Warning: pg_result() expects parameter 2 to be long, string given in /var/www/webs/transicion/web/admin/F_bd.php on line 33 La transición de Andalucía
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  29 de febrero de 2012
  Antonio Checa
  Agricultura color fresa
  En los últimos años del franquismo todo el sector primario de la economía onubense, agricultura, ganadería y pesca, atraviesa momentos difíciles. Es un modelo visiblemente agotado. Sin embargo, en una década, ese sector va a cambiar por completo y se transforma en un elemento dinámico, en una de las agriculturas más modernas del sur de Europa. ¿Qué ocurre en Huelva entre aproximadamente 1973 y 1980?

Comarcas al margen.
En 1975 el Instituto de Desarrollo Regional, con sede en Sevilla, publica la obra de un investigador francés, Bernard Roux, titulado Crisis agraria en la Sierra Andaluza, y de subtítulo Un estudio económico de las empresas ganaderas de la provincia de Huelva. Es un trabajo encuesta que llega a unas conclusiones demoledoras. Para el autor, que analiza la sierra de Aracena, la Cuenca Minera y todo el Andévalo, un capitalismo agrario arcaico dominante, con explotaciones extensas que ocupan el 75% del terreno, no sólo es incapaz de sostener la población existente, pese a ofrecer una de las densidades de las más bajas de Andalucía, sino que es incapaz incluso de proporcionar beneficios a sus propietarios, Estas comarcas, constata, se están quedando al margen. La introducción de maquinaria es todavía baja, también la productividad y el nivel de formación técnica de los trabajadores. La presencia de praderas mejoradas, escasa. Los cultivos  son secundarios y poco productivos, los cereales y las plantas forrajeras o el almendro en el Andévalo son un buen ejemplo de ello.

Dada la baja rentabilidad de esas explotaciones, muchos propietarios arrojan la toalla y optan por la repoblación forestal, pero sin planificación ni estudios de los suelos para establecer las especies más adecuadas, y se tiende al eucalipto. O bien se abandonan grandes extensiones a la caza, actividades minoritarias que degradan los terrenos. El riesgo es que se acentúe la marginación y que ni atraiga capitales que puedan modernizarla ni interese al Estado. Desesperanzador análisis. Y no es el único.

Un plan abandonado.
Justo cuando todo el interior toca fondo y en la costa la pesca conoce revés tras revés, asoman elementos de cambios en profundidad. Es un cambio que no lo impulsan los gobiernos ni las autoridades, que incluso van a tardar en reconocerlo. Esas autoridades han puesto sus esperanzas en transformar parte de El Condado impulsando el regadío. El Plan se llama Almonte-Marismas y llega a tener el beneplácito de la FAO. Quiere utilizar el poderoso acuífero bajo Doñana para aportar agua a 25.000 hectáreas del noroeste de la zona, términos sobre todo de Almonte, Villamanrique y Aznalcázar.  Hay agua, se dice, para mantener el parque y para posibilitar los nuevos regadíos. Se habla de extraer 145 hectómetros cúbicos al año. En 1972 se aprueba la primera fase. Se anuncian cultivos industriales, forrajeros e incluso olivar en terrenos arenosos y marismas. En los últimos años del franquismo se habla de traer nutrida población, cual nuevos colonizadores, hacia los nuevos regadíos.

Poco a poco los datos rigurosos y las aportaciones de los núcleos científicos llevan a la realidad, no hay agua para todos esos regadíos ni es compatible esa agricultura intensiva con Doñana. Hacia 1976, cuando se concluye la fase de sondeos –se realizan hasta 480– se pide no superar los 70 hectómetros cúbicos de extracciones para evitar la sobreexplotación y garantizar la adecuada aportación para el Parque de Doñana, que en 1978 ve ampliada a 50.000 hectáreas su zona protegida. Ocurre, además, que en las zonas del noroeste de la comarca donde están previstos los nuevos regadíos, hay poco entusiasmo hacia ellos entre los propietarios agrícolas. Comienza, con la transición política, a reconducirse el proyecto, se imponen los cultivos hortofrutícolas y superficies muy inferiores a las previstas. En 1980 las extracciones de agua para los regadíos comarcales suponían los 17 hectómetros cúbicos, en 1985 había subido a 26 y sólo en los noventa se superarán los 50. No se alcanza siquiera un tercio de las previsiones iniciales.

La iniciativa pública –Iryda, IARA– puso en marcha las 4.000 hectáreas y los asentamientos no superaron nunca las 450 personas, que sin los recursos necesarios para la adecuada comercialización de sus productos sufrieron una importante crisis financiera en 1990. El plan prácticamente pasa a la historia.

Llega la fresa. Precisamente, cuando tanto se habla del plan Almonte Marismas como futuro del campo onubense, en el otro extremo de Doñana, en el borde sur, comienza a expandirse un cultivo rigurosamente nuevo, el del fresón. Los estudios pioneros de Antonio Medina en la finca Las Madres, término de Moguer, y la feliz aclimatación en la comarca de variedades californianas introducidas asimismo en los viveros de Medina posibilitan que el cultivo comience a crecer en terrenos de Moguer y Palos, luego se expande a otros términos vecinos, allí donde antes había almendros o terrenos baldíos –y en algún caso, pinares.

En los años setenta comienzan a llegar a los mercados de Madrid de madrugada camiones que han cargado fresa recolectada durante la mañana anterior en Huelva y cargada al mediodía. Luego esos camiones llegan también a Barcelona. La superficie dedicada a la fresa comienza a crecer vertiginosamente, son pequeñas explotaciones que utilizan pozos, el cultivo alcanza Bonares, Rociana y alguna otra localidad del sur del Condado.

El siguiente paso, que se da inmediatamente, es el de utilizar riego localizado, proteger los cultivos con plásticos y sobre todo asociarse entre sí los agricultores. Que comienzan a comprar plantas de forma conjunta, a llenar camiones entre varios y a vender en una Europa en la que aún no estamos integrados. De inmediato también, al inicio ya de los años ochenta, y como consecuencia lógica de esa previa fase de colaboración, aparecen las cooperativas, que se constituyen en eje del crecimiento posterior. En 1981 nace la cooperativa Costa de Huelva, en 1982 lo hace la pronto poderosa Cooperativa Andaluza Santa María de La Rábida, en Palos, que conoce una espectacular consolidación en pocos años y anima a la creación de muchas más, ya no sólo en el entorno del Condado, también en otras del litoral onubense, sobre todo el eje Cartaya-Lepe, con los riegos del sistema Chanza-Piedras.

En 1983 nace Freshuelva, que sabrá agrupar a la gran mayoría de las empresas freseras que van surgiendo. La fresa es una realidad pujante y a más en varias comarcas onubenses a principios de los años ochenta.   En 1986 España ingresa en la actual Unión Europea. Sin ayudas oficiales, sin subvenciones de esa procedencia Huelva llegará a representar el 50% de la producción europea de fresa. Hacia 1985, con apenas un 1% de la superficie agraria onubense, el fresón aporta ya un 25% de la renta agraria provincial. Una hectárea de fresón produce por entonces 12 veces más que una hectárea de trigo. O  cuatro veces más que una hectárea de patatas. En necesidad de jornales las diferencias son aún mayores, una hectárea de fresón exige una 30 veces más mano de obra que una de olivar o de almendro.

Del ibérico a los cítricos.
La fresa supone el principio de una honda revolución agraria, que no se limita a ella,  luego llegará la expansión de los cítricos, al litoral primero y después a otras comarcas, incluida la Cuenca Minera.  Y llegará también a la Sierra y al Andévalo la revolución ganadera, en esencia la revalorización del cerdo ibérico que posibilita una producción creciente y cada vez más apreciada, dentro y fuera de España. La revolución agraria llega a las dehesas, las revaloriza, y aunque se trata de una revolución mucho menos intensa que en el litoral, ayuda a mejorar el campo en el centro y norte de la provincia y darle otro futuro. Pero todo comenzaba a finales de los años setenta a orillas del Tinto. Era la transición agraria. De la vieja a la nueva agricultura.
   
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