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15 de febrero de 2012 |
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Javier Aristu |
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Alcalde Manuel Benítez Rufo |
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El recuerdo me lleva a una mañana luminosa de la primavera de 1979, calurosa como suelen ser todas las de esa estación en Sevilla. El lugar, un patio a cielo abierto en el pueblo de Guillena, en plena vega sevillana, junto al Guadalquivir. A mediodía, delante de mucha gente, de forma natural, sin ceremonia y retóricas, tomaba posesión la primera corporación elegida por los propios ciudadanos de Guillena desde 1936. Una corporación con mayoría de comunistas y unas minorías socialista y de UCD que había sido elegida el 3 de abril de 1979. En Guillena se volvía a poner en marcha la historia democrática después de cuatro décadas de oscurantismo, dictadura y represión de los más elementales derechos. Después de años donde bastantes de sus ciudadanos conocieron la cárcel e incluso la muerte.
Como en Guillena, aquella mañana fue algo difícilmente olvidable para sus protagonistas y testigos en todos los municipios de la provincia de Sevilla. Recuerdo con claridad lo que comentábamos al día siguiente en los círculos y reuniones del PCE acerca de las ceremonias de toma de posesión en pueblos que habían sufrido especialmente la represión de la larga noche franquista. Municipios de la periferia capitalina como Camas, La Algaba, Castilblanco de los Arroyos; pueblos con larga historia de resistencia jornalera y roja como Puebla de Cazalla (¡cómo no recordar al siempre generoso Paco Moreno Galván!, su primer concejal democrático de cultura), La Campana, Lora del Río, Burguillos, Alcolea. Otros donde también había ido gestándose a lo largo de los años la resistencia democrática bajo la hegemonía del partido comunista: Los Palacios, El Viso del Alcor, Mairena del Alcor. Y La llamada zona roja de la campiña que rodea Estepa y Osuna, zona de tradición anarquista a principios de siglo, devenida en cinturón de influencia comunista tras la guerra civil: Badolatosa, Casariche y la más conocida de influencia del PTE como Marinaleda y El Coronil.
Sin duda aquellas elecciones fueron el clímax que marcó la extensión e intensidad de la influencia comunista de los últimos años del franquismo y los primeros momentos de la transición. Nunca como entonces tuvo tanta hegemonía el partido que dirigía entonces Santiago Carrillo y al cual pertenecían decenas de personas con evidente capacidad e influencia social y cultural. El PCE llegó a ser en aquellos momentos un verdadero partido de gobierno y de lucha, como nos gustaba repetir siguiendo la estela del PCI de Togliatti y Berlinguer. Su máximo ejemplo quizá estuvo en el pueblo de Dos Hermanas, municipio colmena de la periferia sevillana, crecido al calor del desarrollo industrial de los años sesenta y de la inmigración del campo. En aquellas elecciones el PCE obtuvo el resultado que le permitió aspirar a la alcaldía tras el acuerdo con el PSOE. Aquella primera corporación la presidió un hombre talismán de la resistencia comunista de los años de plomo, Manuel Benítez Rufo, hermano de José, uno de los dirigentes clandestinos más perseguidos por la policía de entonces. Aquella corporación nunca más se volvió a repetir pero siempre nos ha quedado en la memoria como el símbolo y balance final de la lucha contra la dictadura. Que una persona como Manolo Benítez llegara a ser alcalde de Dos Hermanas venía a retratar de forma nítida lo que, seguramente, fue el sueño de muchos comunistas y personas de izquierda. Recuperar la voz, recuperar la palabra, recuperar el derecho a la plaza pública.
Cuando escribo estas líneas estamos a punto de celebrar unas nuevas elecciones locales en España, quizá en exceso sometidas a la dinámica de la competición entre Aznar y Zapatero para el año 2004, y esperamos la aprobación de una Constitución europea. La política local se nos hace cada vez más espesa, cada vez menos imaginativa y menos atenta al discurso social. Avanzamos de forma intermitente, a veces con enormes pasos atrás, en la necesidad de hacer llegar la cultura democrática a todos los rincones de la vida social. En otros momentos creo que la guerra de Irak nos sitúa en uno de ellos el discurso y el lenguaje de la política retroceden y nos transportan a aquellas etapas en que sólo se nos imponía el gesto de la fuerza bruta. De aquellos alcaldes de entonces, pletóricamente jóvenes la mayoría, unos continúan ejerciendo el cargo, otros han vuelto a actividades laborales o sociales y otros continúan en la actividad política con ganas y esfuerzo. Todos somos ya algo menos jóvenes que cuando asistíamos al acto democrático aquella mañana de primavera sevillana y posiblemente somos algo más escépticos sobre el papel de la política. Pero estoy seguro de que nos queda mucho que contar a los más jóvenes sobre cómo hacer que la democracia se invente cada día. Como lo hicieron aquellos jóvenes que conquistaron por los votos y el esfuerzo los ayuntamientos en 1979.
*Javier Aristu es secretario general del PCA, ex concejal del Ayuntamiento de Sevilla |
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