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15 de febrero de 2012 |
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Carmen Otero |
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Historia de un empresario andaluz |
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Teatro Lope de Vega de Sevilla a principios de los años setenta. Manuel Otero Luna, recién nombrado presidente del Comité Provincial de empresarios pronunció las siguientes palabras en uno de sus primeros discursos en presencia de algunos miembros del Sindicato Vertical: Levanto mi copa simbólicamente para que no nos volvamos a reunir más para decir las mismas cosas. Ya años antes, mi abuelo, Manuel Otero Ruiz, tuvo problemas con el sindicato provincial de hostelería por falta de espíritu falangista. Esta anécdota representa la visión de futuro de mi padre, en los inicios de la Transición y a lo largo de los años ochenta, aportando una propuesta sobre el papel del empresariado como colectivo con una tarea económica y social que cumplir. Una visión necesaria en un momento en el que los empresarios carecían de una organización propia más allá del desaparecido sindicato vertical y en el que la sociedad española mantenía todavía muchos prejuicios del pasado, como por ejemplo que entre empresarios y trabajadores sólo podían existir relaciones de confrontación.
En su talante de hombre de bien, Manuel Otero Luna ejerció una función mediadora entre esos dos mundos que sin duda contribuyó a la estabilidad económica y social en los duros momentos de la crisis económica de los años setenta y la primera mitad de los ochenta. Frente la imagen de los empresarios en el inicio de la transición democrática, que aparecían ante la sociedad como explotadores y especuladores (reduccionismo propio de la época), Otero Luna fue siempre considerado como un hombre de diálogo que demostró con talante abierto sus inquietudes por las relaciones sociales y el acercamiento a los sindicatos.
Defendió activamente la libre asociación de los empresarios, consciente de que sólo a través de la unión se podrían conseguir algunos avances. En 1984 fue elegido presidente de la Confederación de Empresarios de Andalucía, y durante los catorce años que estuvo en el cargo supo borrar las huellas de tiempos más rancios y transformó la imagen del empresariado andaluz. Hombre de consenso aceptado incluso por las organizaciones más críticas, dio un nuevo giro a la interlocución del empresariado con el Gobierno autónomo. En 1984 firmó el primer acuerdo marco bipartito con la Administración andaluza para la ayuda, promoción y prestación de servicios a las pequeñas y medianas empresas que fue revalidado en 1985, 1987, 1989, 1990 y 1992.
Los años que Otero Luna estuvo al frente de la CEA significaron la puesta en marcha de la política de concertación social, buscada insistentemente por el entonces presidente de la Junta de Andalucía, José Rodríguez de la Borbolla. Entre las comunidades autónomas, Andalucía fue pionera en la concertación. En 1993 suscribió con los sindicatos y el Gobierno Andaluz el primer Acuerdo Económico y Social para el Desarrollo en Andalucía y en 1995 el Pacto Andaluz por el Empleo y la Actividad Productiva. Apoyó siempre la formación como valioso instrumento para afrontar con éxito el crecimiento de las empresas y se volcó en el fomento de programas y cursos acordes con las nuevas necesidades empresariales.
Manuel Otero se formó como empresario junto a su padre, al frente del Hotel Inglaterra. Sevillano hasta la médula, nieto del maestro Otero, un famoso bailaor de finales del siglo XIX, le gustaba recordar que fue cocinero antes que fraile y hablar de la ciudad en la que creció, de calles pequeñas y costumbres arraigadas. Como gerente de una pequeña y familiar empresa de hostelería, desde el principio mostró su preocupación por las pymes, y se convirtió en el líder y defensor de los más débiles, todas esas pequeñas y medianas empresas que constituyen la mayor parte del tejido empresarial andaluz y español. En 1990 fue elegido presidente de la Confederación de la Pequeña y Mediana Empresa, cargo que desempeñó hasta 1998. En los años de la transición política sus actuaciones frente a los distintos gobiernos le consagraron como un hombre conciliador y de espíritu moderado, así como inflexible en la defensa de su independencia. Participó en la fundación del Partido Social Liberal Andaluz (PSLA) y fue candidato a senador por la UCD. En 1982, siendo secretario general de la Unidad Andaluza de Manuel Clavero y no ostentando en esos momentos ningún cargo de responsabilidad empresarial, protagonizó un sonado enfrentamiento con la CEOE, la CEA y la CES cuando, en plena campaña de las elecciones autonómicas de Andalucía, su partido hubo de retirarse de los comicios, no sin antes acusar a los empresarios de haber cortocircuitado los canales de financiación de Unidad Andaluza.
Manuel Otero se retiró entonces de la vida pública para dedicarse de lleno a sus responsabilidades como director del Hotel Inglaterra hasta principios de 1984, cuando es elegido presidente de la CEA. Los hechos narrados anteriormente le ratificaron en su convicción de limitar la acción de la Confederación a los terrenos económicos y empresarial, y mantenerla al margen del control de los partidos políticos. Desde aquí impulsó la ruptura del estereotipo del empresariado andaluz, demostrando que hay una clase empresarial que, desde su comercio, su explotación agrícola o su pequeña, mediana o gran empresa, colabora cada día en el progreso de la comunidad autónoma. Otra muestra de coherencia es su sigilosa salida de la presidencia de la eléctrica Sevillana antes de cumplir el primer año de su incorporación en 1997. Este nombramiento le ofrecía la oportunidad de despedirse de la vida empresarial a lo grande. Pero, consciente de que no se aprovecharon ni su veterana experiencia en las mesas de negociación ni sus conocimientos para definir las estrategias de futuro, se marchó con sabor amargo al comprobar que para Endesa su puesto era sólo de representación. En diciembre de 2000 sus muchos años al frente de organizaciones de representación empresarial motivó la entrega de la Medalla de Oro al Trabajo, que recibió orgulloso y feliz, ya enfermo, rodeado de su familia. Aquellos que, por motivos profesionales o personales, hemos podido conocer su espíritu y su bondad, pudimos aprender de él la aplicación de la honestidad y el altruismo a cualquier aspecto de la vida, y la pasión por su tierra. Y yo, personalmente, que la solidaridad es la ternura de los pueblos y ser liberal no es una opción política sino el estado natural de los hombres.
*Carmen Otero es periodista |
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