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21 de febrero de 2012 |
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Manuel Nieto Cumplido |
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Libertad al aire libre |
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No sé por qué al solicitárseme la transcripción de mis recuerdos sobre la etapa de la Transición española me ha venido a la memoria en estos momentos la reciente lectura de la edición italiana de las Confesiones de un burgués (Milán, 2003), una excelente obra de Sándor Márai, el escritor húngaro de entreguerras que recorrió casi toda Europa teniendo como única compañía su soledad interior. La única libertad decía es la que nace del amor y de la humildad, para concluir que mientras me sea concedido escribir, estaré decidido a testificar que fueron una época y algunas generaciones las que proclamaron el triunfo de la razón sobre el instinto, y creyeron en la capacidad de resistencia del espíritu, capaz de domeñar el deseo de muerte del rebaño.
Situación invertida. Andaba yo por aquellos años catalogando en el Archivo de la Catedral su amplio y excepcional fondo de documentación medieval, trabajo que, como decía entonces con no escasa ironía y alejamiento, me permitía contemplar la sociedad cordobesa de ese momento desde la distancia del siglo XIII sin apasionamiento ni desmesura, porque el contacto con la historia de los hombres y de los pueblos, entretejida de alegrías y lágrimas, de desastres y éxitos, me ofrecía la oportunidad de aventurar que el cambio político que se avecinaba resultaría menos traumático desde el conocimiento de la evolución de la sociedad española. En 1936 decía entonces eran más los que nada tenían que perder y eso dio posibilidades a todo tipo de violencia. Los pobres y los desheredados de la fortuna eran mayoría. En los años de la Transición, habían cambiado de modo tan importante las condiciones de vida de los españoles que se había invertido la situación, puesto que en esos años de cambio serían muchos más los que tenían algo que perder si la salida hubiera sido violenta. Era la fuerza emergente de la nueva clase media la que quería sosiego, paz, la salvaguarda de sus intereses, la educación de sus hijos, la inviolabilidad de sus pocas o muchas propiedades.
Eran casi instintos enraizados en el recuerdo de los tristes años de la República y de la guerra civil, del hambre y de la pobreza que nos habían relatado o sufrido las generaciones anteriores y aún sobrevivientes, convirtiéndose en el mejor antídoto contra una salida desmesurada del régimen que ya estaba punto de acabar. Era el triunfo como se demostró poco después de la razón sobre el instinto. La historia, como he dicho, me proporcionaba mesura, cierta serenidad y creencia en la sensatez de los españoles, y me hacía capaz de compaginar la catalogación de documentos ilegibles de la Edad Media con el coleccionismo de los números ciclostilados de los boletines La voz del Pueblo (1965) y Libertad (1974-76), editados por el Partido Comunista de España en Córdoba. Un profesor de Historia Contemporánea, José Cepeda Adán, me comentó en aquellos años: Los panfletos que ve usted tirados en los pasillos de la Facultad los he recogido porque un día serán historia. ¡Y vaya si son historia!
Un ambiente libre. Sándor Mársai hablaba de libertad y de capacidad de resistencia del espíritu. Esa necesidad y esas capacidades del espíritu las pude vivir en un pequeño recinto de amistades y de encuentros donde todos, sentados en una de las más ruidosas aceras de las calles de Córdoba, a las puertas de la cafetería Siroco, nos encontrábamos muy frecuentemente, convirtiendo aquel casi inaudible cenáculo en uno de los ambientes más libres de la ciudad en aquellos momentos. Era el disfrute de la libertad al aire libre. Ni por asomo juzgamos en ningún momento que la algarada callejera podría ser la solución, porque ya gozábamos de la libertad interior la política sería su inmediata consecuencia que nos proporcionaba la literatura había escritores y poetas en la tertulia, Mario López, por ejemplo, y el más vocinglero y joven Carlos Clementson, la experiencia vital de algunos que habían participado en la guerra y en el exilio interior y exterior Ángel López-Obrero, Francisco Zueras o Juan Bernier, la historia, las artes desde Pedro Bueno, Aguilera Amate y Jiménez Poyato a Rafael Ortí, Tomás Egea y Pepe Morales (podría añadir muchos nombres más) y las relaciones humanas, en todo momento respetuosas por más disonantes que fueran las propuestas.
Era nuestra experiencia de gozar de una libertad participada y de la resistencia a un ambiente que desprendía sometimiento y silencio. También contábamos en ocasiones con la presencia del fiscal a tiempo completo Rafael Contreras de la Paz en su calidad de historiador y gestor de profunda cultura por lo de la arqueología en su ciudad natal, Linares. ¡Un fiscal del Estado, y qué fiscal, entre nosotros! Dispares en gran medida, pero libres y sinceros en el hablar. El pensamiento y el sustrato ideológico de cada uno no nos eran desconocidos, desde el marxista al liberal o al conservador, sin quedar fuera de la tertulia la presencia de la Iglesia y su propuesta de apertura a un futuro dialogante y de respeto de los derechos humanos, fundamentada en que la verdad os hará libres. En nuestro caso, la cultura nos iba haciendo un poco más libres antes de la eclosión de la libertad. El patriarca, por más constante y respetado, lo fue siempre el poeta-arqueólogo Juan Bernier, considerado por todos los que se unían a la tertulia, cuya entrada nunca estuvo limitada. Por razón de su edad, en muchas ocasiones nos remitía a sus propias experiencias de joven sindicalista republicano, al sinsentido del hombre en la guerra en el helado frente de Teruel se vio obligado dolorosamente a quemar tablas del siglo XV para no morir de frío, a su histórica necesidad de adecuación, a la capacidad de resistencia a través de la poesía, no sin cierto escepticismo sobre la política que se aventuraba. Su capacidad de sorna, su sencillez sin altanería, su conocimiento del ser humano y su discreta ironía le convirtieron, sin él pretenderlo, en el mejor elemento aglutinante de aquella tertulia, libre en sus formas, libre en la adhesión y libre en el pensamiento.
Manuel Nieto Cumplido es canónigo-archivero de la Catedral de Córdoba |
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