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21 de febrero de 2012 |
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Agustín Gómez |
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El Concurso de Arte Flamenco |
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El Concurso Nacional de Cante Jondo en 1956, de Cante Flamenco y Cante Jondo en 1959, de la Llave de Oro del Cante en 1962 y de Arte Flamenco desde 1965, en Córdoba, ha sido, con la Antología del Cante Flamenco premiada por la Academia Francesa del Disco (1955) y el libro Flamencología (1955) de Anselmo González Climent, determinante para un cambio de imagen flamenca, estímulo de autoestima de la clase popular andaluza y campo de experimentación y reciclaje de una larga etapa neoclásica desde aquellos años inaugurales. Desde su primera edición quiso ser heredero del Primer Concurso de Cante Jondo en Granada. Esta fidelidad a sus principios hace que el Concurso de Córdoba sea el faro que señala tierra firme y la distancia a ella del navegante en la mar procelosa de la modernidad.
Del dórico al corintio. La gran diferencia de Granada, 1922, y Córdoba, 1956, es el momento distinto del ciclo artístico. Cuando Falla y Lorca piden en Granada la vuelta al origen dórico (campesino) del fenómeno flamenco no advierten que su ciclo ha alcanzado el corintio (esplendor ciudadano): la plenitud artística de don Antonio Chacón, de la Niña de los Peines, de Manuel Torre, Cayetano Muriel, Tomás Pavón, Manuel Vallejo... Había de culminarse el ciclo con una decadencia de febril dinamismo y creatividad como últimos coletazos de un proceso vital: faltaba el desarrollo del arte de Pepe Marchena con su secuela preciosista de dulzona melodía. Es lo que ocurrió desde el 22 hasta el 56. Era el momento de dar las cartas de nuevo y ahí estuvo Córdoba. El resultado en Granada, un vacío de concursantes y dos ganadores: El Tenazas, un viejo de 70 años, y Manolo Caracol, un niño de 11. La vieja gloria del cante proletario y la dudosa promesa entonces del cante teatral no podían satisfacer a sus promotores, y abandonaron. Todo quedó en una fuerte llamada a la élite cultural. Cuando Ricardo Molina y Anselmo González Climent piden en Córdoba retomar aquel intento de Granada, todo el ciclo se había consumado. Los ecos campesinos de la raíz del cante sonaban ya en la Antología citada. González Climent había realizado un ensayo andaluz de primera magnitud basado en el Cante y los Toros; el resultado, una cifra inconcebible entonces, cien concursantes y un sólo ganador de todo lo convocado, un joven de 23 años de imagen lorquiana precisamente, tal y como la dibujara Pablo García Baena: Un llanto antiguo y hondo, como de agua lagrimeante abriéndose paso entre las rocas, surgió de la garganta de Antonio Fernández Fosforito, el cantaor premiado, nieto del otro Fosforito compañero de don Antonio, de Rita, de Montoya. Si volvemos al viejo tema lorquiano de la musa, el ángel y el duende, la voz de Fosforito pelea broncamente como Jacob con el ángel de frío, esquiva con gracia el plegado armonioso de la musa y se entrega tronchada, balbuciente, enfebrecida, al deseo negro del duende. Ni la pena, ni el llanto, ni la pasión, ni la muerte tienen un grito, un quejido, un suspiro, que no se encuentren dispersos o en equilibrio en el cante de Antonio. Voz de silencio. Y él, como un espada plantado ante el oscuro ímpetu mugiente del toro, manda y dirige envolviéndose en la roja capa lagartijera de las soleares, clava las finas banderillas de ayes de la caña, hunde el envenenado estoque lunar de la seguiriya.
Pablo García Baena enumera en la descripción de Fosforito los elementos que componen el mito. Fosforito no es nieto de aquel Fosforito compañero de Don Antonio Chacón, sino hijo de un blanqueaor de Puente Genil del que le traspasan el alias sus paisanos. Mira, pero si es el hijo de Fosforito, dijo un pontanés que asistía al acto de su proclamación como vencedor absoluto. Hasta entonces había sido Antonio del Genil rodando en bolos por la geografía andaluza. Una enfermedad del estómago le dejó casi imposibilitado para cantar un tiempo, lo justo para que, sin compromisos profesionales, se le considerara aficionado y, ateniéndose a las bases, poder concursar. Era la figura que necesitaba el postlorquismo flamenco que había en el Grupo de poetas cordobeses llamado Cántico. García Baena entre ellos no sólo componía el mito, sino que hacía toda una declaración de principios estéticos por los que habría de luchar una nueva flamencología idealizada con la taurología por cauces neoclásicos. Todas ellas, razones más que suficientes para seguir en el empeño cordobés de ganar la causa perdida en Granada. La imagen física y sonora de Fosforito; sus expresiones plástica y cantaora aliadas no necesitaron de sangre gitana para ser eminentemente lorquianas. Recuérdese que, para el poeta granadino, su gitanismo sólo fue un tema. Lo que verdaderamente necesitaba era a los marginados de la sociedad para poetizarlos. En Andalucía tuvo al gitano y en Nueva York al negro. Pero el verdadero desembarco del gitanismo llegó al flamenco con la convocatoria cordobesa de 1959. Sus ganadores fueron Juan Talega, Fernanda, Bernarda y Pepa de Utrera, Perla de Cádiz, la sanluqueña María Vargas, Sernita de Jerez...
El Neoclasicismo Flamenco se afirmaba en Córdoba al conceder a Antonio Mairena la Llave de Oro del Cante Flamenco en su III Concurso. (1962) En sucesivas ediciones se confirmó dicho neoclasicismo con sus distinciones orientadoras, sobre las tres facetas reinas del arte flamenco, a José Menese, El Chocolate, Manuel Mairena, Matilde Coral, Paco Laberinto, Manolo Cano, Manuel Morao, Merche Esmeralda, Beni de Cádiz, La Paquera de Jerez, Naranjito de Triana, Víctor Monge Serranito, Curro Malena, Mario Maya, Paco de Lucía, Chano Lobato, Luis de Córdoba, Calixto Sánchez, El Lebrijano, Manolo Sanlúcar, Milagros Mengíbar, Juan Habichuela, Rafael Riqueni, Paco Cepero, Rancapino, El Cabrero, Angelita Vargas, Pepa Montes, José Mercé, Tina Pavón, José Antonio Rodríguez, Javier Latorre, Vicente Amigo, El Grilo, Manuel Silveria, Paco Serrano, La Yerbagüena, Israel Galván, Terremoto (hijo), Elu de Jerez, El Chino, Antonio El Pipa... La lista no cabe en el papel.
Flamenco en el arte de Povedano. Refuerza esta revitalización del flamenco en Córdoba un movimiento artístico, encabezado y promovido por el pintor Antonio Povedano en 1972, denominado El flamenco en el arte actual. Considerando el flamenco como núcleo temático en el aspecto cultural y la transformación del objeto en el aspecto artístico, entiende la pintura, escultura y dibujo, no ya de temática flamenca, sino aquella que obedece al impulso, emoción o sentimiento flamencos, por lo que no es necesario el objeto tópico; cualquier cosa puede plasmar esa sensación: el espinazo de las piedras, el rostro de un hombre... Y es Povedano el que crea sus propios monstruos de la razón como auténticos animales flamencos de la plástica. En una etapa anterior, el pintor ya había realizado toda una tauromaquia personalísima basada en los picaores, donde se aprecia la luz y el color, la monumentalidad y solidez en la propia figura que, con toda su modestia, representa lo que hay de columna sustentante de la fiesta española por excelencia. Con esa calidad noble de rudeza viril con la que encara su visión plástica, Povedano pinta al viejo banderillero que ha cobrado en su trabajada faz un cierto reflejo del animal con el que tantas veces se enfrentó. Aquel modo mayor con el que debió musicar sus banderillas se ha tornado en el modo menor de su mirada cansada. Ahí, justamente ahí, arrancan como el ave fénix las cabezas que cantan de Povedano, poderosas cabezas de viejos cantaores que se resisten a la humillación que les produce el paso del tiempo, como soberbios trágicos. De nuevo flamenco y toros fundidos en un idealismo bronco que pide duende, que ofrece lucha agónica.
El flamenco en el Arte actual fue un movimiento que nació en Montilla (Córdoba), julio y agosto de 1972 a iniciativa de Antonio Povedano, acompañado de Venancio Blanco, Antonio Bujalance, Eduardo Carretero, Miguel García de Veas, Francisco Hernández, Miguel del Moral, Francisco Moreno Galván, Fausto Olivares, Rafael Rodríguez Portero, Francisco Zueras. En sucesivas ediciones bienales (tres en Madrid, tres en Córdoba e itinerante por otras ciudades andaluzas) se fueron sumando muchas otras grandes figuras de la plástica, como Antonio Campillo Párraga, Giuseppe Gambino, Joaquín García Donaire, Juan Gutiérrez Montiel, Ángel López-Obrero Castiñeira, Elena Lucas, Pepi Sánchez, Juan Hidalgo Moral, Manuel Mingorance Acien, César Montaña, Miguel Moreno, Gregorio Prieto, José Torres Guardia, Juan Valdés, Hipólito Hidalgo de Caviedes y otros. La nómina de este movimiento artístico por el flamenco no estaría completa sin aquellos críticos y escritores que trataron de definirlo en sus sucesivos catálogos: José María Moreno Galván, Agustín Gómez, A. M. Campoy, Antonio Gala, Luis López Anglada, Manuel Ríos Ruiz y Luis Quesada.
Agustín Gómez es crítico de Flamenco y director de la Clatedra de Flamencología de la Universidad de Córdoba |
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