Warning: pg_result() expects parameter 2 to be long, string given in /var/www/webs/transicion/web/admin/F_bd.php on line 33 La transición de Andalucía
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  21 de febrero de 2012
  Antonio Rodríguez Jiménez
  Creación literaria y artística
  La transición literaria y artística en Córdoba ha sido de una gran riqueza. Empecemos por la literatura. Cuando en Córdoba se habla de creación literaria –y vamos a centrarnos desde la posguerra hasta la actualidad a modo de rápido repaso– hay que referirse esencialmente a la creación lírica en la medida en que ha sido y sigue siendo la actividad donde más han destacado los autores cordobeses, aunque no podemos olvidarnos de la narrativa o el ensayo. Pero antes de entrar me gustaría hacer unas rápidas reflexiones sobre lo que ha pasado a nivel nacional en los últimos años en el panorama general y cuál ha sido el papel de Córdoba en ello.

Puente generacional.
Córdoba ha sido siempre centro de atención en lo que a poesía se refiere. ¿Qué fue Cántico? ¿O quiénes fueron Ricardo Molina, Juan Bernier, Pablo García Baena, Mario López y Julio Aumente? Porque detrás de los movimientos literarios sólo quedan las obras de los creadores. El movimiento es un punto de arranque, una toma de posición, pero lo importante es la obra del poeta. En 1988 publiqué un estudio-antología titulado Ante nueve poetas de Córdoba, donde reuní en una antología a los cinco poetas de Cántico mencionados, analizando además a los autores con una obra coherente y de calidad como Manuel Álvarez Ortega, Vicente Núñez, Carlos Clementson y Rafael Álvarez Merlo. Lo que hice en ese momento fue lanzar un puente a los lectores, que en numerosas ocasiones necesitan conocer las claves de ese mundo literario, inmediato, vivo al que quieren acceder, con intención de leerla, comprenderla y gozarla. Ya advertí en ese momento que había un hilo conductor entre esos nueve poetas –que luego ha continuado en otros–: el amor por Córdoba y la presencia del espíritu de Góngora. Eso lo veremos también posteriormente en Alejandro López Andrada, en Juana Castro o en Manuel Gahete, o entre los más jóvenes como José Luis Rey, por citar sólo a algunos de una amplia lista.
¿Pero qué significan Góngora y Córdoba? Pues simplemente los símbolos que dan forma al lenguaje poético: es decir, el rigor, la exactitud del idioma, el gusto por la palabra. Pues bien, los miembros de Cántico, que poseen –como es fácil de ver, de leer, de analizar– unas personalidades poéticas y humanas muy definidas y diferenciadas, que están unidas por ese hilo que los enlaza a todos y que se trata lógicamente de la preocupación por el lenguaje, sin olvidar la revista, cuyo recuerdo, cuya presencia los ha mantenido aglutinados en las mentes de ellos mismos y en las de los lectores. El grupo –tan desarrollado en Córdoba, tan utilizado para explicar literatura contemporánea– no deja de ser una estrategia de intereses cómoda para profesores estudiosos, y que conlleva una serie de ventajas sobre todo para los poetas más discretos o menores de cada uno de ellos. ¿Pero necesita la obra de Ricardo Molina ir acollarada a la de Pablo García Baena o a la de Mario López? ¿Hay muchos puntos comunes entre la poesía de Julio Aumente y la de Juan Bernier? Muy pocos, muy pocos.
Y si nos remontamos a grupos como el 27, ustedes me dirán dónde están los puntos de unión entre Rafael Alberti y Dámaso Alonso a parte del interés por un lenguaje culto que también se podría analizar profundamente. El caso es que al margen de Cántico y de poetas como Ricardo Molina, cuya obra merecería –como ya se ha hecho– tesis doctorales, estudios y conferencias– es necesario repasar casos como el de Manuel Álvarez Ortega, que con más de 25 libros es aún hoy muy poco conocido por los creadores cordobeses.

Pero vayamos más allá.
No hace mucho tiempo aparecía en un periódico provincial un titular y un reportaje repleto de ingenuidad y de ignorancia, donde se presentaba a seis o siete poetas jovencillos –que acababan de recibir algunos de ellos premios poéticos discretos y otros acababan de publicar su primer libro– como la gran generación heredera de Cántico o sustituta de aquella supuesta gloria que alcanzó Cántico. Pues, en fin, todo el que esté introducido en el cotarro literario sabe que ni Cántico vivió momentos de esplendor, ni tuvo gloria, ni nada de nada. Al margen de que en los años ochenta se hizo un poco de justicia y los críticos comenzaron a hablar de la calidad de estos poetas y del papel que representaron en un momento en que sólo imperaba una poesía social en muchos casos con un lenguaje ralo y que se preocupaba más del contenido que de la forma, o que se la utilizaba para asuntos extraliterarios como la política, y por el contrario, los poetas de Cántico –especialmente Ricardo Molina, Pablo García Baena y Julio Aumente– cuidaron el lenguaje de sus versos dándole un tono al que el lector, la crítica y los propios poetas no estaban acostumbrados, de ahí el desprecio y la indiferencia. Pues, a lo que iba, junto a estos cinco poetas, y por los mismos años –unos incluso antes, otros paralelamente, y otros después– publican y escriben Concha Lagos, Leopoldo de Luis, Vicente Núñez, Luis Jiménez Martos, Antonio Almeda, Mariano Roldán, Francisco Toledano, Jacinto Mañas, José de Miguel o Francisco Carrasco Heredia. Hay que recordar, pues, que en la década de los cincuenta destaca en Córdoba un contexto sociocultural muy peculiar, con la existencia de revistas como Aglae (1949-1951-1953), Alfoz (1952-53) y Arkángel (1953-54), de cuyas páginas surgen precisamente autores como Álvarez Ortega, Mariano Roldán, Jiménez Martos y Antonio Gala, entre otros.

Muy de pasada, y sin profundizar –sólo a modo de recordatorio– hemos pasado por las dos décadas más importantes de la poesía cordobesa del siglo XX: 40 y 50. Los años 60 sufren una bajada de tensión, a la que también se la puede denominar como dispersión de los componentes de estas revistas. Unos, porque se marchan de Córdoba, emigran a Madrid, aunque continúan sus actividad creadora prácticamente hasta la actualidad –a excepción de Ricardo Molina que fallece en 1968, y Bernier, que murió a principios de los noventa–, y, otros, porque deciden entrar en una fase de silencio.

Revitalización.
El nuevo impulso de la poesía cordobesa –o al menos de su actividad– se impone en el ambiente de la provincia en los años setenta. Surgen por esos días una serie de proyectos literarios de desigual alcance y significado donde participarían la mayoría de los jóvenes poetas cordobeses de aquel momento. Los grupos –siempre con vehículos de expresión propios, es decir, revistas editadas por ellos– son Zubia, Antorcha de Paja y Kabila. Este periodo de movimientos y de ambiente literario va desde 1968 hasta 1983 aproximadamente. En esos años es cuando se asiste precisamente a la recuperación de Cántico. Hay que dejar claro que las revistas referidas no dejan de ser modestos empeños o intentos de llenar un vacío tanto editorial como de promoción de poetas locales, que ha de autopublicarse para dar a conocer sus obras. Si bien Cántico conoce en esos años su verdadera promoción y revalorización definitiva a nivel nacional, a través de importantes estudios y publicaciones, las revistas a las que nos vamos a referir apenas traspasan las fronteras de la provincia.
Surgen, pues, en momentos en que no existen prácticamente las tan hoy cacareadas subvenciones y tienen que saltar importantes obstáculos administrativos de apoyo institucional, rentabilidad económica y escaso eco en los medios de comunicación. Córdoba es –como dice Pedro Roso en su antología Quince años de (joven) poesía en Córdoba (1968-1982)– un “páramo cultural”. En 1968 aparecen Aljuma y Zaitun. En 1972 surge Zubia, que sufre, por cierto, su desmembramiento al año siguiente, lo que daría lugar a la aparición de Antorcha de Paja, que caminaría en solitario desde 1973 a 1977. Posteriormente convivirían tres revistas (Zubia, Antorcha y Kabila).
Zubia, “lugar por donde corre abundante agua”, es desde mi punto de vista el grupo que originó mejores poetas, aunque mantuvieron sus componentes una línea de escritura tradicional, ajena a tendencias de moda que vendrían después, impuestas desde Granada y contagiadas en todo el orbe poético. Como grupo nació en 1972 en un encuentro de jóvenes cordobeses entre los que se encontraban Román Jurado Brieva, Carlos Rivera, Rafael Madueño, Pedro Luis Zorrilla, José Luis Amaro, Diego Peláez y Francisco Gálvez, cuyas intenciones eran “dotar a Córdoba de un movimiento de este tipo, al igual que existe en otras ciudades andaluzas”, según declaró en su día Gálvez, palabras que recogió Roso en su antología. Zubia duró en activo unos 11 años, aunque posteriormente siguió organizando tertulias antes de su total dispersión a principios de los noventa. En su larga vida el grupo conoció varias etapas. La primera –de un año– destaca porque algunos de sus miembros lo abandonaron para crear Antorcha de Paja.

Antorcha de paja.
En 1973, Gálvez, Amaro, Madueño y Zorrilla abandonan Zubia y crean Antorcha. Carlos Rivera, Manuel de César, Francisco Carrasco Heredia, Mercedes Castro y Juana Castro formaron el definitivo grupo, al que luego se unirían Heliodoro Díaz, Lola Salina y otros. El colectivo se caracterizó por la “heterogeneidad de sus componentes dentro de una línea humanista y esteticista bastante diferenciada entre cada uno de sus miembros”, o, como dice Roso, “carencia de un proyecto poético propio”.
Por su parte, Antorcha de Paja se ha caracterizado por conectar con movimientos de otras provincias –en un constante empeño de promoción de sus componentes, bajo el mecenazgo del empresario cordobés Francisco Gálvez– y esencialmente con la denominada Nueva sentimentalidad o poesía figurativa. Pues bien, el proyecto de Antorcha de paja, poesía caracterizada por su minimalismo llevado a la más escueta expresión, tuvo como componentes a Francisco Gálvez, José Luis Amaro y Rafael Álvarez Merlo. Como he dicho antes, Gálvez se convierte en el editor y jefe de filas del grupo, aunque el que más destaca de sus miembros es el malagueño Álvarez Merlo, en cuya obra persiste la huella de Góngora y de la poesía tradicional frente a los otros dos componentes, más influidos por los seguidores de Jaime Gil de Biedma y de la poesía figurativa granadina
Antorcha llegó a editar 16 números, en los que aparecen poemas de sus fundadores, aunque también invitan a otros poetas, abriendo así el abanico a otros vates como Álvaro Salvador, Luis Antonio de Villena, Francisco Bejarano y Carmelo Sánchez Muros, entre otros. La revista marca un fuerte carácter andaluz, según se desprende de los poetas que colaboran, que culmina con la edición de la antología de poetas heterodoxos andaluces, titulada Degeneración del 70. Una de las características de la revista es que pervivió diez años.
Luego vendría, en esos años notables de revistas y cambios políticos significativos, Kabila –finales de los años setenta–. Es una especie de estertor provinciano de la poesía social, que encontrará en Kabila su expresión más joven. Coincide, eso sí, con los cambios de renovación ideológica del país, pero a nivel literario la poesía social se había dejado atrás hacía entonces unos 20 años. No hay que olvidar que ya habían pasado hasta los novísimos. Pero, en fin, no dejaba de ser un empeño loable que un grupo compuesto por Rafael Arjona, Antonio Frías y Lola Walls, entre otros, tuviera una concepción de la poesía como expresión de la solidaridad con los marginados y explotados.
Otros poetas y escritores activos en estos años han sido Carlos Clementson, Juana Castro, Alejandro López Andrada, Manuel Gahete y Antonio Rodríguez Jiménez, que han protagonizado más allá de los grupos acciones literarias e individualidades que han traspasado las fronteras provinciales. Desde 1985 existe el suplemento literario de diario Córdoba ‘Cuadernos del Sur’, que ha aglutinado en sus páginas a autores cordobeses y de toda España, surgiendo incluso movimientos como el de la Diferencia, que dio lugar a las antologías De lo imposible a lo verdadero, Elogio de la Diferencia o La línea interior, con un plantel tan amplio como heterogéneo.
Otro capítulo importante es el de los actos que se desarrollan de cara al público como ha sido Viana, patios de poesía, Noches literarias de la provincia, Mapa poético, los recitales de la Posada del Potro, los de la Casa del Inca en Montilla o los Encuentros Literarios de poesía y narrativa actuales en España celebrados en la provincia de Córdoba (dos de ellos en el norte de la provincia –Hinojosa, Pozoblanco, Peñarroya, Dos Torres– y tres en Puente Genil) desde 1994 y que han puesto en contacto con nuestros escritores a lo más granado de la lírica y narrativa española contemporáneas.

Narrativa y Teatro. Entre los narradores destacan individualidades de valía como Juan Luis González Ripoll, que creó una obra narrativa, en silencio, muy digna. Recordemos obras suyas como Los hornilleros o El dandy del lunar, publicadas respectivamente en Plaza & Janés y Destino. Su obra posee un estilo muy personal, estando presente en ella magníficas escenas de naturaleza de una gran calidad literaria. De esa misma época hay que destacar la obra narrativa, teatral y poética de Antonio Gala, que se ha convertido en uno de los escritores españoles más cotizados.
Posteriormente surgieron narradores cordobeses en el panorama nacional como Juan Campos Reina, autor de obras como Santepar y Un desierto de seda, entre otras. También son narradores cordobeses Felipe Mellizo, aunque pasó fuera casi toda su vida, o Rafael Arjona (el primero publicó en Anagrama y el segundo en Tusquets). Recientemente podemos destacar a Alejandro López Andrada, autor de varias novelas –Bruma o La dehesa iluminada–, donde ha escogido la tierra del Valle de los Pedroches para erigirla en la protagonista de sus historias. Como autores de relatos destacan Francisco A. Carrasco Jiménez y Pedro Tébar, que han ofrecido hasta ahora un libro de relatos cada uno. El del primero se titula El silencio insoportable del viajero y otros silencios, donde da una visión mítica de la España rural bajo la dictadura franquista, y el de Tébar, Música en la almohada, conjunto de relatos en los que aborda el tema de la infancia también en Los Pedroches y en la posguerra. En esta línea estaría también Juan Manuel Ballesteros Pastor, con sus relatos sobre los montes de Luque.
Como narradores y autores teatrales hay que subrayar la presencia de Francisco Benítez y Antonio Álamo, cuyas obras son conocidas a nivel nacional. Hace varios años, la Diputación publicó Córdoba en la mirada, donde se recogen relatos de casi todos los mencionados. Aquel libro, publicado en 1996, fue una interesante muestra de la narrativa que se hacía a finales de la pasada década. En aquella nómina figuraban Francisco Benítez, Campos Reina, Francisco A. Carrasco, Alejandro López Andrada, Antonio Rodríguez, María Rosal y Antonio Varo Pineda. Luego han venido otros narradores como Salvador Gutiérrez –autor de cuatro novelas de tema urbano–, Francisco Jurado o Joaquín Pérez. También Manuel Gahete ha destacado junto a su faceta de poeta como narrador y ensayista.

Botí, López Obrero...
Entre los artistas más destacados que han ejercido su labor en las últimas décadas destacan figuras como Rafael Botí, un pintor nacido en 1900 y fallecido en los años noventa del siglo XX, que fue discípulo de Julio Romero de Torres y de Vázquez Díaz y que formó parte de la denominada Generación de la República. Sus lienzos son genuinos e inconfundibles.
Uno de los grandes artistas cordobeses que se incorporó al movimiento renovador de la pintura española, nacido en 1910, fue Ángel López Obrero, que representó un modelo de coherencia, sinceridad y fidelidad para consigo mismo, ocupando uno de los puestos más interesantes de la pintura española contemporánea. Su obra es polifacética, tanto en técnicas como en temas, estilísticamente adscrita al realismo, pero nunca cayó en fórmulas académicas ni trasnochadas. Otro gran pintor cordobés, que murió en el exilio, fue Antonio Rodríguez Luna, convertido en una de las figuras claves del proceso renovador. Permaneció en México hasta su muerte en 1985. Otra de las grandes figuras de posguerra es Pedro Bueno, nacido en Villa del Río en 1910. Fue un artista de una gran sensibilidad y dio una gran lección de modernidad serena y equilibrada, que aún lejano a las vanguardias sobresalía por su clasicismo intemporal. Una figura importante, ya desaparecida, fue el crítico y pintor Francisco Zueras, aragonés afincado en Córdoba que realizó una excelente labor en el mundo artístico cordobés de la Transición y fue defensor a ultranza de la pintura cordobesa. Publicó numerosos libros sobre arte y expuso en diversas ocasiones.

Povedano, Equipo 57...
Entre los pintores que actualmente gozan de mayor admiración destaca Antonio Povedano (nacido en 1918), que es uno de los artistas que ha llevado a cabo una incansable búsqueda de experimentación y nuevos medios de expresión. Pintor, vitralista, muralista, su obra es de las más sobresalientes de las que se han desarrollado en Córdoba. El grupo Cántico, que tan esencial labor realizó en poesía, también ha destacado por sus artistas, concretamente por Miguel del Moral y Ginés Liébana: Del Moral, fallecido en los años noventa del siglo pasado, nace en Córdoba en 1920 y se le calificó como el Zurbarán cordobés.
Por su parte, Ginés Liébana, que sigue pintando imparablemente, a pesar de sus jóvenes 83 años, ha desarrollado una gran labor pictórica, aunque se han popularizado mucho sus ángeles. También se ha hecho célebre por sus retratos.
El denominado Equipo 57 fue también en los años setenta del siglo pasado una referencia ineludible de las vanguardias pictóricas cordobesas. Constituyó uno de los intentos más valiosos que se han dado en el arte contemporáneo español de los últimos años. José Duarte, Juan Serrano, Agustín Ibarrola, Ángel Duarte y Juan Cuenca, junto a otros pintores de la época como Aguilera Amate hicieron una labor fundamental en el arte cordobés de las últimas décadas, a los que hay que sumar artistas como Antonio Bujalance, Antonio Ojeda, Emilio Serrano, Juan Hidalgo, Rita Rutkowski, José Morales, María Teresa García López, o los fotógrafos Juan Vacas y José Jiménez Poyato, que han ido dándole una calidad incuestionable al arte cordobés en sus diferentes vertientes.
   
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