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21 de febrero de 2012 |
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José Manuel Cuenca Toribio |
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I Congreso de Historia de Andalucía |
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La justa conmemoración del primer cuarto de siglo de vigencia de la Constitución de 1978 provoca la aparición de estudios y trabajos tendentes a contextualizarla debidamente. No sólo para los historiadores sino para todas las generaciones futuras, será de capital importancia conocer tanto como el texto en sí el clima cívico y social que lo inspira.
En nuestra tierra pocos acontecimientos contribuyeron a ello en más ancha medida que el primer Congreso de Historia de Andalucía, celebrado entre el 14 y el 19 de diciembre de 1976 en diversas ciudades de la región. Centrado en Córdoba, su carácter itinerante y académico Universidad de Sevilla (apertura), Málaga y Granada (clausura) refleja bien su índole y objetivos. En efecto: el objetivo primordial de sus organizadores radicaba en la reconstrucción del pasado andaluz mediante una investigación acribiosa que superará taifismos y toda suerte de tutelas extracientíficas. El pasado de una de las colectividades más acendradas culturalmente entre todas las europeas y, sobre todo, su porvenir así lo exigían. En plena y venturosa efervescencia ideológica y política, tal empeño no era fácil. Tras varios intentos frustrados de imponer al Congreso una hoja de ruta distinta a la inicialmente prevista, todas las fuerzas de la región acabaron por comprender y respetar la completa autonomía de un proyecto legitimado fundamentalmente por su independencia y suprapartidismo. La verdad exhumada por el esfuerzo de 1.500 profesionales de Clío favorecería a todas las opciones políticas al confrontar sus programas con la realidad histórica de una sociedad que hacía de ella su principal activo cara a una excitante navegación, cargada, no obstante, de riesgos e interrogantes.
La realización casi germánica del complejo calendario del Congreso proyectó sobre el clima del momento dos efectos del mayor relieve. Sin demasiadas colaboraciones institucionales y en una tesitura administrativamente difícil, un sector relevante de la comunidad andaluza su estamento académico e investigador- demostraba la capacidad de sus gentes para materializar empresas del más alto bordo intelectual y organizativo. Numérica y acaso también cualitativamente, el Congreso era el de mayor envergadura de los acontecidos en el área de las Humanidades en toda la historia de España, con la movilización de los profesionales más prestigiosos y venerables. Interminable su lista: Hamilton, Domínguez Ortiz, Bennassar, Carriazo, Tuñón, Artola, Martínez Montávez, Castilla del Pino, José Luis Sampedro, Navarro García, Comellas, Ladero Quesada, Jordi Nadal
con la de las hornadas más prometedoras, conforme el paso de los días ratificaría en gozoso guarismo.
Al propio tiempo, y de manera acaso aún más decisiva, el Primer Congreso de Historia de Andalucía proporcionaba a la colectividad meridional un elemento básico y de todo punto insustituible para enfrentarse, con creatividad y entusiasmo, a la etapa alumbrada en aquellos irrepetibles días. El chequeo realizado a los principales capítulos de su historia evidenciaba con patencia que ésta, como en otros trances cruciales de su pasado el descubrimiento y la colonización de América, por ejemplo, podía convertirse en una de las piedras angulares del edificio que albergaría a la naciente democracia. En esta nueva y trascendental cita para construir una nación de ciudadanos, la historia no faltaría a los andaluces. Una historia transida de emoción española, remecida de solidaridad, pujante de savia, dialogante sin complejos ni atavismos, abierta a la pluralidad, fiel a las raíces y comprometida hondamente con un porvenir protagonizado por todos los pueblos de la vieja Iberia, entre los que, sin narcisismos ni chovinismos opuestos por entero a su esencia última, ocupaba, desde tiempos remotos, en lugar primordial.
Se comprende así que, al presentarse en Córdoba las Actas del Congreso XIV volúmenes, diez mil páginas, un Jordi Pujol en vísperas presidenciales no pudiera ocultar su ambivalente sentimiento de alegría contemplando, hecha vida de un pueblo no siempre adecuadamente apreciado, una historia trimilenaria presta a estrenarse al servicio de una nueva y gran empresa.
* José Manuel Cuenca Toribio es catedrático de Historia |
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