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15 de febrero de 2012 |
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Diamantino García |
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Ser un cura jornalero en un pueblo de Andalucía |
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Cuando hace veinte años fuimos nombrados cuatro sacerdotes jóvenes párrocos de varios pueblos de la Sierra Sur de Sevilla, no teníamos claro cómo íbamos a ejercer nuestra tarea parroquial. A todos nos animaba el deseo de ser un vecino más del pueblo sin privilegios ni protagonismos especiales. Veníamos a vivir la vida de la gente más pobre, a acompañar lo más posible su existencia con todas las consecuencias que ello comportara.
Rechazábamos el ser tratados como el señor cura al que hay que hablarle de usted como una señal de respeto distante y de cierto temor hacia el hombre de carrera. Guardamos mucho el no juntarnos frecuentemente con la gente más instruida o con los mejor situados económicamente para romper el esquema tradicional que tanto nos repugna. Deseamos ser y aparecer, desde el principio, hombres sencillos cuyos amigos preferentes son los que menos tienen, menos saben o menos pueden. Esta determinación no era el resultado de nuestra conciencia social, que no la teníamos ya que estábamos recién salidos del seminario, sino el convencimiento evangélico de querer seguir los pasos de Jesús de Nazaret al que veíamos un hombre sencillo que vivió la vida de los pobres de su pueblo.
Aunque no sabíamos cómo iba a ser nuestro pastoreo parroquial, lo que sí estaba seguro es que no deseábamos convertirnos en funcionarios eclesiásticos que reparten servicios religiosos en forma de sacramentos, que promueven la asistencia masiva a la misa dominical, que explican religión en la escuela o atienden un despacho parroquial donde expiden certificados.
Nuestros pueblos estaban y están habitados en un noventa por ciento de la población por jornaleros sin trabajo fijo. Sólo hay ocho o diez familias que en sus manos tienen la mayor parte de la tierra útil del término. Hasta completar el diez por ciento, con personas que viven de negocios o como profesionales y alguna cooperativa bien instalada. La inmensa mayoría sobrevive de la emigración temporera, de alguna campaña de trabajo en invierno y ahora también al subsidio de paro.
Ante esta situación social y económica estaba claro que siendo consecuentes con nuestras ideas nosotros como creyentes y como hombres solidarios con los pobres no podíamos aceptar el tener un sueldo fijo, una paga segura por el hecho de ser funcionarios eclesiásticos. Y con más agravante sabiendo que dicha paga procedía de un compromiso político de la iglesia española con el franquismo. Así que renunciamos a la paga de cura y nos quedamos como la mayoría del pueblo, sin nada seguro para sobrevivir. Previamente habíamos tomado el acuerdo de no cobrar nada por los bautizos, matrimonios, entierros, ni por ningún servicio religioso. Habíamos analizado que alrededor del templo siempre ha funcionado demasiado el dinero y esto no era bueno para la imagen desinteresada y limpia que queríamos transmitir desde la parroquia. Además sabíamos que la gente acude a la iglesia por obligación social, sentimental o tradicional, pero no había una responsabilidad eclesial por la que pudiéramos invitar a que sostuviesen económicamente al cura.
Por todo ello no teníamos de qué vivir, a no ser que hiciéramos lo mismo que la mayoría de los vecinos: buscar algún trabajo del que comer. Nos pareció lo más evangélico el trabajar como jornaleros del campo. Porque todos los pobres lo eran, porque significaba identificarse con la clase social más humilde y porque ello comportaba pasar muchas fatigas, sufrimientos y humillaciones. Era, según creíamos, un modo muy eficaz de intentar encarnarnos evangélicamente en esta dura realidad a la que habíamos sido enviados por la Iglesia.
*Diamantino García, párroco de Los Corrales, fundador del SOC y de la Asociación pro Derechos Humanos de Andalucía, falleció en 1995. El escrito que aquí se reproduce es un fragmento del artículo que su autor escribió en Pastoral Misionera, num. 158, 1988, para recordar los veinte años del movimiento de curas jornaleros en la Sierra Sur de Sevilla. |
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