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15 de febrero de 2012 |
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Amparo Rubiales |
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La mujer en la Transición |
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Explicar el origen y evolución de la mujer en España me separaría mucho de las cortas reflexiones que sobre la situación de la mujer sevillana en la Transición quiero hacer. Sólo recordaré algo que es bien sabido: la sociedad patriarcal instituyó la división del trabajo en función del sexo, vida pública y privada quedaron escindidas como dos ámbitos separados, configurando una organización social sexista que ha asignado a las mujeres el trabajo privado y a los hombres el espacio público y, por tanto, el trabajo remunerado. El mundo de lo privado ha sido un mundo dependiente y falto de reconocimiento social, mientras que el de lo público es preeminente y valorado socialmente: lo público es masculino, lo privado es femenino.
En España las mujeres consiguen el derecho al voto en la Constitución de la Segunda República en 1931, pero después vino la dictadura y no es hasta la Constitución vigente de 1978 cuando se alcanza la igualdad entre los sexos, que no ha significado, desgraciadamente, la igualdad real, porque partíamos de una situación social muy desigualitaria que ha sido, y aún es, muy difícil de cambiar. En España al inicio de la transición democrática las mujeres ya habían comenzado a reunirse, iniciando lo que más tarde sería un importante movimiento de mujeres en lucha por la reivindicación de sus derechos. El movimiento de mujeres y el movimiento feminista, que no eran exactamente lo mismo, hacen su eclosión precisamente el año de la muerte de Franco, 1975, año que además es declarado por la Naciones Unidas Año Internacional de la Mujer, aprobándose en nuestro país una ley que sería conocida como la de la mayoría de edad de la mujer casada y que venía a mejorar algo, pero no mucho, la situación de dependencia, de minoría de edad, en que la mujer casada se encontraba con respecto al marido. Las mujeres sevillanas teníamos los mismos deseos y las mismas pretensiones que el resto de las mujeres españolas, en esto, como en tantas otras cosas, no he creído en las diferencias entre una Andalucía más subdesarrollada que el resto de España; puede que fuéramos en número menos las mujeres en lucha por nuestra liberación, por el peso que tenía el mundo rural en nuestra tierra, pero los problemas y las reivindicaciones de las mujeres urbanas eran las mismas en Madrid que en Sevilla, y lo sé porque en aquellos años nos reuníamos mucho las mujeres concienciadas de toda España para organizarnos y luchar por nuestra liberación.
Las mujeres en la Transición queríamos no sólo acabar con el régimen político en el que vivíamos, sino también construir un nuevo orden social, en el que además de democracia, justicia y libertad no hubiera cabida para ningún tipo de discriminación por razón del sexo. Las mujeres no queríamos volver a quedarnos fuera de la historia, cumpliendo con nuestra única y tradicional función de esposas y madres con todas las consecuencias que el desempeño de este papel ha tenido para nosotras. Las mujeres no fuimos las protagonistas de la transición democrática, pero si conseguimos que la causa de las mujeres no quedara al margen del proceso de transformación y cambio, a favor de la igualación de los sexos, que estaba viviendo España.
Personalmente he tenido el privilegio de estar presente y participar en Sevilla de manera activa durante toda la transición democrática, primero en el trabajo en los movimientos de mujeres entré en la política a través de mi militancia feminista, y después por haber sido cargo público, representando a esta ciudad, en todas las elecciones democráticas que se han celebrado en España, en Andalucía o en Sevilla, excepto en las primeras (1977) en las que sí fui candidata al Senado por el PCE, pero no resulté elegida. Luego ya con el PSOE fui electa senadora, concejala, parlamentaria andaluza y, más tarde, diputada.
Las diferencias se ven ahora con el transcurso del tiempo; entonces éramos pocas, muy pocas, las mujeres que nos dedicamos a la política, yo fui la primera y única mujer diputada provincial y vicepresidenta de la Diputación Provincial sevillana (1979), la primera mujer consejera del Gobierno autonómico de la Junta de Andalucía (1982), la primera y única mujer delegada del Gobierno en Andalucía y gobernadora civil de Sevilla (1993) y éramos en total media docena escasa de mujeres las que nos dedicábamos a la política activa; hoy ya hay casi democracia paritaria, en el Congreso de los diputados, por ejemplo, se ha pasado del 6,5% de presencia de mujeres en el año 77 al 30% del momento presente y hoy las mujeres empezamos a dejar de ser noticia por dedicarnos a la política, ya no tiene importancia como vayan vestidas las concejalas ni el color de su pelo, como ocurría en mi época; por eso yo siempre dije que prefería ser mujer cuota que mujer excepción y hoy estamos cerca de lograrlo, pero no hay que bajar la guardia: la igualdad real aún no la hemos alcanzado.
Amparo Rubiales es diputada del PSOE por Sevilla |
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