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20 de febrero de 2012 |
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Antonio Ramos Espejo |
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"...O llevarás luto por mí" |
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Son ojos de mujer los que contemplan atónitos esa imagen mítica del miliciano Taíno, captada por Robert Cappa. Detrás de la guerra y de la muerte, en ese frente de Cerro Muriano, como sesenta y siete años después en el frente de Bagdad, el niño Anguita Parrado, queda el luto, el desamparo y la soledad de una mujer. ...O llevarás luto por mí. He tomado esta grandiosa frase, título del libro de Dominique Lapierre y Larry Collins sobre la vida de Manuel Benítez El Cordobés, porque refleja lo que a una mujer, a las madres, las esposas, las hijas, las hermanas, las compañeras, les espera en los triunfos y fracasos del hombre. Mientras tanto, la constante ha sido vivir en un segundo plano el éxito en la vida del esposo, el padre o el hermano, o simplemente de una supervivencia, o soportar la miseria, el fracaso o el luto por la muerte. (Ese luto que la familia de El Cordobés no llevó por la suerte del triunfo, lo llevaría años más tarde Isabel Pantoja por la muerte de Paquirri en la plaza de toros de Pozoblanco). La Transición en Córdoba ha llenado sus páginas de la memoria de víctimas, de cárceles y de exilios; páginas también para memoria de la libertad y la democracia; páginas sobre la conquista de los poderes democráticos. La mujer cordobesa ha permanecido, por voluntad propia o por imposición, de puertas adentro, detrás de cada biografía del hombre, renunciando a diseñar la suya con trazos firmes.
Angelita. Y también Encarna. Las hermanas del torero conocían ya el significado del luto y la pobreza. Estaban detrás y en primera línea del sufrimiento. El libro de Lapierre y Collins no es sólo la semblanza del ladrón de naranjas de la finca del cacicón en Palma del Río, es aún más la crónica de hambre y represión en la Andalucía de la posguerra. Aquella tarde, Angelita Benítez, siguiendo la rigurosa costumbre andaluza, blanqueó la casa de la difunta donde había muerto su madre. Después fue a casa de su abuela a buscar a sus hermanos, Encarna, Pepe, Carmela y Manuel, el más pequeño, que había cumplido cinco años dos días antes de la muerte de su madre. Angelita, de dieciséis años, tenía además otra misión que cumplir: visitar, de negro riguroso, la cárcel de Córdoba, y comunicarle a su padre, José Benítez El Renco, preso republicano, que la madre de sus hijos había muerto.
Poco tiempo después, Encarna, la segunda hermana de la familia Benítez, vivió sola esa suerte suprema y trágica de enterrar a su padre en la absoluta soledad: Cuando el cortejo pasó bajo estas puertas, un grupo de cordobeses se volvieron a mirar el espectáculo. Con los brazos abiertos, flotando a su espalda el pañuelo negro, una niña corría frenéticamente detrás del ataúd... Hasta que cumplió con su obligación de niña-mujer de ser la única acompañante del hombre que consumió sus últimos años en una cárcel franquista.
María Alvariño. Y también Josefina Liébana. Ejemplos de mujer. De negro como el pan de los años de la penuria. Como el terror negro del tal Don Bruno, que, en nombre de una clase derechona fascista, dirigió la represión terrible en los primeros meses de la Guerra Civil en Córdoba. Una víctima de aquella situación de guerra fue José María Alvariño, poeta y linotipista, el amigo de Federico García Lorca. Tres mujeres sienten directamente el pellizco de la muerte, la parálisis del corazón, el manantial de lágrimas, la oscuridad del horizonte. La madre, Amparo, su mujer, ya con un hijo crecido y embarazada del segundo; y María, la hermana, que vivió para velar por la memoria del hermano fusilado. Cuando la conocí aún le rechinaban los dientes de rabia al recordar el calvario de la familia, los registros, los paseos, hasta la detención de su hermano, esposado desde la sede de La Voz de Córdoba hasta la calle La Feria. Y después el camión de Don Bruno, el tiro de gracia y el silencio. Y dos días más tarde, recuerda María Alvariño que llamó a la puerta de la casa familiar una pareja de la Guardia Civil, que portaba el oficio de movilización de su hermano: ¡No les da vergüenza venir con esto ahora! Hace dos días que mi hermano ha sido fusilado, me contó María, todavía con el vestido y las lágrimas del luto.
Con los corazones rotos, tras unas horas de búsqueda por los escenarios de Don Bruno, Josefina y Gines Liébana se topan con la masacre: su padre, un honrado y modesto cartero, y su hermano, de 18 años, a punto de iniciar sus estudios universitarios, muertos entre ciento ochenta cuerpos inertes: ¡Esos héroes oscuros, víctimas sin archivo, / despreciadas, cargadas de plomo, que pagaron inútilmente / el idealismo intolerante en nombre de una cruzada/ llamada fanáticamente de liberación (Fragmento del poema Cementerio de San Rafael..., de Ginés Liébana).
La madre de los Liébana decidió años más tarde, como respuesta a su desgracia, la entrada en el convento de clausura de las dominicas de Hinojosa del Duque. Silencio y oración hasta el último día de su vida.
María Josefa Juíles. Y también María Molina. Yo no creo que deba haber fronteras en el campo. Porque la tierra debe ser de todos. Las máquinas nos están echando a los hombres. La máquina debe utilizarse para descanso de la clase obrera, pero no para su expulsión y para descanso del capital, me decía Juan Peña en la sede de CC OO de Bujalance, donde se exhiben dos grandes murales con las figuras del Che Guevara y de Juíles (o Jubiles). Al pie del retrato del guerrillero hay esta dedicatoria: Ácrata. Mártir de la clase obrera. Espejo de Bujalance. Francisco Rodríguez Muñoz, Juíles. Los jóvenes y veteranos de CC OO de Bujalance admiran a este guerrillero de la CNT. Manolillo Peco, que era secretario general de la CNT en 1933, exigió que para colocar el retrato de Juíles tenía que decir, al menos, que Juíles era ácrata.
Juíles organizó en 1936 las milicias de Bujalane. Formó la Brigada 88 Mixta de choque. Llegó a ser jefe del sector de Andalucía y Extremadura. Al terminar la guerra, en lugar de entregarse, se pasó a la guerrilla de la sierra cordobesa con un grupo de milicianos. Juiles y siete hombres más, entre ellos su hermano Sebastián, cayeron las seis y media de la mañana del 6 de enero de 1944, cuando trescientos guardias civiles rodearon el cortijo donde se refugiaban. Otro hermano de Juíles, Juan, también guerrillero, murió el 12 de diciembre de 1943.
María Josefa, hermana de los tres guerrilleros, guardaba las fotos de sus hermanos y me recordaba las represalias que sufrió la familia. Esta mujer, siempre de negro hasta su muerte, soportó el desprecio y el dolor por la muerte de sus hermanos. Ya en 1933, Bujalance había sido castigada con una represión brutal. (En 1979, Manuel Pérez Yruela publica La conflictividad en la provincia de Córdoba 1931-1936, documento básico para entender lo que sucedió durante esos años en los pueblos cordobeses). Sin movernos de este escenario, cuna del notario don Juan Díaz del Moral, autor de Historia de las agitaciones campesinas andaluzas, impulsor de la reforma Agraria, en el mes de abril de 1980, acompañado por Carlos Cano, visité a María Molina Muñoz (más conocida por María Abril), de setenta y siete años. Esta mujer, heroína a su manera, había salvado un ejemplar de esa obra, guardándola en una taleguilla de pan, que a su vez escondía en un saco, lleno de grama. María Abril aprendió a leer en una cartilla que le enseñó su padre, carpintero cenetista, como ella y su marido. Lo guardé porque don Juan se lo regaló a mi marido y porque yo sabía que es un libro que tenía que valer siempre. Ya tiene las hojas amarillas. El Don Juan Díaz es la reliquia de mi casa. Yo estaba entonces en el Centro de la CNT y don Juan pertenecía al Centro republicano; pero él era muy bueno y respetado por todos. Mi marido me leyó el libro tres veces. Y yo también lo he leído. Todo lo que dice es bueno para el pobre... En ingenioso romance, María narra esa aventura de guerra, amor y cultura, que termina felizmente:
El libro que dejó escrito Lo llevé a la zona roja Y a Bujalance volvió Sin faltarle ni una hoja.
Laurencia. Y también las aldeanas de Fuente Obejuna. En la Cañada del Gamo, una de las catorce aldeas de Fuente Obejuna, encontré en 1981 a dos campesinas. En esta aldea, que aún conserva algunas puertas de las casas hechas a golpe de hacha, no tenían entonces agua. Cerca de allí, en una pradera de alcornocales, hay tres aljibes, donde las mujeres, cargadas con pilas y otros arreos, se van a lavar. Imágenes del subdesarrollo andaluz tan negro como oculto. Vi a estas dos aldeanas lavando, con sus sombreros de paja de ala ancha y me puse a conversar con ellas: Ya ve usted dice una lo trabajoso que es la faena de lavar en nuestra aldea.
Tenemos que venir cargadas dice la otra, instalar la pila y la tabla de madera, cada una trae sus cosas, y luego saca el agua. ¿Tienen ustedes aquí la tierra? ¿La tierra? No es nuestra contesta una. Aquello de allí dice la otra señalando es del marqués; y de la alambrada para allá, de otro señor. Pues están aquí... ¿Como en los tiempos del Comendador quiere usted decir? pregunta una. Eso quería yo decir. Pues ya lo ve contesta categóricamente la otra, como en los tiempos del Comendador. En 1468, cuando el Comendador Mayor de Calatrava, Hernán Gómez de Guzmán, tomó por sorpresa la ciudad de Fuente Obejuna, obligó a los doscientos vecinos que tenía entonces la ciudad con sus aldeas a pagar impuestos excesivos, además correr con los gastos del hospedaje de la soldadesca y soportar el derecho de pernada o el Ius de primae noctis. El mismo Comendador lo había practicado en exceso, forzando a las mujeres y robando sus haciendas. Hasta que el 23 de abril de 1476 los vecinos gritaron ¡Mueran los tiranos¡. Y dieron muerte al comendador. La obra de Lope de Vega refleja ese grito de liberación Fuente Obejuna, todos a una, que el 30 de agosto de 1935 representó en la plaza del pueblo Margarita Xirgu, en el papel de Laurencia: la figura de la mujer oprimida, que se rebela contra las injusticias. A ese Comendador se referían las aldeanas de Fuente Obejuna.
Carmen en Vilvorde. Y también todas las andaluzas emigrantes. La industria de Peñarroya la hundieron y a sus hombres los echaron a la emigración en un proceso de agonía lenta. En el centro Andalucista Blas Infante de Vilvorde (Bélgica) encontré a antiguos trabajadores de las minas cordobesas: Daniel Ibáñez, Rafael Luque, Emilio Estévez, Andrés Rivera, Manuel Olivares, Antonio Agredano, Juan la Torre... A nosotros nos echaron de allí ¿eh? Nos echaron. Nosotros hemos sido expulsados. Y aquí nos acogieron con los brazos abiertos y fuimos muy capaces de trabajar, me contaba así su experiencia Manuel Olivares. Yo llegué aquí en 1957. Soy de los primeros de la emigración. Al principio, lo pasamos muy mal. Yo conozco españoles aquí que para comprar un huevo han tenido que hacer la gallina, ¿comprendes? Y para comprar, por ejemplo, carne de cochino, pues hacer el guarro. Cuando llegué se me cayeron los palos del sombrajo. Pero cuando vi la primera quincena, me dije para mí: Manolo, aguanta mecha aquí. Tú aguanta mecha aquí. Y a los cinco meses me traje a mi mujer y a mis hijos
Y allí estaban ellas, también en Vilvorde, las mujeres, las que se quedaron primero criando los hijos en el pueblo, después emigrando, y soportando los trabajos en la fábrica y en la casa. Una de ellas, me decía: Mira, yo me he puesto aquí mala. Muy mala, ¿sabes? De los nervios. Cuando yo vine aquí y vi la estación por un lado y la fábrica por otro, y más allá unas barracas. Tó oscuro. Como le dije a mi marío: que me voy, que me voy, que no se puede aguantar... Con las fatigas que habíamos pasado en el pueblo. Pues quería irme, tú. Yo estaba acostumbrada al sol de mi Andalucía. Y aquí, nada más que lluvia. Esa lluvia tonta, que te pone los nervios... Tú no te puedes hacer una idea, ¿eh? Un día y otro, y otro, lloviendo, sin parar, sin ver una mijita de sol, acaba con la cabeza... Una tristeza, una pena, yo qué sé, si yo me iba a volver... Como que me puse mala. Hasta que el doctor me dijo que tenía falta de sol. Y mira, yo es ver el sol y me pongo nueva.
Con todos sus nombres. Como los de una alcaldesa y una ministra. Miles y miles de historias como estas de la emigración, o aún más dramáticas, luchando en todos los frentes, atendiendo en la casa mientras el marido estaba preso o trabajando en Francia, fregando suelos, haciendo sobreesfuerzos, sin desmayo, como si sus cuerpos en apariencia frágiles resistieran con la potencia del hierro. Ahí han estado ellas, detrás de cada héroe, de cada víctima, de cada muerto, de cada herido, de cada parado, de cada torero.... Detrás de cada Taíno, de cada niño Anguita, víctima de las guerras de todos los tiempos, en los campos de espigas y aceitunas... Hasta que empezaron a romper moldes, luchando por la igualdad, mientras seguían sufriendo represión, infortunios, jornadas interminables; y más tarde, mientras iban asomando la cabeza les surgían los nuevos males de la droga a las madres de Las Palmeras con sus hijos enganchados, resistiendo con esperanza; y llegaban otras, o acaso es que nunca se habían ido, las iras de los nuevos comendadores para hacerlas sufrir con los malos tratos hasta castigarlas, maldita sea, con las muertes más violentas.
Hasta que va acercándose la hora de plantarse como Laurencia, Margarita Xirgu, o recordando a Mariana Pineda, y a través de ellas mismas, y en las asociaciones de vecinos, el movimiento de mujeres, en sindicatos y partidos, codo con codo, en un proceso lento que ha sido como vivir dos dictaduras, dos transiciones, dos democracias, buscando como fieras heridas en esta selva de incomprensiones machistas su propio dominio. Tanto tiempo para que una mujer, Rosa Aguilar, se convierta en la alcaldesa de la capital de Córdoba, y otra mujer, Carmen Calvo, sea ministra de un Gobierno de España. Cuánto tiempo ha costado, cuántas voces se han quedado en el camino... Y el que falta por recorrer en su propia transición hasta que aparezca la mujer cordobesa con todos sus verdaderos nombres propios.
* Antonio Ramos Espejo es periodista |
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