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29 de febrero de 2012 |
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Juan José Domínguez |
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El Grupo de los Doce |
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Parece que fue ayer. Cuando me requieren para que en un cinematográfico recuerdo, evoque mi memoria de la Transición y me traslado a los primeros setenta. Es como si no hubiera transcurrido el tiempo. Y es que cuando vamos cumpliendo años, como si de un big bang temporal e inverso se tratara, el tiempo se comprime y casi todo se hace presente. Y por eso los primeros años de los setenta parece que fueran ayer. Y es que para hablar de la Transición no se puede olvidar aquel largo e interminable preámbulo.
Signos de apertura. Cuando se abre la década, se percibía ya el cambio en la sociedad española. La evidente mejora de la economía iba en paralelo con una mayor apertura del pensamiento de los españoles. No solo porque por razones biológicas se veía inmediato el fin de la dictadura, sino también porque publicaciones como la Revista de Occidente; Triunfo, Cuadernos para el Diálogo y algunas otras, nos transmitían ideas, pensamientos y expectativas que cuajaban en los sectores más avanzados. En la clandestinidad se iban agrupando las fuerzas del pensamiento democrático, y se creaban Juntas y Plataformas que aglutinaban, al menos con una callada comprensión y apoyo, a todos los españoles preocupados con el devenir inmediato, que o sería democrático o no sería. Y en Huelva, gentes aún jóvenes y otras en su primera madurez se reunían y opinaban cada vez con mayor contundencia y valentía.
Concretamente, porque de él participé, y se me piden mis recuerdos, no la Historia, se constituyó el que fue llamado Grupo de los Doce, con reuniones semanales en el Hotel Tartessos y cuyos componentes, me parece que en su integridad, participaron luego en la política democrática, colaborando activamente con los partidos que más se aproximaban a sus ideas personales. Personalmente nos preocupaba la impunidad en la que nos movíamos, porque podría quebrarse cualquier día. Hoy sé que la policía político-social conocía nuestras reuniones y hasta lo que en ellas se trataba. Pero está claro que, a la sazón, el propio Régimen se autodepuraba, y limitaba su represión a determinados partidos políticos, contemplando atentamente, pero sin represión, a quienes no eran más según el propio Régimen que unos dilettanti del progresismo, sin operatividad real. Y algo de eso había...
Porque es lo cierto que salvo la promoción de actos culturales o artísticos con intervenciones claramente de izquierdas (de izquierdas de entonces), o apoyos públicos a posiciones no políticamente correctas, no se llegó a ninguna asociación organizada (siquiera en la clandestinidad), quizás porque lo que nos unía era la repulsa a la dictadura y la ilusión democrática, pero no así la ideología personal, como las posteriores actividades políticas demostraron. El 20 de noviembre de 1975 provocó que las reuniones de aquel grupo se multiplicaran. Nuestra ilusión, nuestros miedos, nuestras esperanzas, coincidían con las de todos los españoles.
Aunque no podía concebirse un franquismo sin Franco, era innegable la enorme fuerza de lo que dio en llamarse franquismo sociológico y el poder omnímodo en todos los mecanismos públicos, desde el Estado al último Ayuntamiento. Nuestros deseos mejores se veían, a veces, enterrados en la desilusión. ¿Aceptaría la Nación a un Rey designado por el Caudillo, en virtud de una Ley de Sucesión aprobada por aquellas Cortes? Podría confiarse en que el presidente del Gobierno, Arias Navarro, no ya liderara, sino aceptara la más mínima apertura?
Aperturismo. Pero los días iban disipando lentamente estos temores. No lo decía la Prensa del Movimiento, ni casi la otra, pero la obra de artesanía política de Torcuato Fernández Miranda iba diseñando el efectivo papel de don Juan Carlos, y minando el afán de perennidad de los Procuradores en Cortes, que aceptaron y eso sí que era insólito! su propia disolución.
Y ¡¡¡Suárez!!! Permitidme la triple admiración y las mayúsculas, como personal homenaje a quien considero y consideran una gran mayoría de españoles como auténtico artífice, a la sombra del Rey, de la modélica Transición. Lo recibimos en nuestro grupo el Grupo de los Doce con la justificada desconfianza de quien había sido secretario general del Movimiento. Pero Suárez, desde su responsabilidad como presidente del Gobierno, demostró desde el primer momento que le preocupaba España. Que era patriota sin patrioterismo, decidido y valiente. Los acontecimientos se precipitaban y su cadencia asombraba a los españoles. Personalmente yo no daba crédito a los sucesivos pasos en la democratización de España. Muy especialmente las Leyes electorales, de Partidos Políticos y dentro de ella la legalización del Partido Comunista; en escasos meses se habían creado las formas democráticas y el aparato que había de sostenerlas. ¡Aquella inmensa alegría de las primeras elecciones! Si bien es cierto que supuso la disolución del Grupo de los doce, no destruyó la amistad que todavía nos une. Muchos participamos en Huelva como candidatos en aquellos primeros comicios. Lo de menos fue el resultado. Algunos fueron elegidos, otros no. Pero unos y otros, en Huelva, y sus homólogos en toda España, habían creado la democracia española. En una Transición que asombró al mundo, y que fue la cuna que aún Dios quiera que por siglos nos mece. Una transición que resistió el brutal empellón del 23-F, y que se asienta en una Constitución que ahora se pretende reformar.
Y es cierto que la Constitución es reformable. Pero convencidos como estamos de que ha sido un instrumento formidable para nuestra convivencia democrática, sólo nos queda exigir a los españoles que esos hipotéticos cambios sean exquisitamente estudiados y con la máxima convergencia consensuados, para la Transición que hoy evocamos sea sencillamente la Transición. Sería trágico que fuera la primera, y que siguiera luego una segunda, y después ¡quién sabe! Una tercera, completamente innecesarias. Conservemos lo que tenemos, porque cualquier arriesgada aventura es patentemente innecesaria.
La Transición de la Justicia. Y tras estas consideraciones, no puedo olvidar la que siempre ha sido la más importante actividad de mi vida: el ejercicio de la abogacía y, desde mi profesión, el estado de la Justicia. En lo que a los últimos años de la Dictadura se refiere, mi impresión no puede ser negativa. Por una parte, el ejercicio era más fácil y humano. Y no porque fueran distintos los jueces, sino por la accesibilidad y comunicación entre Tribunales y abogados. En Huelva sólo existían dos Juzgados de Primera Instancia e Instrucción y dos de Distrito, amén de la Audiencia con una única Sala y la Magistratura de Trabajo.
Ello suponía que la comunicación, conocimiento personal y amistad entre todos (también éramos pocos los abogados y procuradores) fuera la tónica general. Y entre lo que más pueda importar, cuál es la preparación, trabajo y sobre todo independencia de los jueces, no puedo hablar sino bueno. Las Leyes eran la emanación del poder autoritario, pero en su aplicación y a lo largo de más de 20 años, jamás conocí juez que, en la aplicación de las mismas se dejara presionar si es que alguien lo intentó por la personalidad política o social del justiciable. De hecho, autoridades y cargos del Régimen fueron encausados y condenados. Otra cosa sí podía ser la sensación de quienes pedían justicia, de que no todo podía decirse, de que tal vez sería mejor callarse, por si acaso... Por eso, la instauración de una justicia democrática propició la pérdida del miedo y con ello que los ciudadanos usaran más de la Justicia.
Se produjo un aumento impresionante de causas de todo tipo: civiles, penales, laborales, contenciosos... y en paralelo, desarrollo de medios judiciales: Juzgados Civiles y Penales, más sociales, contenciosos, especializados... y con ello el aumento de servidores. Analizarlo sería cuestión prolija que excede de estas líneas, pero no puedo acabar sin destacar la irrupción de la mujer en las labores de la Justicia. Jueces, secretarios, personal de la oficina judicial, procuradores y abogados. En casi todos los cuerpos es mayor el número de mujeres que de varones. Y todos ellos continúan su labor en pro de una Justicia siempre mejorable, pero suficientemente servida.
*Juan José Domínguez es Decano del Colegio de Abogados de Huelva |
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