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20 de febrero de 2012 |
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Antonio Perea |
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La Asamblea de Parados |
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Yo había sido despedido de una empresa de montaje a comienzos de noviembre de 1975 por hacer pintadas en el tajo en contra de las horas extraordinarias. El 22 de diciembre de ese mismo año se presentaron en casa diez compañeros con una talega que contenía, entre monedas y billetes, más de quince mil pesetas que habían reunido en una colecta entre obreros de la propia empresa.
Aquel gesto solidario contribuyó sin duda a cimentar mi conciencia proletaria, que hasta entonces se limitaba a los tristes recuerdos de mi niñez cortijera y a vivencias en lugares como Mieres (Asturias), La Magdalena (León), Santa Coloma de Gramanet y Mataró (Barcelona). Con ese bagaje me incorporé a los corrillos de parados que se organizaban cada día en la puerta del Sindicato Vertical en la avenida Gran Capitán de Córdoba. La mayoría de los asistentes eran albañiles y había también plateros y camareros y emigrantes retornados. Casi ninguno cobrábamos subsidio de desempleo, unos por haberlo agotado y otros por no reunir los requisitos. Cada día éramos más de un centenar los que, desde las 9 hasta las 13 horas, permanecíamos allí comentando noticias de periódicos (El Correo de Andalucía, mayormente) que nos prestaban los burócratas sindicalistas o de los partidos clandestinos de izquierdas que iban a captar militantes, y a los que siempre sacábamos un café, un cigarro, un medio de vino o veinte duros para una bombona de butano. También asistían mujeres a las que siempre se les mostró un gran respeto, y eran casi todas de organizaciones cristianas, mayormente de la JOC.
Todos conocíamos la tendencia de los escasos militantes políticos o sindicales que aparecían por allí. Y a pesar de nuestra incultura política, nos bastaba oir a algún recién llegado para saber a qué o a quién representaba.
Cada día aumentaba el número de asistentes y cada día era mayor el ambiente reivindicativo y las ganas de acudir a las obras y fábricas a contar nuestra situación a los compañeros que tenían trabajo. Existía un colectivo de albañiles llamado Grupos Anticapitalistas de Base (GAB), muy respetado por todos y en torno a ellos nos organizamos. Celebramos asambleas en los centros de trabajo más importantes de Córdoba.
El sábado 24 de enero de 1976, tras una visita sin resultados al delegado del Instituto Nacional de Previsión, nos dirigimos más de mil hacia el polígono industrial La Torrecilla. A la altura de los jardines de Vallellano nos cortaron el paso los antidisturbios y apalearon a mujeres, niños, viejos y a cuantos pillaron a mano. Tan fuerte fue la agresión que el lunes siguiente fueron a la huelga todos los trabajadores de la construcción de Córdoba y gran parte de la provincia. Y los que no pararon, fueron debidamente informados por los que nos organizamos en piquetes y nos enfrentamos a una policía violenta y excesivamente fiel al Régimen.
Tras las dos semanas de huelga general, tomaron el relevo los sindicalistas y la Asamblea de Parados continuó su lucha de forma independiente hasta 1980. Los partidos y sindicatos ya legalizados decían a sus militantes y afiliados que éramos agitadores a sueldo, pero llegamos a ser centenares los que cada martes nos congregábamos en la plaza de Las Tendillas a reivindicar un puesto de trabajo. Quizá resultaría excesivo hacer una relación de lo realizado durante aquellos años, pero baste decir que el llamado Empleo Comunitario, instituido para los trabajadores agrícolas se consiguió por la Asamblea de Parados para barrios como Moreras y Palmeras, carretera Puesta en Riego y otros.
* Antonio Perea es presidente del Ateneo de Córdoba |
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