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20 de febrero de 2012 |
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Francisco Moreno Gómez |
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Los años oscuros |
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Cuando alborea la transición democrática de los años setenta, Córdoba en particular y España en general empiezan a sentir el fin de una largo travesía del desierto. La Córdoba tradicionalmente levantisca (jornalera, progresista, republicana) había quedado hibernada y domeñada a partir de la victoria franquista de 1939. Comenzó entonces la gran noche de las fuerzas oscuras, el clima de atroz silencio que había profetizado Unamuno en sus últimos días. La Córdoba de avanzadilla en muchos aspectos, tanto en su sierra como en su campiña, vuelve en 1939 a la situación de subdesarrollo anterior a la II República. Los grandes apellidos del latifundio recobran su pujanza de antaño y convierten a sus obreros de ayer en pobres siervos de la gleba. Se acabaron las bases de trabajo, los jurados mixtos, las bolsas de trabajo, el espejismo de la maldita reforma agraria, y vuelven las jornadas de sol a sol y la explotación más inapelable. Al llegar la posguerra, ya no existe el contrapeso de los Centros Obreros: toda la vida local gira como nunca en torno a un epicentro tradicional, el Casino. Así, hasta los años setenta.
Represión física y económica. Los vencedores imponen su ley vae victis en todos los órdenes. El clima de terror generalizado es la lógica consecuencia del exterminio programado por el Estado fascista, en un momento de exaltación fascista en Europa. En cada pueblo de Córdoba, los vencidos (es decir, los demócratas) se ven acosados por todas partes. Por una parte, la represión directa y física: las detenciones masivas, la reclusión en lugares inhóspitos, las palizas y torturas (muertos a palos hay en la mayoría de los pueblos), la farsa de los consejos de guerra, con garantías nulas, el aluvión de condenas a muerte y las ejecuciones (1.600 durante la posguerra en Córdoba, más 7.679 durante la guerra).
No se sufrió sólo esta represión física, con ser terrible, la más sangrienta en Córdoba en todos los tiempos. Se sufrió también la represión económica; primero, al amparo de una típica ley de vencedores, la de Responsabilidades Políticas (de 9-2-1939), cuyo objeto era sancionar económicamente a todos los opositores al régimen, no sólo desde 1936, sino desde 1934. Se trataba de multar a los que nada tenían, para reducirlos al abatimiento por hambre, y de paso, acabar con los bienes de personas liberales y republicanas, de economía acomodada, de ideas modernas y democráticas, que habían sido el timón de la República.
En Lucena, por ejemplo, los miembros de un triángulo masónico, personas liberales y acomodadas, a pesar de estar ya fusilados, sus familias tuvieron que afrontar multas severas. En el Boletín Oficial de la Provincia se publicaban centenares y centenares de estos expedientes sancionadores. En segundo lugar, hubo otra represión económica de tipo arbitrario o vulgar rapiña, no estudiada, que arrasó los hogares de muchísimos de los vencidos. Entre muchos casos, recojo este testimonio de Beatriz Blancas, de Adamuz;
Mi madre sufrió mucho por la guerra. Cuando se acabó, mi hermano recogió todo lo que quedaba de mi madre, pues tenía varios mantones de Manila varias cosas de valor, incluso tenía un traje de pana de mi padre, y entraron los del pueblo, quiero decir algunos señoritos, y saquearon la casa y se lo llevaron todo, hasta el traje de mi padre, porque decían que era de ellos, incluidas las propiedades que tenía mi madre por herencia de mi abuela: una casa que tenía tres cuerpos; por mi abuela tenia olivos y tierra de cultivo, cabras, ovejas
Pues bien, todo lo perdió mi madre.
La querían coger cuando se hiciera presente a pagar la contribución. Total, que lo perdimos todo. Yo, desde 1944, no he vuelto a mi pueblo... Y así, centenares y miles de cordobeses, como Bartolomé Cabrera Peralbo, de Pozoblanco, que me testifica:
A mí y a mi familia nos dejaron con lo puesto, y la casa en que yo vivía la saquearon y se lo llevaron todo y nos dejaron en la calle
Eran fechas aciagas en las que las escuadrillas de Falange más parecían empresa de mudanzas que un organigrama del Fascio. El pillaje de los vencedores contra los bienes de los vencidos, ancestral y vulgar ley de guerra. Lo repugnante: que todo estaba bendecido por la Iglesia Católica.
Complicidad de la Iglesia. Efectivamente, la memoria de los años oscuros en Córdoba y en España va asociada al gran protagonismo de la Iglesia en aquellos años, a la que todo analista imparcial ha visto como el sostén ideológico del franquismo, en lo que justamente se llamó el nacional catolicismo... La iglesia volvió al monopolio de la enseñanza y de la moral pública, se repusieron los crucifijos, dirigió la reconversión mental de los vencidos, a través de los capellanes de las cárceles (todos nuestros jornaleros de la Andalucía profunda estudiando el catecismo para pode salir en libertad, cuadro patético), a través de las catequistas de Auxilio Social, a través de los párrocos (que formaban la tríada local, con el jefe de puesto de la Guardia Civil y el alcalde-jefe local de Falange) que, entre otras funciones, formaban parte de la Juntas Locales de Calificación, decisorias en el servicio militar de los desafectos (enviados a los Batallones Disciplinarios), en los informes de buena conducta y en la libertad condicional de los ex presos, a muchos de los cuales estas Juntas les prohibían regresar a sus pueblos y fueron desterrados, una de las represiones migratorias más escandalosas de la España de siempre. Durante décadas, la memoria histórica de Córdoba arrastra en silencio estas vivencias del gran horror silenciado del franquismo: la sangre, las lágrimas y el hambre. En mi consulta general de Registros Civiles he constatado muertes por inanición en todos los pueblos de Córdoba, sin excepción, sobre todo en 1945-1946, sin olvidar la gran hambruna de las cárceles, de modo que en la prisión provincial de Córdoba pereció de hambre la cuarta parte de los reclusos exactamente, 756 muertos en los duros años cuarenta. El hambre fue también un método de represión, como una manera de desactivar las posibles rebeldías y cualquier conato de resistencia. Nunca como entonces los hogares humildes de Córdoba se vieron tan acosados, entre el desprecio, el vacío social y las penurias del racionamiento y los abusos del estraperlo.
Sobrevivir en el monte. Con todo, la sumisión total de los vencidos no fue unánime, ni mucho menos. Nuestros padres y abuelos nos han relatado mil y una anécdotas de los que echaron al monte, de los rojos de la sierra, los maquis o la guerrilla. Unos 300 cordobeses se echaron al monte en diferentes fechas de los años cuarenta, primero para sobrevivir, después, una vez organizados, para resistir al dictador, en lo que se llamó la Tercera Agrupación Guerrillera, creada en 1945 por el maestro de escuela Dionisio Tellado Mario de Rosa, enviado por el Partido Comunista desde Madrid.
No toda Córdoba vivió este fenómeno, que se centró en Sierra Morena, toda la zona norte del río Guadalquivir y algo más por la zona de Rute e Iznájar. La memoria histórica de Córdoba nos relata sin censar nombres míticos como Los Jubiles de Bujalance, Los Lindos de Adamuz, Los Parrilleros de Villanueva, Caraquemá de Pozoblanco, Lazarete de El Viso, y otros muchos de Hinojosa, Villaviciosa, Fuenteobejuna, etc., sin olvidar al que se constituyó en líder guerrillero, Julián Caballero Vacas, ex alcalde comunista de Villanueva de Córdoba. Cuando cayó el 11 de junio de 1947, junto con su E.M., en la Umbría de la Huesa (Villaviciosa), la guerrilla cordobesa inició un principio del fin, que aún se prolongó hasta 1950, en un victimario de represión y muerte con múltiples peripecias. Calvario de sangre del que no se vieron libres los vecinos de los pueblos, acusados de colaboradores. Hasta un total de 160 de estos vecinos fueron sacrificados en las cunetas de caminos y carreteras de nuestra provincia, sobre todo en Los Pedroches. Crímenes de las fuerzas franquistas que no temblaron ante mujeres indefensas, como la hermana y la madre de Caraquemá o la madre de Castaño (Pozoblanco), la esposa de Ratón (Villanueva de Córdoba), y otros familiares, como el hermano de Saltacharquitos (Hinojosa), dos hermanos de Álvarez (Villafranca)...
Así pues, la Córdoba que empieza a salir del túnel en los años setenta, arrastra todo este bagaje de una memoria indeleble, alimentada también por una lucha clandestina minoritaria, sobre todo de un partido comunista acosado, en la capital y en algunos puntos de la campiña roja (como Montilla). Los cordobeses asistirían a los cambios de la Transición entre esperanzados y escépticos, en una proceso ilusionante, que, sin embargo, estuvo amargado por las agresiones de los ultras y por el ruido de sables de los militares. Pero la memoria del sufrimiento y de la libertad perdida sería el principal factor, no reconocido, de la democracia actual.
* Francisco Moreno Gómez es doctor y catedrático de Instituto |
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