición española, el general Luis Díez Alegría. Nacido en Buelna (Asturias) el 1 de Octubre de 1909, falleció a los 92 años de edad, un 8 de septiembre de 2001. Había sido senador por designación Real en las Cortes salidas del 15 de junio de 1977, integrándose en el grupo independiente de la Cámara, asumiendo la vicepresidencia de la comisión especial de autonomías, de abril de 1978 a enero del año siguiente. Militar de carrera desde 1925, se unió al Ejército de Franco en 1936 y en la División Azul, con el grado de comandante. Después, ocupó puestos de tanta relevancia como consejero del Reino, director general de la Guardia Civil entre 1969 y enero de 1972, jefe de la Casa Militar del entonces Jefe de Estado, asumiendo posteriormente la Jefatura del Alto Estado Mayor, hasta pasar a la reserva en 1979.

Ser gobernador militar del Campo de Gibraltar no era cualquier cosa. Así lo recoge José Antonio Ledesma en su libro El poder, sobre los alcaldes de dicha comarca, entre 1975 y 2002: “Tampoco se le ha hecho justicia a los gobernadores militares del Campo de Gibraltar, cuando tenían atribuciones civiles –explica en dichas páginas José Ángel Cadelo, alcalde de Algeciras desde 1976 a 1979 y posterior candidato de UCD--. Cuando llegaban al Campo de Gibraltar destinados eran unas personas que tenían un gran prestigio previo en el Ejército, aquí no venían militares cualquiera de gobernadores, tenían que ser generales de División y como era un cargo muy apetecible porque era el único Gobierno Militar de España que tenía esas atribuciones por su relación con Gibraltar y todo eso, lo pedían muchos generales y claro, los que más mérito y prestigio tenían eran los que venían, por eso tuvimos a Sáenz de Buruaga, Martínez Campos, Enrique de la Torre, Menéndez Tolosa, Robles Pazos; una serie de militares que de aquí daban el salto a ministros o a capitán general de alguna región militar, y estas personas  hicieron mucho por el Campo de Gibraltar, y cuando se creó aquella Comisión de Servicios Técnicos que tuvo a su cargo, prácticamente, todo el desarrollo de la comarca del Campo de Gibraltar, que fue la semilla de lo que hoy es nuestra comarca, de todo el polígono industrial, cuando teníamos en la zona un delegado de cada Ministerio, sin ser capital de provincia, y teíamos delegados de dos ministerios de los que incluso no había representantes en las capitales de provincia; porque había un delegado de Asuntos Exteriores y otro de Gobernación que no había en ninguna capital de provincia; la comarca tenía hilo directo con Madrid y quieras que no el Campo de Gibraltar, y especialmente Algeciras, se benefició".

El reverso de esa moneda era el poder político excesivo que caía en manos de dichos gobernadores, que llegaban a ejercer abiertamente una segunda censura de prensa, en los medios de comunicación del tardofranquismo.

“Hubo un momento, incluso, en que esto iba a ser provincia –recuerda Cadelo ante el periodista Ledesma--, a finales de los años sesenta. Eso lo abortó Cádiz a las puertas del mismísimo Consejo de Ministros del mismo día en que se iba a aprobar el Decreto, una provincia que llegaba desde Estepona a Ronda y a Vejer, con capital en Algeciras. Y lo abortaron el mismo día. Se fueron a Madrid el gobernador civil, el presidente de la Diputación, Fernando Portillo, el alcalde de Jerez de la Frontera, que era Miguel Primo de Rivera, y faltó que Algeciras tuviera allí una persona”.

Ese fue el propósito político que guiaría los pasos de algunos proyectos electorales, como los que respaldó el sociólogo linense Salustiano del Campo o los navieros Juan Luis Bandrés y Victoriano Sayalero. El Mando de Artillería de Costa del Estrecho (MACTAE) llevaría posteriormente al planeamiento estatal en materia de Defensa dicho protagonismo goestratégico del litoral gaditano.

Los flecos de la Transición.
La transición también supuso un cambio de costumbres: enfrentamientos generacionales heredados de los años sesenta, seguían poniéndose de manifiesto sobre el tapete, la aparición de las drogas en la vida cotidiana de la provincia de Cádiz y un notable cambio en las indumentarias, con mayor obediencia a las modas, pero con la pervivencia, como uniforme progre, de las trenkas, las maxifaldas, las botas y los cuellos estilo Marcelino Camacho. En Trebujena La Roja, también cabía una corriente yeyé. Si no, que se lo pregunten al periodista José Aguilar, que entonces militaba como vocalista en el grupo Los Noctámbulos.

La transición gaditana mereció la atención de escritores de otras zonas, como Antonio Ramos Espejo, que reflexiona sobre el viejo precedente de Casas Viejas, o el irlandés David Serafín, que publica Incidente en la Bahía, de sus series de novelas negras sobre dicho periodo histórico y que, en ese caso, gira en torno a una trama golpista que se desarrolla entre Cádiz y San Fernando, a comienzos de los ochenta. El historiador Eduard Malefakis también viaja al campo gaditano para conocer de cerca la reorganización del movimiento jornalero. Durante el verano de 1981, aparece en Algeciras un célebre disidente europeo, Artur London: “Creo en un socialismo de rostro humano”, proclamaba en relación a su país, Checoslovaquia, de donde tuvo que huir tras sufrir un largo proceso, tortura y encarcelamiento como supuesto e imposible espía de la Yugoslavia de Tito. Antiguo brigadista en la guerra civil española, miembros de la resistencia francesa contra los nazis, había llegado a ser viceministro de Asuntos Exteriores de su país antes de ser depurado y reclamado finalmente por el Partido Comunista Francés. Autor de España, España y de La Confesión, sobre su propio drama, el filme que inspiró una célebre película de Costa-Gavras interpretada por Yves Montand: “Es muy difícil ser comunista o socialista en Checoslovaquia hoy –me dijo--. Allí se lucha por el espíritu de la Primavera de Praga y porque un día, el socialismo se identifique con la libertad, que es el único socialismo que existe y al que llegaremos”.
“Estoy en contra de la invasión de Afganistán –reflexionaba cuando la URSS campaba con sus tanques sobre ese viejo pueblo--. Ayudar a la revolución ha sido sólo una excusa. En Afganistán no ha existido nunca un movimiento revolucionario, como se pretende. Convenzámonos de que no se puede llevar la revolución en las bayonetas y que el pueblo afgano tiene derecho a escoger su propio gobierno. Hay que terminar con la existencia de los bloques y es necesaria una Europa fuerte con un contenido democrático, fuerte y progresista en la que entrase Portugal, España, Italia, Francia, etcétera, con apoyo de todas las fuerzas progresistas. Lo mismo para África y los países americanos. Pienso que España ha comenzado un camino democrático y es importante que haya escogido este camino. Hay muchas dificultades y la herencia de 40 años de franquismo es pesada, pero hay esperanzas, muchas esperanzas...”.

Fue el año del intento de golpe de Tejero y el que sentó las bases definitivas para la incorporación de España a la OTAN. Ya en octubre de 1981, se celebra un acto contra el ingreso español en la Alianza Atlántica. Tuvo lugar en Algeciras, bajo el lema de “Por la paz, contra la carrera de armamentos y en petición de un referéndum sobre OTAN”. Periodistas como Jesús Melgar, actores como Pedro Delgado, cantantes como Ana Forero, cantaores como Antonio Madreles o poetas como Manuel Naranjo o Manuel Fernández Mota, quien lanzó un duro alegato contra la desinformación que sufría la opinión pública a tal propósito, completaron el cartel de aquella velada donde sonaron los versos del catón de guerra alemán de Bertolt Brecht.
Lentamente, el paisaje urbano de Cádiz pasó del bache a la boutique, del ultramarinos al hipermercado. El puente Carranza se llenó de pescadores y, Cádiz, de sordos de Astilleros. Vino, luego, el rodillo socialista, el Dios de las potencias militares dejó de ser dos personas distintas para convertirse en pensamiento único. Y, al sur del Sur, como en todas partes, fuimos más libres pero dejamos de ser utópicos. A las costas, mientras tanto, iba llegando gente del otro lado del mar, con hambre de pan y sed de justicia. Pero esa ya es otra historia. ¡Si yo les contara...!.
   
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