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21 de febrero de 2012 |
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Luis Marín Sicilia |
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Un marco de convivencia |
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Hacer posible en política lo que socialmente era posible. Ésa era la obsesión que, individualmente, sentíamos infinidad de personas anónimas, nacidas, formadas y maduradas a la sombra de un régimen autoritario que, no obstante, y en el ámbito estrictamente económico, supuso una indudable mejora en las condiciones de vida del español medio. Había muerto Franco un año antes, y la recién aprobada Ley de Reforma Política abría el camino hacia la democracia plena en nuestro país. Incertidumbre en unos, ansiedad en otros, temor en algunos, esperanza en muchos, y, en la mayoría, diría mejora. Como en todos los periodos nuevos, los más radicales eran los que más empeño ponían en hacerse notar. Lo que en varias ocasiones se conoció como la mayoría silenciosa mantenía su prudencia no exenta de preocupación por el futuro. Como tantos españoles intenté conocer de primera mano la nueva situación que se atisbaba. Foros de debate, manifiestos, reivindicaciones, huelgas, secuestros, atentados
, cada grupo social con vocación de influencia política en el futuro del país recurría a los instrumentos más idóneos, según sus propias convicciones ideológicas, para conseguirla. Me empapé, como tantos, de los manifiestos fundacionales de los partidos políticos que, como hongos, comenzaron a aflorar. Asistí a múltiples actos de diversas formaciones comprobando que, salvo algunas utopías, el entramado social estaba capacitado para dar su confianza a cuatro o cinco opciones preparadas a priori para gobernar una sociedad compleja con la seriedad y el rigor mínimamente exigibles De ver, analizar y estudiar la realidad sociopolítica que se me mostraba, como mero espectador, mi inquietud me llevó a dar un paso de compromiso ante un hecho, para mí, suficientemente desalentador. En uno de los mítines que empezaron a prodigarse a principios de 1977, Manuel Fraga compareció en Córdoba para presentar su nueva formación, Alianza Popular. El cine que lo acogió, en pleno centro de la ciudad, se llenó hasta la bandera, contagiando su verbo encendido a los asistentes. Las propuestas programáticas (muchas de ellas francamente democratizadoras, progresistas y moderadas) apenas gozaban del fervor, o al menos del reconocimiento, de lo que las mismas suponían para la normalización del país. Sin embargo, los alegatos al peligro del comunismo, la apelación al patriotismo más visceral, la implícita condena a todo lo que no fuera la exaltación de los valores eternos de la España clásica, provocaba en los asistentes una auténtica orgía de entusiasmo que rebasaba los límites de la emoción para convertirse en una ira incontenida hacia el teórico enemigo de aquellos valores. Inquieto por la forma como se había descalificado al adversario político, salí del salón con la congoja y tristeza propia de quien valora el equilibrio y la ponderación del debate ideológico. Y no tuve tiempo de reponerme de esa adversidad emocional porque, en la puerta del cine, ocupando toda la calle contigua a Las Tendillas, cientos de personas irascibles, agresivas y exacerbadas zarandeaban el coche de Fraga y provocaban una nueva tensión incompatible con la racionalidad y la tolerancia. Preocupado, como tantos otros, con el riesgo de ver emerger las dos Españas, fundé con Cabanillas, Areilza, Álvarez y varios más uno de los partidos que culminó con el nacimiento del centro político español. Convencidos de que la clase media, de gran peso ya en aquella época, no podía asistir impasible al riesgo cierto de una fractura social, asumimos el compromiso personal de hacer viable una oferta política centrista que hiciera posible la Transición democrática sin traumas, desde la tolerancia, el diálogo y el respeto a todas las opciones, y bajo el nombre de UCD ganamos las dos primeras elecciones democráticas. La arrolladora victoria del PSOE en 1982 estrenó la alternancia política y fue el comienzo del fin de un partido que había cumplido dignamente su misión histórica. A comienzos deol siglo XXI, 25 años después de aquella apasionante aventura personal, la mayor parte de los que la protagonizamos, por no decir prácticamente todos, estamos alejados de la política. Para mí, y creo que para muchos, nuestro compromiso fue coyuntural, basado en el deseo de legar a las generaciones futuras un país habitable, una sociedad tolerante, unas reglas del juego aceptadas por todos. Es decir, todo es factible, todo puede discutirse, todo puede reformarse. Pero todo debe someterse a las reglas del juego que, vía Constitución, y para garantizar la convivencia, nos dimos los españoles por amplísimo consenso. Un consenso que fue posible porque los partidos de la Transición supieron hacer concesiones recíprocas en pro del entendimiento y la cooperación. Un cuarto de siglo después nuevos retos acechan a la convivencia de los españoles. Son los políticos del presente siglo XXI los que tienen que responder al deseo de vivir en paz, afrontando los riesgos internos y externos que, en un mundo globalizado, nos abruman y amenazan. Si lejos de buscar lo que nos une hacemos hincapié en lo que nos diferencia y separa, el egoísmo, la crispación y el resentimiento se instalarán en nuestros corazones y debilitarán nuestra fortaleza como pueblo y como Estado, dejándonos inermes y empobrecidos social y económicamente. Ello debilitará nuestra identidad y dañará nuestro futuro, que ya es el de nuestros hijos y el de las nuevas generaciones. Y serán éstas, víctimas de la inoperancia, del egoísmo político, de la intolerancia y del rencor, las que demandaran con toda justicia, la responsabilidad a quienes no hayan sabido preservar el marco de convivencia que otros les legaron.
* Luis Marín Sicilia es miembro fundador de UCD, ex parlamentario andaluz |
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