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20 de febrero de 2012 |
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Manuel Gracia Navarro |
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Del miedo a la esperanza |
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Si tuviera que destacar algunas imágenes entre la multitud de recuerdos de aquellos años 1974-1976 que configuraron decisivamente el presente democrático de España, éstas serían las de algunas personas que conocí entonces. Unos eran hombres y mujeres que acumulaban una larga militancia en el PSOE, en algunos casos desde la II República: Juan Sánchez Castro, Bartolomé Cabrera, Matías Camacho, Ramón Toledano, Marina, Francisco Mármol y Eduardo Rodríguez Pina son los que acuden a mi memoria. Otros eran la nueva generación socialista: Guillermo Galeote, Patricio de Blas, Vicente Jiménez, Rafael Vallejo, Ángeles Aparici, provenientes del mundo universitario en la mayoría de los casos. Todos ellos simbolizaban la realidad de aquel PSOE surgido de Suresnnes: un partido con un fuerte anclaje en la historia misma de España, renovado y conectado con las nuevas generaciones de españoles nacidos tras la Guerra Civil. Pero también encarnaban una realidad sociológica del socialismo español y cordobés, interrumpida por cuarenta años de persecución y represión, que reeditaba una constante alianza entre las gentes del mundo del trabajo y las del mundo de la educación, la Universidad y los profesionales. Hay otro rasgo del PSOE cordobés de entonces que no quiero obviar: se discutía mucho, se debatía todo, todo el mundo participaba en todo. Desde la decisión sobre una pegada o de reparto de propaganda, hasta la actuación de los socialistas en los sindicatos verticales o en los Colegios de Licenciados, todo era objeto de debate y puesta en común. Precisamente, una de las máximas que los veteranos militantes nos inculcaron a los nuevos era que dentro del partido todo se podía cuestionar, pero tomada una decisión, había que actuar con unidad y firmeza de cemento, sin fisuras. Ese tremendo espíritu democrático y esa elemental disciplina conformaron, sin duda, un talante, un estilo que hoy, en ocasiones, se echan de menos. En general, en aquellos años los socialistas cordobeses teníamos una estrategia de fortalecimiento de las propias organizaciones políticas, sindicales y sociales, frente a quienes defendían una estrategia entrista. Esto comportaba, en no pocas ocasiones, una discrepancia grave con los comunistas, y una dificultad añadida para el aumento de la afiliación. Quien se afiliaba al PSOE entonces sabía que lo hacía a pelo, sin maquillajes ni burladeros. De ahí, además, que la progresía oficial cordobesa de entonces no tuviera en mucho aprecio a aquel reducido número de hombres y mujeres que conformaban el PSOE de Córdoba. Sonoras fueron las trifulcas con el Círculo Cultural Juan XIII sobre la participación de destacados socialistas Felipe González, entre otros en debates y mesas redondas, como ejemplo de lo que digo. Mucho se ha escrito de la llamada memoria histórica. Lo que sí puedo afirmar, porque la vi y la toqué, es que la había. En los viajes a los pueblos de la provincia para reconstruir y reorganizar el partido, desde la cuenca minera a la Campiña, era muy frecuente que se acercaran gentes que llevaban como credencial su viejo carné del PSOE o de la UGT, o los de su padre o hermanos. Otros nos daban pelos y señales de su actuación y de sus afinidades en la Guerra Civil y durante el franquismo. Otros, simple y sinceramente, nos confesaban el miedo que les había mantenido atenazados y dormidos tantos años. Como decía el veterano Juan Sánchez Castro lo importante del miedo es que uno sepa que lo tiene. Mucha gente tuvo miedo, y motivos sobrados para padecerlo, pero la propia conciencia de ese miedo es la que les guió en las primeras elecciones de 1977 a la hora de votar a la izquierda. Era impresionante ver cómo en cada pueblo, en los barrios populares de Córdoba, iban apareciendo decenas, centenares de hombres y mujeres sencillos, trabajadores, empleados, profesionales, que deseaban aportar su grano de arena al fortalecimiento de una organización política que era la encarnación de sus esperanzas y de sus ideales. Como impresionante es que las ideas, sí, ideas que no intereses, que les unían a todos ellos eran las mismas que alimentaban los discursos, los escritos y las palabras de Pablo Iglesias, Fernando de los Ríos, Indalecio Prieto, Largo Caballero y Julián Besteiro, cuarenta años después: la libertad, la democracia y la igualdad. Esas ideas, encarnadas en aquellos hombres y mujeres, tienen rostro y manos, voz y gestos, y son, con sus limitaciones y con sus grandezas, el corazón mismo de un viejo y renovado sueño que hoy sigue vivo y no sólo en el recuerdo. Ojalá que hoy sepamos estar a la altura de aquellos tiempos, y seamos capaces de ser leales a estos tiempos de ahora. Porque el mundo, España y Córdoba han cambiado mucho, pero lo que no ha cambiado es la condición primera del socialismo democrático: la pasión por la igualdad.
* Manuel Gracia Navarro es parlamentario andaluz |
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