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27 de febrero de 2012 |
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Jesús Chacón |
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Vila Morena, el otro Guadiana |
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Aquel 25 de abril de 1974 yo tenía 20 días, y siempre me ha llegado la revolución portuguesa de esa fecha como el eco lejano de una hermosa historia que parece imposible que hubiera podido ocurrir de la manera en que se produjo: en cuestión de horas y sin una gota de sangre derramada, a pesar de que Odiel daba la noticia falsa de muertos por las calles de Lisboa. Todo se me había mezclado durante años entre la imagen de lo no vivido y los recuerdos sin tiempo que se pierden en el sueño de la primera memoria, tal y como siempre hemos percibido el franquismo los que pertenecemos a las generaciones nacidas en plena Transición. Más tarde, interesado por los hechos que destronaron al dictador Salazar, las fotos, la música la marcial Grândola Vila Morena de José Afonso y las voces de archivo de aquellos días lisboetas documentaron la conciencia, pero la Revolución de los Claveles no ha perdido en este caso su dosis de episodio perteneciente al territorio insondable de la imaginación.
Grândola fue así, durante algunos años en difusos recuerdos infantiles, no una pequeña y concreta villa del Alentejo que no existiera más allá de su término municipal, sino una bandera llamada Vila Morena y una canción que es mucho más que una canción. Una lengua de tierra indefinida que empezaba detrás de la garita del aduanero de Rosal de la Frontera o al poner el pie en tierra de Vila Real de San António o en Alcoutim desde el ferry de Ayamonte o la barca de Sanlúcar, la del Andévalo, lugares por donde en aquella primavera cientos de onubenses pasaban la frontera para respirar libertad. Y hacia donde años más tarde se dirigieron muchos desde el oasis político en que se convierte Huelva la tarde noche del 23-F de 1981, por lo que pudiera ocurrir. Vila Morena era el otro lado del Guadiana, la frontera natural de la provincia onubense con aquel país que había reconquistado pacíficamente, con claveles y una canción como consigna, la libertad y la democracia, y que iluminó desde el rincón oeste de la península la esperanza de los españoles, en aquellos históricos días de abril de 1974. Vila Morena, no sólo el otro lado del Guadiana en su cuenca onubense sino todo Portugal, era aquella terra da fraternidade donde había en cada esquina um amigo y en cada rostro igualdade y donde el pueblo es quien más ordena.
Más allá de una fantasía hecha de memoria lejana e historia, para los españoles adultos de entonces, la luz al final del túnel gris llegaba, igual que el anticiclón de las Azores o las borrascas atlánticas, entrando desde Portugal como una premonición de vientos nuevos. Por eso luego ha sido injusto que a lo largo de los ochenta el país vecino haya sido reducido, inevitablemente por los pueblos fronterizos, a ser la meca de las toallas y las sábanas o a un exótico destino donde pasar casi a mitad de precio los domingos. Portugal deja boquiabierto con su revolución al mundo, pero especialmente a España. Señala a los vecinos ibéricos un camino necesario de cambio pacífico, en tiempos de duda y desconcierto, que será un duro golpe la antesala del fin en plena agonía para la larga dictadura de los vencedores de la guerra. Una canción, Grândola Vila Morena, abrió las calles a los capitanes portugueses de la libertad; y dos años después será otra canción de origen onubense, Libertad sin ira, la que pondrá nombre y banda sonora a los vientos de cambio que atravesarán España en el 76.
Con Portugal y su revolución, el sueño de una transición democrática ya se puso al alcance de la mano, lo saben quienes lo vivieron con la intensidad de días importantes en las fechas de sus vidas. Pero también quienes nacíamos en aquella época trascendental, y que entre el sueño y la memoria lo hemos aprendido y recordado para poder seguir contando el presente y el futuro, los frutos que lograron los protagonistas de esta quimera de la Transición que se hizo realidad. |
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