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21 de febrero de 2012 |
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Rafael Camacho Ordóñez |
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La Transición siempre llama dos veces |
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Con la moviola de una buena hemeroteca y la perspectiva de más de 20 años para analizar la economía de Córdoba en el periodo de la Transición, el observador juega con una gran ventaja. Como dejó dicho Niels Bohr, y los economistas recogieron como frase de cabecera, la predicción es muy difícil, especialmente sobre el futuro. De modo que prediciendo el pasado podemos ser clarividentes.
A lomos de la política. Y la primera predicción-descubrimiento mirando hacia atrás se podría resumir en una nueva versión del título cinematográfico: la Transición siempre llama dos veces. Porque si podríamos convenir que la transición política culmina (?) en nuestro país con el triunfo socialista en octubre de 1982, una mirada a la historia económica de Córdoba revela que la transición económica cabalgó a lomos de la política y se prolongó durante varios años más, espoleada por los últimos coletazos de la profunda crisis que arrancó en el mundo en 1973 y sacudió a España en los últimos setenta y buena parte de los ochenta. Realmente, el largo ciclo económico recesivo no cambiaría de signo hasta la segunda mitad de los ochenta, coincidiendo con la integración de España en la Comunidad Europea (en marzo de 1985 se anunció el acuerdo de adhesión, que se haría efectivo a partir del 1 de enero de 1986). La historia económica de Córdoba en la Transición refleja así las sacudidas del tejido industrial durante los años ochenta, las tensiones en el mundo rural y los desvelos de los poderes públicos y de los empresarios y sindicatos para encontrar lo que Paulina Beato y Miguel Ángel Fernández Ordóñez llamaron, años después, los caminos de la prosperidad, ardua tarea que consistía ni más ni menos que en acercar los niveles de renta, empleo y salarios a nuestro referente europeo y en la que, dado el punto de partida, seguimos aún comprometidos.
Cuando en febrero de 2004, la prensa recogía la buena noticia de que ABB refuerza su planta de Córdoba con una inversión de doce millones (de euros), recordamos aquella convulsa Transición atravesada por las suspensiones de pagos y las regulaciones de empleo de Westinghouse SA (luego y antes Cenemesa), filial de ésta o aquélla corporación multinacional, mucho antes de que Asea Brown Boveri Trafosur, SA apostara por la fabricación de transformadores eléctricos y consolidara la viabilidad de una de las compañías instaladas en la memoria colectiva empresarial y social de los cordobeses. Algo parecido ocurrió con la Secem, luego Ibercobre, reflotada por Atlantic Copper (filial de un grupo líder mundial, Freeport McMoran Copper & Gold), que permitió la supervivencia de la transformación del cobre, una actividad fabril ligada casi sentimentalmente a la economía cordobesa y a los cientos de hombres y mujeres que pasaron por la vieja Letro. No puedo resistirme aquí a la tentación de rescatar el titular de portada del primer número de La Voz de Córdoba, periódico de cuya Redacción formé parte, en mayo de 1981: El cierre de Secem es ilegal. Se trataba de un cierre patronal en medio de la conflictividad laboral ocasionada por la crisis industrial que tambaleó durante años a la Electromecánica. Hoy, Atlantic Copper, con un centenar de trabajadores en Córdoba y 600 en Huelva es modelo de excelencia empresarial, reconocido en 2001 por la Junta de Andalucía.
Tres claves. Tirando de hemeroteca, podemos predecir ahora que éramos todos tan novatos, ¡estábamos tan verdes como el trigo verde!, a saber: Arrancando la preautonomía, la iniciativa pública empezó con la mejor voluntad y lógica económica a planificar. Primero, fue el PUA (Plan de Urgencia para Andalucía) en 1980, para el que el motor de arranque y acelerador del proceso productivo era el sector agrario, luego el PEA (Plan Económico de Andalucía), 1984-86, que se consumió apagando fuegos industriales. Sólo empezamos a sacar cabeza e incorporarnos al carril adecuado con los posteriores y sucesivos PADE (Plan Andaluz de Desarrollo Económico). Pero, como apuntaron Juan Ramón Cuadrado y Joaquín Aurioles, las políticas públicas de promoción industrial estaban marcadas por la obsesión de crear empleo y dejaron en segundo plano objetivos básicos como la competitividad y la innovación tecnológica.
A principios de los años ochenta del pasado siglo, el que firma este artículo asistió en Bruselas a unas jornadas de intercambio de información, por iniciativa de la Comisión de las Comunidades Europeas, a resultas de las cuales publicó una serie de reportajes con los siguientes titulares: España no será país de la Comunidad en esta década, La Comunidad, sin poder político y obsesionada con el Presupuesto, El conflicto agrícola y el gran desafío para Andalucía, y La batalla comunitaria contra los desequilibrios regionales. Lo cual demuestra, al menos, dos cosas: primero, que uno no se podrá ganar la vida como profeta; y segundo, que los cambios en el mundo y en Europa se producen a través de los siglos. Abundando en lo anterior, ahí estaban los proyectos de fusiones de las cajas de ahorro, por un lado, y de las sociedades de garantía recíproca, por otro, apuntados ya en los primeros años ochenta; la economía sumergida (platería, textil, etc.), que cruzó la transición y parte de la meta; la reforma agraria a contracorriente, que nunca fue; el proyecto inacabado del Genil-Cabra; y ese régimen Transitorio para hacer frente al desempleo agrario estacional, llamado empleo comunitario, que duró más de 12 años (1971-1983) y dejó las cunetas de nuestras carreteras comarcales en perfecto estado de revista.
Pero, siendo tan novatos, tan ingenuos, buscando los caminos la prosperidad sabíamos que estábamos en el buen camino (ahora podemos predecirlo) y a nuestro acierto contribuyeron la CE, con su FEDER y su FEOGA, la EXPO 92, el AVE (¡cuántas veces titulamos, querido Paco Solano, la Estación, en vía muerta!), incluso la SOPREA, el IPIA y el IFA, y, si me apuran, hasta El Monte de Piedad, la Caja Provincial de Ahorros y Coraval, S.G.R., pero, por encima de todos, los empresarios de Lucena, Puente Genil, Montilla, Priego, Fernán Núñez,... los ganaderos del Valle de los Pedroches, los agricultores del Valle del Guadalquivir, los cooperativistas de aquí y de allí, los plateros-joyeros de Córdoba, y los muchos miles de trabajadores, autónomos o por cuenta ajena, que se echaron a lomos la conquista del futuro. Y en eso estamos.
*Rafael Camacho Ordóñez fue director general de la RTVA |
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