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15 de febrero de 2012 |
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Mercedes de Pablo |
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Sombras de Caín |
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Del grueso anecdotario atribuido a la democracia inglesa, el más sabroso coloca a un flamante diputado tory estrenando escaño con una feroz diatriba contra los laboralistas a los que califica, eufónicamente, de enemigos. Siente, entonces, un leve tirón en la chaqueta de un compañero de filas, un veterano conservador que, acabado el discurso, le aconseja generosamente: No joven, no, ellos no son el enemigo, ellos son el adversario; el enemigo, mi querido compañero, soy yo. La anécdota la cuenta complacido el diputado andalucista, hoy en las filas del PSOE, Antonio Núñez, a cuenta de esa amarga lección que aprenden los políticos en el principio de la normalidad. La normalidad democrática, se entiende. La dictadura, con la asfixia a las ideas y la obscenidad de la injusticia, había creado lazos, aparentemente indisolubles, en las filas de la oposición. En Andalucía la derecha es el pasado y los demás, aquellos que están o dicen haber estado en el antifranquismo, una alegre piña a la que le toca heredar la historia. Pero contra Franco todos los gatos son pardos, la oposición no es una profesión, hasta que los primeros puestos institucionales, los primeros coches oficiales desenterraron la cara más ingrata de la política. Una cara tan consustancial al sistema como a la condición humana de quienes lo sustentan, una cara que demuestra que en el Reino de Oz también hay brujas disfrazadas de magos. El bienio de 1981-1982, pasada la emoción del 28 de febrero, una pasión que algunos aseguran es efímera y otros vital para la historia de Andalucía, trae crisis de profundas y actuales consecuencias. El partido comunista se desangra de dirigentes que se integran en las primeras administraciones socialistas, la Unión de Centro Democrático se desbarata como una pandilla playera después del verano, los andalucistas tienen un cisma que acaba con militantes de primera línea en manos del PSOE y, aún más, con un malentendido histórico (las negociaciones sobre el 151 y el 143) que todavía crispan los ánimos de sus dirigentes. El mismo partido socialista, en la victoria, tiene la primera camada de agraviados. Y es que aquel bienio los políticos andaluces prueban el amargo sabor de la derrota, algunos, y el amargo sabor de la victoria de los propios, otros. A veces los fracasos y los triunfos coinciden en la naturaleza de la víctima que generan. En esos dos primeros años los todavía jóvenes militantes sevillanos, que han coincidido en cine clubs, comprado los mismos libros y hasta amado las mismas novias, sabrán de la sombra eterna de un rival próximo, interno. Sabrán de la sombra de Caín. |
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