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15 de febrero de 2012 |
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Francisco Correal |
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Sin Suárez, ni Tierno, el Betis al Gobierno |
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25 de junio de 1977. Capi y Joaquín no habían nacido todavía. Gordillo no pudo jugar ese histórico partido porque había jugado con el filial. Las semifinales se disputaron contra el Español de Barcelona. El Betis remontó la desventaja de la ida con dos goles de cabeza de Antonio Biosca, fuerza de la naturaleza que había llegado al Betis procedente del Calvo Sotelo. La final era contra el Athletic de Bilbao. La primera Copa del Rey contra el rey de copas. Se han cumplido ahora 25 años. De casi todo empieza a cumplirse 25 años. El Sábado Santo de ese año el Gobierno de Adolfo Suárez aprobó la legalización del Partido Comunista, que resucitaba en el sentido más literal del término. El PSOE ya era legal y su plana mayor procedía de Sevilla, donde habían tenido un excelente asidero moral y político en las clases de Alfonso de Cossío y Manuel Giménez Fernández. Isidoro era el nombre de uno de los dos hermanos visigodos y de Cartagena que aparecen en el escudo de Sevilla y el apodo de Felipe González Márquez, que había obtenido la licenciatura de Derecho el mismo día que su amigo Gerardo Martínez Retamero, que después sería presidente del Betis.
El 77 fue el año más democrático del siglo XX. Suárez convocó las primeras elecciones. Volvieron del exilio Rafael Alberti y Josep Tarradellas. Y el fútbol, que iba por delante de la realidad política, ya había eliminado el corsé de la Copa del Generalísimo. La presencia bilbaína triplicó a la de sevillanos en las calles de Madrid. Eran las estadísticas. Al Betis lo entrenaba un bilbaíno, el primer sumando de esa mítica delantera que tantos días de gloria llevó a Lezama: Iriondo, Venancio, Zarra, Panizo y Gaínza. El partido terminó con empate a dos goles. Los verdiblancos, obra de Javier López, cántabro de Laredo, a sendos servicios de Julio Cardeñosa. El Betis es un termómetro de la realidad sociológica del país. El primer partido que se juega en Heliópolis después de la muerte de Franco es un Betis-Barcelona con triunfo verdiblanco por la mínima con un gol de Julio Cardeñosa. Enfrente, el Barça de Cruyff, Sotil, Marcial y Rexach, el mismo que un año antes noqueó por 0-5 al Madrid en el Bernabéu.
La final de Copa se decidió en la tanda de penalties. Si el Betis tenía un vasco en el banquillo, otro vasco defendía su portería. José Ramón Esnaola, guipuzcoano de Andoain, agotada ya la nómina de jugadores de campo, se vio involucrado en un duelo con José Ángel Iríbar. Esnaola acabó con el suspense y ese mismo día cambió la imagen pública de Iríbar, que de quintaesencia de la españolidad tras su presencia intocable en la selección se convirtió en vocero del nacionalismo excluyente y batasuno. Igual Esnaola evitó que esa metamorfosis encontrara el altavoz de la recogida del trofeo por parte de un Rey, Juan Carlos I, que en su primera visita oficial al País Vasco fue objeto de una encerrona en la Sala de Juntas de Guernica.
El Betis se ganó el derecho a participar en la Recopa. Y ofreció la más justa medida de sí mismo. Eliminó al Milan, que entonces era Milán, en el que jugaba Fabio Capello, cruzó el muro de Berlín para apear al Lokomotiv Leipzig, y por aumentar su onda expansiva, le tocó en suertes el Dinamo de Moscú. El equipo moscovita, alegando bajas temperaturas en la capital, viviendo del cuento del general Invierno y las derrotas de Hitler y Napoleón, obligó a jugar el partido en Tiflis, la capital de Georgia, donde está enterrado el panadero macareno Pepe Díaz, que llegó a ser secretario general del Partido Comunista de España. El Betis tuvo también un final napoleónico. Perdió la batalla rusa y otras batallitas que lo mandaron a Segunda División. De Rusia a Murcia, tituló un cronista. El orto y el ocaso, usando la expresión de Antonio Domínguez Ortiz. El equipo que de los campos de Tercera ascendió a los cielos de la gloria: Betis, nombre de río, triunfante a orillas del Manzanares. Una Liga republicana, con el irlandés OConnell en el banquillo, y la primera copa monárquica. Eso es constitucionalismo y viva la Pepa. El balón de aquella final está en Ponferrada, en la casa de Eulate, un futbolista berciano que disputó la segunda parte.
De Tercera a la Copa. De la Copa a Segunda. El Betis sí que es una transición. Y como los honores deshonoran (Carpentier), un año antes de que llegara la Expo volvió a bajar a Segunda División mientras que el eterno rival fichaba a Diego Armando Maradona. Felipe, todavía Isidoro, bajó al vestuario del Vicente Calderón a felicitar a los jugadores aquel día de junio del 77. Ese verano los béticos coreaban una letrilla que era una síntesis de los nuevos tiempos: Ni Suárez, ni Tierno, el Betis al Gobierno. Cinco años después de aquella final, tras las elecciones del 28-X-82, fecha capicúa, un bético ocupaba la presidencia del Gobierno. Y un bético la vicepresidencia. Yo soy bético, como todos los sevillanos a los que no les gusta el fútbol, dijo en una ocasión Alfonso Guerra.
*Francisco Correal es periodista |
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