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21 de febrero de 2012 |
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Francisco A. Carrasco |
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La izquierda toma los ayuntamientos |
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Las primeras elecciones municipales democráticas fueron especiales: devolvieron el gobierno a la izquierda tras el largo paréntesis de la dictadura. El poder volvía al pueblo en su estado más puro, sin la mediación de los delfines del franquismo, que habían dominado los comicios generales hasta entonces. El panorama político se llena de buenas palabras de concordia, colaboración, consenso y personajes románticos cargados de principios, pero sin experiencia alguna en la gestión, que lo mismo se ponían la corbata para entrevistarse con el gobernador civil en su faceta de alcaldes que se la quitaban para ir a una manifestación. Era una época compleja y rica, de un futuro incierto en el que todos querían tener su protagonismo.
Miedo. Y, sin embargo, aquel martes 3 de abril de 1979 fue un día gris y se registró una abstención mayor de la esperada. Quizá por el miedo, quizá por el hastío. Aunque las crónicas hablan de normalidad y falta de incidentes, a muchos candidatos les había costado incorporarse a las listas. Había mucho miedo todavía. Nadie quería ponerse de los primeros, asegura Bartolomé Delgado, que obtendría la Alcaldía de Villa del Río por el PCE. Los padres, muchos de los cuales no habían superado aún el dolor de la guerra, les pedían que no se significaran. En cuanto al hastío, hemos de recordar que tan sólo un mes y dos días antes del 1 de marzo se habían celebrado las segundas elecciones generales, cuyos resultados y consecuencias solaparon en gran medida la campaña de las municipales.
Pero los resultados desataron la euforia. Los partidos de izquierda vieron la posibilidad de gobernar. Tan sólo un día después de los comicios, el 4 de abril, se reunían el PSOE y el PCE para establecer una estrategia conjunta: gobernaría el partido de izquierdas que tuviera más votos. A ellos se uniría poco después el Partido Socialista Andaluz (PSA), en una maniobra que dejó prácticamente aislada a UCD, si tenemos en cuenta el escaso peso político de Coalición Democrática, el partido de Manuel Fraga.
Tras un largo paréntesis. En la provincia de Córdoba había ganado UCD con 334 concejales, el PSOE consiguió 278 y el PCE, 171. Con estos resultados, UCD lograba 14 diputados provinciales, mayoría absoluta en el gobierno de la Diputación, mientras que los socialistas conseguían 8 y los comunistas, 5. A pesar de ello, estos resultados tan sólo le aseguraban a UCD el gobierno en veinte municipios (el 26% del total), ninguno de los diez mayores de la provincia. Las posibilidades de éxito que se le ofrecían al pacto eran enormes. La izquierda podía darle un vuelco a los resultados por las buenas. Y eso que el día 3 había amanecido gris y se había registrado una mayor abstención de la prevista.
El jueves 19 de abril fue un día alegre. La gente quería tomar los ayuntamientos, sentirse protagonista, recuperar la sensación de que el poder volvía a sus manos tras un largo paréntesis de 43 años en el que se lo habían arrebatado de forma cruenta. Los nuevos candidatos eran sus representantes, los que ellos habían votado. Y esa sensación invadió calles y plazas, y los plenos de constitución de los ayuntamientos se llenaron de gritos, vítores y aplausos de júbilo. El socialista Rafael González Barbero, presidente de la mesa de edad del Ayuntamiento de Córdoba, aludió en su intervención al restablecimiento de la legalidad democrática: Esta mesa declara constituida la Corporación Municipal del Ayuntamiento de Córdoba, quedando con ello restablecida la legalidad democrática interrumpida durante estos últimos 42 años. Con motivo de este solemne e importante acontecimiento en la historia política de Córdoba, esta presidencia dedica un sentido recuerdo a los concejales y alcalde del último Ayuntamiento democrático cordobés, disuelto en 1936. Palabras similares se oyeron en otros muchos ayuntamientos. Y es que la idea general era ésa: se restablecía la legalidad suspendida durante el franquismo y el pueblo tomaba de nuevo el poder en sus ayuntamientos.
Reparto. Y el pacto de izquierdas funcionó, vaya si funcionó. UCD tan sólo consiguió sumar dos alcaldías a las veinte previstas: Lucena y Rute, donde se vieron apoyados por los independientes. Fueron, además, sus dos ayuntamientos más importantes. El resto de las alcaldías fueron a parar a los partidos de izquierda (el PSOE obtuvo 26; el PCE, 14; el PSA, 4, y el PTA, 2) y las candidaturas independientes, que lograron siete, en algunos casos con el apoyo de UCD.
UCD obtuvo las alcaldías de Alcaracejos, Almedinilla, Añora, Conquista, Dos Torres, Fuente la Lancha, Fuente Tójar, El Guijo, Hinojosa del Duque, Luque, Obejo, Pedroche, San Sebastián de los Ballesteros, Torrecampo, Valenzuela, Villanueva de Córdoba, Villanueva del Duque, Villanueva del Rey, El Viso, Zuheros, Lucena y Rute. El PSOE había logrado diez alcaldías por mayoría absoluta: Belmez, Los Blázquez, Carcabuey, La Carlota, La Granjuela, Hornachuelos, Nueva Carteya, Peñarroya-Pueblonuevo, La Victoria y Villaralto, a las que sumaría otras 16 a través del pacto: Adamuz, Almodóvar del Río, Belalcázar, Cabra, Cardeña, El Carpio, Espiel, Fuente Obejuna, Fuente Palmera, Montoro, Palma del Río, Pozoblanco, Priego, Santaella, Villaviciosa y Puente Genil. El PCE obtuvo Alcaldías por mayoría absoluta en nueve municipios: Aguilar de la Frontera, Doña Mencía, Encinas Reales, Espejo, Fernán Núñez, Montalbán, Montemayor, Montilla y Villa del Río. Las otras cinco las consiguió por medio del pacto: Castro del Río, Córdoba, Pedro Abad, La Rambla y Villafranca. Curiosamente, Córdoba fue la única capital de provincia con alcalde del PCE: Julio Anguita González, profesor de EGB y licenciado en Historia que posteriormente sería secretario general del Partido Comunista y coordinador de Izquierda Unida.
El PSA había logrado dos alcaldías por mayoría absoluta (Monturque y Palenciana), obtuvo otra a través del pacto (Moriles) y una cuarta (Iznájar) con los votos de los concejales de UCD, que privaron de este modo a Coalición Democrática de lograr la Alcaldía en el único pueblo cordobés en el que había ganado. El Partido del Trabajo de Andalucía (PTA) obtuvo las alcaldías de Posadas y Baena gracias al apoyo del PSOE y del PCE. Finalmente, las candidaturas independientes lograron los gobiernos de Benamejí, Bujalance, Cañete de las Torres, Guadalcázar, Santa Eufemia, Valsequillo y Villaharta.
En la Diputación Provincial fue elegido presidente el centrista Diego Romero con los catorce votos de UCD. El candidato socialista, Antonio Zurita, obtuvo trece votos, los ocho del PSOE y los cinco del PCE. Estos resultados no hicieron ninguna gracia a UCD, que el 28 de abril publicaba un anuncio en el diario Córdoba en el que, tras ofrecer los datos de las elecciones celebradas desde el 17 de junio de 1977, señalaba: puede observarse que UCD se mantiene en cabeza de votos populares. Por razones de pactos, aun teniendo mayor número de concejales que otros partidos, UCD sólo ha conseguido alcaldes en 22 municipios.
El panorama político, en cualquier caso, varió radicalmente. Y aquella observación no le valió para mejorar los resultados. Si acaso, para mostrar su decepción. Y eso no es bueno en política. Máxime cuando en la mayoría de los ayuntamientos se hablaba de concordia, colaboración y consenso, los alcaldes mostraban sus deseos de representar a todos y se les ofrecían responsabilidades de gobierno incluso a la oposición, qué tiempos aquellos.
Protagonistas románticos. Carlos Arenas Blanca guarda un magnífico recuerdo de aquellas municipales. Con 29 años, este ingeniero técnico industrial era el candidato del PTA a la Alcaldía de Baena. Aunque su partido había sido el más votado de la izquierda, tenía los mismo concejales que el PCE, 5, por lo que éste no se resignaba a perder la Alcaldía. En el tira y afloja, se quedaron los últimos a la hora de constituir el Ayuntamiento. Finalmente, salió elegido alcalde con los votos del PCE y del PSOE. El candidato comunista era Luis Carlos Rejón y en su lista figuraba Manuel Pérez, alcalde de Córdoba posteriormente.
Arenas considera que su baza era la calle. Nosotros teníamos una mayor capacidad de movilización que el PCE. Rejón era un intelectual, un piquito de oro, pero no se veía en las asambleas, no era el banderín de enganche. Asegura que la emoción les desbordaba el día de la toma de posesión y que la gente, que llenó la sala, se tomó el Ayuntamiento como algo propio. La gente, cuando tenía problemas, iba al Ayuntamiento a que se los arreglara. No éramos políticos profesionales y aquello nos quemó bastante. Éramos un partido de lucha y de gobierno. Igual nos poníamos una corbata que nos la quitábamos para ir a una manifestación. Éramos unos románticos de la política, asegura. En 1982, cuando se disolvió el PTA, ingresó en el PCE. Sin embargo, en las siguientes elecciones ganaron los socialistas por mayoría absoluta.
Un alcalde por un cacique. Bartolomé Delgado se apuntó al PCE poco antes de la muerte de Franco, en 1972 o 1973. Quería acabar de una vez con el sistema. Quitar un cacique, poner un alcalde era su lema. Todos sus amigos estaban en eso, pero ninguno quería ponerse de los primeros, había mucho miedo todavía, asegura. Así que se puso él. Y salió elegido por mayoría absoluta alcalde de Villa del Río. Era una candidatura de trabajadores encabezada por un albañil. Nos encontramos con un problemón porque estábamos todos ignorantes, lo que suplíamos a base de mucho trabajo. Poco a poco fuimos aprendiendo, aquello fue una cosa nueva, espectacular. Todo estaba sin hacer y tuvimos que hacerlo nosotros, manifiesta.
Bartolomé Delgado ha permanecido dieciséis años al frente de la Alcaldía de Villa del Río. Y no ha debido hacerlo mal: el pasado año (2003) le nombraron Hijo Predilecto. También hubo alcaldes jornaleros, como el de Moriles, Guillermo Osuna, del PSA. Tenía amigos del partido, asistió a reuniones y acabó afiliándose. Eran unos tiempos muy bonitos. El interés era que cambiara la cosa. Estábamos muy cansados del régimen aquel, argumenta. Por eso asumió encabezar la lista, aunque, dice, no había las disputas que ahora por el primer puesto. El trabajo fue enorme: Estábamos las veinticuatro horas de servicio, no había descanso, te consultaban las cosas en todos los sitios. Guillermo, que se puso de sueldo el jornal del campo, guarda un buen recuerdo de aquella época, en la que se consiguieron cosas importantes para su pueblo. En las siguientes elecciones sacó más votos, pero se quedó sin la Alcaldía: los pactos esta vez se volvieron en su contra.
Siete veces. Pero si hubo un candidato predestinado a la Alcaldía ése era sin duda Pedro Antonio Barbero. A saber: sus hermanos estudiaron la carrera militar, su padre fue juez de paz y él acudió a un curso de formación política impartido en Cerro Muriano durante la Transición. Además, estaba muy introducido entre los jóvenes, ya que era el monitor del teleclub de la zona de Valsequillo... y no le gustaban las injusticias. Así que fue elegido alcalde de Valsequillo por la candidatura del Grupo Independiente Local (GIL). Curiosamente, el primer alcalde de la provincia, ya que los datos de su pueblo se acabaron de escrutar los primeros.
Pedro Barbero tenía entonces 25 años. Había estudiado hasta cuarto de bachiller, pero acabó dedicándose a la agricultura. Concurrió a las elecciones con un grupo de amigos sin ton ni son ni colores políticos, aunque estaba claro que lo que había no le gustaba. Como aquel sorteo de parcelas para los vecinos en el que siempre se reservaba una para los concejales. El invento de la democracia es una cosa fabulosa y puso a cada uno en su sitio, asegura. Antes de las elecciones, el alcalde les pidió permiso para que se entrampara el Ayuntamiento. Aquello me abrió las orejas y los ojos y supe que íbamos a ganar. Dije que sí. El pueblo y el secretario del Ayuntamiento se portaron muy bien con él. También el alcalde de Hinojosa del Duque, Emiliano Caballero, de UCD, que lo llevaba a todos los sitios y lo orientaba en lo posible.
Hoy, 24 años después, Pedro Antonio Barbero continúa al frente de la Alcaldía de Valsequillo. Es el único alcalde de la provincia de Córdoba que ha ganado las siete elecciones municipales celebradas hasta ahora. Con holgura, nunca se ha visto obligado a realizar saltos en el vacío. Eso sí: en las segundas municipales se pasó al PSOE, donde tenía grandes amigos y resultaba más fácil trabajar que desde un grupo independiente. Su valoración sobre estos años es positiva. Cuando la gente me sigue votando, algo verá en mí, argumenta. ¿Su fórmula? Intento acabar mi programa, trato bien a todo el mundo y lo hago lo mejor posible. Quienes quieran mantenerse en el cargo, ya saben. Hasta ahora se ha mostrado infalible.
* Francisco J. Carrasco es periodista |
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