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21 de febrero de 2012 |
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Antonio Fernández Ramírez |
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Cambio en profundidad en Pozoblanco |
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A finales de 1975, después de una larga dictadura, España inicia una nueva andadura repleta de titubeos, dudas, junto a un sinfín de peligros. La experiencia desgraciadamente fallida de la Segunda República y la contienda civil originada por el golpe de estado de 1936 dieron paso a un régimen autoritario cuyas características principales fueron: la falta de libertad, el empobrecimiento cultural, una autarquía económica y el aislamiento dentro de una Europa democrática. Partiendo de este panorama desolador, muy alejado de la visión propagandística del franquismo, no era fácil una evolución pacífica hacia un régimen democrático donde se pudieran superar las contradicciones de dos Españas aún enfrentadas: una, represora, ejerciendo sin contemplaciones todo el poder, y otra, reprimida por el simple hecho de no pertenecer al bando ganador de una contienda, cuyas heridas no se cerraron nunca, fundamentalmente por la crueldad de unos jerarcas más preocupados por la limpieza ideológica que por una auténtica reconciliación. Un hecho de tremendas repercusiones históricas donde se concentran los déficits de una España alejada de todos los grandes movimientos europeos. Ahora, cuando los años pasados nos permiten tener la perspectiva justa, nos sigue pareciendo asombroso el proceso de transición que llevó a un país desde la penumbra hasta un mundo luminoso de libertades, progreso, democracia consolidada, reconocimiento dentro del conjunto mundial y por supuesto europeo. El consenso, guiado por la generosidad y el sentido común, alumbró los pasos de la joven democracia española llegando a esa fecha del 6 de diciembre de l978 en que los españoles nos dimos una Constitución para regular una sociedad donde todos los ciudadanos pudieran tener el lugar que les corresponde. En Pozoblanco la transición política y social se vivió del mismo modo que en muchos lugares de la geografía nacional. Bien es verdad que las circunstancias especiales de este pueblo del norte de Córdoba pesaron durante muchos años sobre su destino histórico. El hecho de haber sido un lugar particularmente significado durante casi toda la guerra civil: Pozoblanco no se rinde hasta el final de la contienda, convirtiéndose en un símbolo de la resistencia contra el ejército rebelde de Franco. La represión continúa durante la posguerra practicada sistemáticamente contra todos los que lucharon en el bando republicano con el habitual resultado de juicios sumarísimos, cárcel y fusilamientos, que dividen a la sociedad local durante muchos años. El restablecimiento de la democracia va a permitir por un lado garantizar las libertades fundamentales para todos y muy particularmente para quienes tuvieron que sufrir durante tantos años el acoso de la represión. Por otra parte, se inicia el rescate de la Historia, proceso que todavía no ha terminado, permitiendo un análisis exhaustivo de aquellos años decisivos tanto en lo nacional como en lo local. No cabe la amnesia ni individual ni colectiva. Quienes predican el olvido seguramente lo hacen desde cierto sentido de culpabilidad. Los que verdaderamente quieren cerrar las heridas propugnan el conocimiento más amplio, la investigación sin trabas y sin complejos. Afortunadamente en el caso de Pozoblanco, el sentir general de una sociedad, que se caracteriza por su laboriosidad, sentido común y generosidad, ha permitido que poco a poco los viejos fantasmas fueran cediendo terreno a nuevas situaciones más acordes con un mundo moderno, civilizado, que mira al futuro sin rencor, con la ilusión de un nuevo comienzo. Fueron muchas las personas que lucharon desde ópticas distintas por ese nuevo Pozoblanco más justo, más acorde con tiempos de desarrollo, mirando hacia horizontes más claros. Por desgracia muchos no vieron el final de este proceso. Se dice que la guerra terminó con la aprobación de la nueva Constitución, lo cual significa que muchas personas durante esos 42 años no pudieron llegar a vivir el nacimiento de un nuevo sistema político, proyecto al que dedicaron lo mejor de su vida. Con las primeras elecciones municipales democráticas del año 1979 quedó claro que la mayoría de la sociedad pozoalbense quería un cambio en profundidad. Encomendándole el gobierno al Partido Socialista los ciudadanos ansiaban que nuestra localidad se desarrollara con criterios de modernidad impulsando la creación de infraestructuras inexistentes, mejorando servicios y, sobre todo, dispensando un trato igualitario a todos los ciudadanos. Probablemente sea el momento de recordar alguna de las personas con un significado particular en aquellos años. Como la lista sería demasiado larga quizás sea necesario mencionar sólo un par de nombres: Emiliano Mascaraque, nuevamente concejal del Ayuntamiento, donde ya estuvo en 1936, asistiendo después de una amarga experiencia al regreso de la democracia en nuestro pueblo. Un republicano de pro, aparte de un ciudadano con un alto sentido de la responsabilidad. Recordemos también a Bartolomé Cabrera, que murió ya centenario, con el mismo ímpetu de siempre. Hombre emblemático de la izquierda local, referente para muchos, todos los demócratas de este pueblo le debemos algo. Y cómo no, muchos más, algunos anónimos y otros notorios, pero en conjunto con las mismas ganas de empujar a este pueblo hacia las cuotas de libertad e igualdad necesarias para la paz y la prosperidad. En estos días de celebración, tanto de los 25 años de nuestra Constitución como de los ayuntamientos democráticos en 2004, no debemos perder de vista la necesidad de trabajar en común para preservar lo conquistado e impulsar nuevos retos. En un mundo tan cambiante no es el inmovilismo la solución para alcanzar las metas de mañana partiendo de los logros del presente.
* Antonio Fernández Ramírez es alcalde de Pozoblanco |
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