Warning: pg_result() expects parameter 2 to be long, string given in /var/www/webs/transicion/web/admin/F_bd.php on line 33 La transición de Andalucía
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  29 de febrero de 2012
  Jesús Chacón
  Apogeo y descenso de Niño Miguel
  Por las ventas Cardeña y El Frenazo de la carretera de Gibraleón, por el cabaré de la calle Gran Capitán en su apogeo de finales de los años sesenta, por los bares de Pescadería y todos los ambientes flamencos de aquella Huelva, Niño Miguel despierta a la vida sin haber abandonado la infancia. Con su guitarra, su única y definitiva aliada en el mundo, pasa de ser un niño prodigio a leyenda del flamenco con la naturalidad del genio que llega a lo más alto por el camino más corto. No tiene rival e interpreta y crea su propia música. Inspiración y locura. Miguel Vega Cruz apenas toca la cima en el ecuador de la década de los setenta y comienza su descenso vertiginoso hacia ninguna parte, camino de ser la sombra de la gloria que llega a ser por entregarse a oír sólo los compases y las falsetas de su interior de niño perdido.

El hijo de El Tomate.
El niño Miguel Vega no tuvo juegos, ni fútbol ni trompos, sólo guitarra. Su padre, Miguel Fernández Cortés –Niño Miguel lleva el apellido materno–, gran tocaor y compositor de la estirpe de los Tomates de Almería, se había empeñado en que fuera una figura de la guitarra a toda costa, y el niño perdió su infancia entre los sacrificios de la disciplina que impone tener que ser el mejor. Miguel El Tomate se ganaba la vida tocando en el cabaré y en el bar Elcano de la calle Gran Capitán, y en las ventas de la salida norte de Huelva, pero también en juergas privadas de postín donde los señoritos lo reclamaban para amenizar sus cacerías o sus bodas y bautizos. Cuenta Antonio El Brujo, cantaor onubense amigo y compañero de El Tomate, y luego mano derecha de Niño Miguel en incontables aventuras y desventuras, que el padre ya se lo llevaba para que todos vieran cómo acariciaba las seis cuerdas aquel retoño que no quiso luego llevar el nombre artístico de su padre (sí lo hará años después su sobrino Tomatito).

Con tan sólo 11 años, en 1963, Niño Miguel actúa por primera vez en público en la Plaza de Toros de Huelva, en un espectáculo de Juanito Valderrama y Pepe Marchena, donde cantaban también otras figuras como la Niña de Antequera y Juanito Maravillas. El Tomate había convencido a Valderrama y Niño Miguel pone en pie a todo el coso. “El padre le había comprado un traje de tercipelo negro –recuerda El Brujo– y la guitarra era más grande que él. Todavía me acuerdo de la que formó aquel día”. Aunque duro, El Tomate había sido un buen maestro para su niño y se quedó con la espina de no habérselo podido llevar a Madrid por no soportar los fríos. Morirá más tarde con la mosca tras la oreja, inquieto por el tratamiento que Miguel empezará a necesitar debido a una inestabilidad psíquica de herencia materna, cuya medicación él mismo controlaba. Cuando desaparece el padre, Miguel el niño ya no atenderá su propia medicación y ahí comienza su descenso a los infiernos de la soledad –luego agravada hasta llegar a la medicidad en la que ahora sobrevive– a raíz de la separación de su mujer y su caída en los paraísos artificiales de la droga.

Premio Nacional.
A los 19 años, cuando ya se codeaba con grandes figuras del cante –numerosas giras con Perlita de Huelva y otras iconos del cante–, el niño prodigio gana en Jerez de la Frontera el II Certamen Nacional de Guitarra Flamenca. La rabia de su toque, profundamente gitano y flamenco, rompía todos los moldes conocidos, y en plena euforia y resurgimiento de la guitarra flamenca, corre el año 1974, la discográfica Philips le contrata para grabar su primer disco, La guitarra de Niño Miguel. Allí están los fandangos ‘Brisas de Huelva’, la impecable soleá ‘En el puente Nicoba’ o la trepidante bulería ‘Vino y caballos’, entre otras composiciones del propio artista, quien nunca se preocupó de registrar nada en su propiedad intelectual. Con grandes figuras en activo como Paco de Lucía, con su rumba ‘Entre dos aguas’ recién salida al mercado, y el Manolo Sanlúcar de ‘Caballo negro’, Niño Miguel llega y arrasa. El propio Paco, admirador suyo desde el principio, asegurará entonces en una entrevista televisiva que “el único capacitado para crear e innovar en la guitarra flamenca es Niño Miguel”.

Grabará un segundo y definitivo disco –Diferente– dos años más tarde, de la mano de Antonio Sánchez, padre de Paco de Lucía, que llevaba a los flamencos de la casa Philips. ‘Lamento’, el vals flamenco que incluye musicado con orquesta, forma ya parte de las antologías. Para entonces su padre, que era para él toda su disciplina, ya había muerto y Niño Miguel inicia el desordenado camino que le conducirá hacia el silencio total, del que vuelve a salir en 2005 con nuevas grabaciones y actuaciones. El mismo Paco de Lucía intentará en vano llevárselo a Madrid, y llega hasta a ofrecerle su propia casa. La amistad que ambos cultivan en la vida se acompaña de una admiración mutua en el arte. Muchos recuerdan todavía un Rocío en el que el de Algeciras y el Niño Miguel protagonizaron un mano a mano de más de media hora, cuyos testigos no dudan en señalar como irrepetible en la historia. También es conocida –una de tantas leyendas; ésta verídica– aquella ocasión en que Paco de Lucía, con lágrimas en los ojos, oye en el Gran Club del barrio de Isla Chica a Niño Miguel tocar ‘Entre dos aguas’ sin que éste sepa que estaba viéndolo.

Insobornable.
En la deriva de Niño Miguel, aparte de su inestabilidad psíquica diagnosticada, su flirteo con las drogas y su soledad de infancia robada y amor perdido, hay también mucho de rara veta en su calidad de espíritu insobornable. Hay algo en él de huidizo, como si no pudiera –o más bien no quisiera– apretar con sus manos el triunfo y la fortuna. Una extraña y rebelde cualidad quizá heredada de su padre El Tomate, quien se iba sin cobrar dejando plantados a los señores que lo contrataban y que no le escuchaban mientras tocaba porque se ponían a hablar de toros. De tal palo tal astilla. Es antológica la espantá de Niño Miguel en el programa especial de Nochevieja de 1977. El director del espectáculo, Valerio Lazarov, le sugirió que se pusiera una camisa de flores del vestuario para dar más colorido al número, lo que provocó el disgusto del guitarrista prodigio, que había llegado a Madrid con la “camisa de Simago” que se había comprado en Huelva y que tanto le gustaba. El guitarrista lo tuvo claro, abandonó el estudio y se fue con su camisa blanca, pero sin actuar y, por supuesto, sin ver ni un duro.

Miguel Vega Cruz no ha caminado más que por su propia vereda, genial, insobornable, loca y solitaria, acompañado únicamente de su guitarra y de su propia sombra de genio malogrado. Quizá la niñez usurpada le hizo perder la mirada y ponerse para siempre el apelativo Niño en su nombre artístico. Quizá sea eso lo que pueda explicar en gran parte cómo se viene abajo una auténtica leyenda de la guitarra en aquella esfervescente Transición, justo en el mismo momento en que empezaba a acariciar la gloria de los elegidos.

   
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