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20 de febrero de 2012 |
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José Luis Casas |
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Memoria histórica |
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La recuperación de la memoria histórica es un tema de moda que podría aplicarse a diferentes periodos históricos, pero en el contexto español actual, cuando hablamos de ella nos referimos a la que perdimos como consecuencia de la guerra civil y el posterior establecimiento de un sistema dictatorial. Si hoy día identificamos memoria histórica con términos como republicanismo, exilio o represión, ello es así debido a la manera en que se llevó a cabo el proceso de transición en España. Con anterioridad a 1936 en la provincia de Córdoba hubo una gran cantidad de personalidades en la vida pública que tuvieron un gran protagonismo, sin embargo sus nombres desaparecieron de la memoria colectiva y sólo muy recientemente empiezan a ser recordados.
Pacto con miedo. Todos los procesos de transición política hacia un régimen democrático tienen aspectos positivos, pero la sociedad que los afronta también debe hacer frente a algunos costes. El profesor Julio Aróstegui define una transición del siguiente modo: Paso controlado de un sistema político a otro, sin que exista un momento identificable de ruptura entre el régimen precedente y el consecuente, produciéndose un cambio paulatino en el curso del cual se alteran las reglas del juego para el acceso y conservación del poder sin que durante el proceso mismo cambie el titular del poder de hecho existente. Las transiciones son un proceso enteramente asimétrico: van desde regímenes de poder autoritario a otros de poder compartido, contrapesado, y de régimen abierto, o sea, de democracia. Además, añade que necesita una serie de condiciones como el mantenimiento de la estructura social; que sea emprendida por miembros de la antigua clase dirigente y, por último, que exista un mecanismo de control, o de acuerdo, con las fuerzas de oposición. En definitiva, toda transición tiene mucho de pacto, y en el caso de España lo que ocurrió fue que el mismo se realizó bajo la presencia del miedo, como ha señalado Paloma Aguilar, miedo al pasado (y por tal se entendía la guerra civil), miedo a los procesos de involución militar y miedo en los sectores reformistas a perder el control. El primero de esos miedos daría lugar al silencio y a la exclusión de los vencidos en la guerra, así como a que tras la muerte de Franco se entrara en una especie de amnesia social, el franquismo sólo se mantuvo en formas políticas residuales, y desde luego de la sociedad española desaparecieron los franquistas.
Depuración y exilio. En los comienzos de la Transición, en la memoria colectiva de los cordobeses, excepto en círculos muy reducidos, no se tenía noticia de algunos paisanos que habían jugado un papel intelectual o político muy relevante en el primer tercio del siglo XX. Razones de espacio impiden que nos ocupemos de todos ellos: Niceto Alcalá-Zamora, Juan Díaz del Moral, Francisco Azorín Izquierdo, Gabriel Morón Díaz, Antonio Jaén Morente, Eloy Vaquero Cantillo, Antonio Rodríguez Luna, Fernando Vázquez Ocaña, Juan Rejano, o José Manuel Gallegos Rocafull, entre otros. Resultaría imposible ofrecer ni siquiera una reseña de estos, y en consecuencia me limitaré a exponer algunos datos sobre cinco de ellos. De entre los citados, Díaz del Moral (1870-1948) fue el único que no murió en el exilio; ejerció como notario en su localidad natal, Bujalance, entre 1898 y 1935, año en que se trasladó a Madrid; sin embargo, tras la guerra civil fue sometido a depuración política y obligado a trasladarse a la notaría de Caravaca (Murcia). Diputado en las Cortes Constituyentes de la II República, resultó elegido dentro de la Agrupación al Servicio de la República. Sin embargo, es conocido sobre todo por su labor historiográfica, en especial por su obra Historia de las agitaciones campesinas andaluzas, editada por primera vez en 1929, luego reeditada en 1967 y en 1973, fecha en la que por primera vez se hizo una edición completa. En 1980 los ayuntamientos de Bujalance y Córdoba le tributaron un homenaje que se convirtió en una gran manifestación popular de reivindicación de su memoria, y al mismo tiempo de una nueva forma de hacer historia. Vaquero Cantillo (1888-1960) fue el primer alcalde republicano de la capital cordobesa en abril de 1931. Estuvo vinculado al republicanismo desde comienzos del siglo XX, como ha dejado de manifiesto en su obra autobiográfica Del drama de Andalucía. Recuerdos de luchas rurales y ciudadanas (1923). Fundó en Córdoba las Escuelas al Aire Libre, donde desarrolló experiencias pedagógica avanzadas. Diputado en las Cortes de 1931 y en las de 1933, en octubre de 1934, en un gobierno presidido por Lerroux, ocupó la cartera de Gobernación, y al año siguiente también fue ministro de Trabajo y Sanidad. El comienzo de la guerra le sorprendió en Gibraltar, por lo que emigró a Londres, y tras un periplo por varios países se instalaría en Nueva York, donde desempeñó una cátedra en la Universidad de Columbia.
Gallegos Rocafull (1895-1963), aunque era natural de Cádiz, estuvo vinculado a Córdoba por su condición de canónigo lectoral de la catedral. Fue un activo militante del sindicalismo católico agrario en los años 20 del pasado siglo, como prueban sus colaboraciones en el órgano de prensa del citado sindicato, reunidas en un libro titulado: Una causa justa. Los obreros de los campos andaluces (1929). Se presentó como candidato de Acción Nacional en las elecciones a Cortes de 1931, pero no salió elegido. Al estallar la guerra civil, se puso al lado de la República, posición manifestada de forma pública en un artículo muy difundido en aquel momento con el título de Por qué estoy al lado del pueblo. Se exilió a México, y fue profesor de Filosofía en su Universidad Nacional, al tiempo que mantuvo contacto con otros intelectuales españoles, como por ejemplo Emilio Prados.
Juan Rejano. El exilio republicano tuvo un carácter predominantemente político, pero en muchos casos también intelectual o cultural. Uno de los casos en los que mejor se observa esa dualidad es en el poeta de Puente Genil Juan Rejano (1903-1976), militante comunista desde mediados de los años 20 hasta el final de su vida en México. Su vinculación a la poesía la inició gracias a sus contactos juveniles con Emilio Prados en Málaga. Antes de la guerra civil había desarrollado una intensa actividad periodística en Puente Genil, Málaga y Madrid, y durante el conflicto bélico en Valencia. Viajó a México en la primer expedición de republicanos españoles recién acabada la guerra, en 1939, a bordo de un barco ya mítico en la historia del exilio español, el Sinaia, donde coincidió, entre otros, con Pedro Garfias y Adolfo Sánchez Vázquez. Dirigió el diario de a bordo, que apareció con el mismo nombre del barco. En México continuó su labor literaria y periodística, fruto de la cual fue, por ejemplo, el primer gran relato literario de un español sobre aquel país de acogida: La Esfinge mestiza. Crónica menor de México (1945), en cuyo prólogo relata su última visión del territorio español desde el barco: Yo, solo, apoyado en la borda, secas las manos y agarrotadas una en otra, los ojos fijos y adoloridos, como en una agonía lenta, contemplaba mis viejas tierras de Andalucía. Algeciras blanca y cercana; La Línea, San Roque, la Sierra Carbonera, que tan estúpidamente habían dejado artillar los alemanes. Y más allá, mucho más allá, adivinándolo, el regazo de mi Córdoba natal, amodorrado entre olivares, acunado el dolor de los míos, de mis gentes queridas...
Murió cuando preparaba su vuelta a España, donde todavía no es suficientemente conocido. Precisamente para tratar de llenar ese vacío, en el año 2002 se constituye en su pueblo natal, por iniciativa de su ayuntamiento, una Fundación con su nombre.
Alcalá-Zamora. Por último, quisiera ocuparme con algo más de extensión de Niceto Alcalá-Zamora y Torres (1877-1949), dado que durante la II República llegó a ocupar la más alta magistratura, puesto que fue su presidente entre diciembre de 1931 y abril de 1936, tras haber sido presidente del Gobierno provisional entre abril y octubre de 1931. Era natural de Priego de Córdoba, y antes de manifestar su condición de republicano en 1930, ya había realizado una larga carrera política como diputado y ministro, así como jurídica, tanto en su condición de letrado del Consejo de Estado como en el desempeño de la abogacía. Cuando estalló la guerra civil se hallaba realizando un viaje por el norte de Europa, de modo que ya no volvió nunca a España, pasó varios años en Francia y luego emprendió un largo viaje que le llevó hasta Buenos Aires, donde pasó los últimos años de su vida dedicado a dar conferencias y a escribir artículos en la prensa. Sus restos volvieron a España en 1979, aunque no se le tributaron los honores que merecía como Jefe de Estado, debido a ese pacto de silencio no escrito del que he hablado al principio.
Alcalá-Zamora fue un republicano conservador, pero a pesar de ello también sobre él cayó el olvido, e incluso la crítica sin fundamento. Sirva de ejemplo que el diario ABC le dedicó su fotografía de portada el 31 de marzo de 1964, cuando se conmemoraban los famosos 25 años de paz, y en el pie decía: No fue un antipatriota, ni un irresponsable, ni un necio, ni mucho menos un malvado. Tampoco lo fueron muchos de sus amigos y correligionarios. No obstante, fue uno de los artífices de aquella República que se anunció pacífica, progresista y constructora, pero que como era inevitable en el sistema pronto abrió las compuertas a la violencia, a la demagogia y a la destrucción, siendo desbordada por las mismas fuerzas que desencadenó. Fue un hombre puente entre el orden y el caos, entre el gorro frigio y la hoz y el martillo; fue el principio de un fin terrible y sangriento. Que Dios nos libre en el futuro de dirigentes que, como él, conducirían al país a playas donde nunca pensaron ni quisieron arribar.
Don Niceto era consuegro del general Queipo de Llano, quien a la muerte del ex-presidente le dirigió una carta a Franco en la que le decía: Apasionamientos faltos de lógica, pero explicables en momentos de subversión sangrienta, hicieron que se le condenase, con injusticia notoria. Todo lo sobrellevó con calma inalterable, con dignidad exquisita, aunque la calumnia quisiera empañar la diafanidad de su vida. Más adelante le pedía que sus hijas, que estaban con él en Buenos Aires, pudieran disponer de la herencia de su madre, así como de la de su padre. Ambas hijas, Purificación e Isabel, volvieron a España en 1954 y se instalaron en Priego, donde en 1970 recuperaron la casa natal de su padre en la calle Río de la localidad. Tras la muerte de Franco, en 1977 se inició la recuperación de su figura con un primer acto que fue la restitución de una placa en su citada casa, con asistencia de su hijo Niceto Alcalá-Zamora Castillo. En 1986 la casa fue cedida al Ayuntamiento de Priego y en 1993 se creó en dicha sede el Patronato Niceto Alcalá-Zamora que ha desarrollado una amplia actividad en pro de la recuperación de la memoria histórica, no sólo del personaje que le da nombre, sino de toda la etapa republicana.
* José Luis Casas es doctor en Historia Contemporánea |
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