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21 de febrero de 2012 |
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Pablo Santiago Chiquero |
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Medina Azahara, el espíritu de Córdoba |
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Se fraguó al aire libre, a cara descubierta porque se sentían ya dueños de una libertad que les pertenecía, en el corazón de la ciudad que primero les inspiró y luego les reconoció por la rara virtud de ser profetas en su tierra, en la tranquilidad del Patio de los Naranjos o en las escalinatas de la Plaza de Séneca, lugares en los que se reunían con los amigos para hablar de las bandas que admiraban, Deep Purple, Pink Floyd o Uriah Heep, y del imparable ajetreo social y político que eso que llamaban Transición había llevado a las calles de Córdoba. Contemplaron el ambiente desde la audacia de esa juventud macarra de pelo largo y chupa de cuero y formaron un grupo al que bautizaron como Medina Azahara, primero para satisfacer su afición a la música y luego para convertirse en la banda sonora de toda una generación que no encontró mejor forma de protesta que los estribillos de sus canciones.
Compromiso social y conciencia histórica. Llegado el momento, los componentes originales de la joven formación, Manuel Martínez (voz), Pablo Rabadán (teclados), Manuel S. Soriano (bajo), Miguel Galán (guitarra) y José A. Roldan (batería), se dieron cuenta que habían acertado y que, tal vez porque el influjo de Córdoba los marcó a fuego, sus nombres y sus canciones pasarían a engrosar las letras doradas del periodo más hermoso de nuestra historia reciente. Córdoba se vivió de diferentes formas y había mucha gente que estaba arraigada a sus condiciones políticas, pero nosotros intuíamos lo que significaba ser libres y cuando componíamos lo intentábamos transmitir en nuestras canciones, dice el cantante Manuel Martín.
Los temas de Medina Azahara nacieron de una extraña mezcla de compromiso social y conciencia histórica, que no procedía de los libros y las soflamas intelectuales, sino de la visión interior de una ciudad que con la dictadura había perdido su antiguo esplendor. Su primer local de ensayo fue un viejo caserón de la Ribera llamado Posada la Herradura, un edificio parcialmente abandonado donde los más pobres y marginados de la ciudad encontraban compañía y cobijo.
Nosotros ensayábamos relata Manuel en un bajo de aquella vieja posada, rodeados de mendigos y de la gente que durante el día se dedicaba a recoger cartones. Llegamos a entablar amistad con gente muy interesante que nos enseñaron muchas cosas de la vida. Mi recuerdo más nítido es el de una pobre abuela llamada Mari Tere y que decía haber sido modelo de Julio Romero de Torres. No tenía un duro, pero todavía vivía de aquello y se llenaba de orgullo cuando nos lo contaba. A ese tipo de gente, a los que llevaban varios milenios construyendo la leyenda de Córdoba y nunca se les reconoció, estaba dedicado el primer álbum de la formación, que llevaba el título homónimo de Medina Azahara, y cuyo tema principal Paseando por la Mezquita se convirtió en el himno de una juventud rebelde que se apropió por méritos propios de los ochenta y los transformaron para siempre en una década estrafalaria y enloquecida. Y así, según Manuel, cuando en 1980 le conceden al grupo el disco de platino, en Córdoba ya nos hacen sentirnos importantes, nos dan tratamiento de estrellas.
En la carretera. Con el disco recién estrenado, Medina Azahara se echó a la carretera y recorrió toda la geografía española con su rock andaluz y aflamencado que, en aquellas fechas, también abanderaban formaciones como Triana, Mezquita o Alameda. Los escenarios les fueron propicios y, después de un infinito periplo por innumerables pueblos y conciertos del circuito de tercera, estos cinco cordobeses lograron un directo espectacular en el que, en las plazas de toros y estadios de media España, se corearon estrofas que hicieron soñar hasta al más reaccionario: Nos unimos en silencio / por una esperanza nueva / de ver surgir en el cielo / unida nuestra bandera o aquello otro de Todo lo nuevo en mi ha roto / la triste historia del ayer / y hoy por fin he descubierto / quién soy yo. Estas canciones hicieron que Medina Azahara entrara a formar parte del sentir andaluz y demostraron que Córdoba, más allá de los mitos del provincianismo y la cerrazón, era una ciudad abierta, llena de hippies, donde la gente tenía la mente más abierta y era más liberal de lo que ahora se cree. En Córdoba, como en todas las ciudades de cultura fuerte, nunca ha habido muchos paletos. La lucha fue intensa y hubo grandes manifestaciones porque los cordobeses querían recobrar sus derechos esenciales. Nosotros formamos parte de todo aquello, somos gente de izquierda. De vez en cuando nos llamaban mariquitas por llevar el pelo largo y otra vez nos llevaron a comisaría por defender a unos niños que se estaban bañando en una fuente, pero eran cosas sin importancia. A Medina Azahara siempre se le respetó. Luego llegaron tiempos en los que el astro de estos músicos no brilló con tanta fuerza, pero eso fue más tarde, una vez que ellos dieron el salto y se plantaron en el extranjero con la misma intención de derrochar grandeza que cuando viajaban por la provincia en furgoneta, de Norte a Sur y de Este a Oeste, de Belalcázar a Rute y de Palma del Río a Baena, el mismo marchamo con el que hacían la ruta Córdoba-Londres-Cordoba y Córdoba-Nueva York-Córdoba, el billete siempre cerrado para la vuelta no sea que les reclamaran la familia, los amigos, Mari Tere la de la Posada de la Herradura o la propia Mezquita. Cuando estaba afuera dando conciertos y me preguntaban por qué el grupo se llamaba así, yo les contestaba que Medina Azahara había sido el más bello palacio andalusí que jamás se construyó por amor. Medina Azahara es el espíritu de Córdoba.
* Pablo Santiago Chiquero es periodista |
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