Warning: pg_result() expects parameter 2 to be long, string given in /var/www/webs/transicion/web/admin/F_bd.php on line 33 La transición de Andalucía
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  29 de febrero de 2012
  Sebastián Martín Recio
  La Transición en Manzanilla
  Llegué a Manzanilla en septiembre de 1976, con 22 años y como médico titular interino. Hacía tan sólo unos meses que había terminado mi licenciatura en Medicina y Cirugía y traía todo el bagaje de un estudiante que había sido delegado de curso en los tres últimos años de la carrera y representante del alumnado en el Consejo de Facultad, además de un compromiso militante, concretado en mi adscripción al Partido Comunista de España desde 1971, lo que había supuesto una participación activa en el movimiento estudiantil y antifranquista de aquellos años.

Sociedad civil y militancia.
Fui recibido, como médico, con la curiosidad propia de las gentes, que en aquellos tiempos daban a esta profesión respeto y confianza hasta lo más sagrado. Y, por mis costumbres y formas, con cierta simpatía, ya que era –y lo sigo siendo– defensor muy concienciado de la sanidad pública y de la atención humanizada a los pacientes. Debo decir que el vínculo de afecto y amistad que tuve con los manzanilleros fue algo tan inmensamente maravilloso que perdurará para siempre. Creo que la vivencia de la Transición marcó la estructura social y política de muchos pueblos y de muchas personas.

Franco hacía casi un año que había muerto. Estábamos inmersos en un proceso muy intenso de expectativas de todo tipo. Al llegar a Manzanilla busqué entre las personas con inquietudes ese espacio para la reflexión y para la acción que propiciara el cambio democrático. Así, contacté con la comunidad cristiana de base, encontrando dos personas de gran valía, el cura párroco Eugenio Lobo y Maruja Cumplido, que llevaban, digámoslo así, la impronta del compromiso social auténtico. Con ellos y varios vecinos más, entre los que destacaba un mecánico llamado Fernando Casado, iniciamos la organización de la Asociación de Vecinos, que concitó una aceptación importante y cuyo primer acto tuvo como protagonista a Alonso Balosa, por aquel tiempo uno de los motores del movimiento ciudadano en España. Aquella Asociación de Vecinos fue foco de debate cultural y de reivindicaciones sociales, consiguiéndose una ambulancia para el pueblo, que vino precisamente en una de las carrozas de la Cabalgata de Reyes Magos, que la asociación recuperó para las tradiciones populares.

Al mismo tiempo buscaba a los militantes del Partido para formalizar la organización comunista en Manzanilla, personas desconocidas para mí por razones obvias de clandestinidad. Meses después, y gracias a un veterano de Bollullos del Condado, por fin pude reunirme con un histórico, Rafael Pérez Morón, conocido como Rafalillo el Oso, que había estado muchos años en la cárcel, como represaliado político condenado a muerte y conmutada su pena, y presente en el bando republicano en la famosa batalla del Ebro. Escuchamos aquel día una cinta de La Pasionaria, su mitin en el Comité Central de Roma –o quizás de un acto en París–, que terminaba diciendo: “Hasta pronto y en Madrid”. A través de Rafael fui conociendo a otros históricos, familiares, simpatizantes, amigos… y llegamos a organizar en la clandestinidad el Partido con más de cien afiliados, que en un pueblo de 2.500 habitantes era realmente una proporción importante. Aquí, para la memoria histórica, destacaría como anécdota, que el Partido en Manzanilla se organizó en una de las casas grandes, propiedad de un cacique, que la tenía alquilada al otro médico del pueblo, y que compartíamos, pues nos turnábamos para las tardes y las guardias. Nos reuníamos en secreto, con acceso a la vivienda de forma escalonada, en un cuarto amplio del fondo… dejando la entrada liberada por si debía atender algún enfermo, y mi mujer y yo controlábamos aquel flujo de entradas y salidas, de visitas inesperadas y avisos domiciliarios…. Cuando se descubrió todo, tuvimos que abandonar aquella casa; fue un episodio realmente duro, en 1977, pero antes pasaron muchas cosas…

Así, fuimos articulando la sociedad civil poco a poco. El Partido, aún en la clandestinidad, se reunía a veces casi abiertamente. La Asociación de Vecinos proseguía una labor reivindicativa, por las mejoras de los colegios –conseguimos uno nuevo– y del consultorio… Y, casi al principio, montamos Comisiones Obreras. Semanas antes, dos concejales del ayuntamiento franquista, que ya se decían del PSOE, intentaron organizar UGT. Ocurrió de forma parecida en muchos pueblos. CC OO fue el sindicato que asumió casi la totalidad de los obreros agrícolas y pequeños propietarios de Manzanilla en aquel periodo; fue memorable para todos como Joseíto, un joven trabajador, en el tajo consiguió hacer la primera afiliación masiva al sindicato… y Manuel Pérez, alcalde actual, que ya entonces estaba al frente del movimiento educativo y de la asociación de padres de alumnos.

Legalización del PCE.
Aquel Sábado Santo me cogió la noticia de la legalización del Partido en Riotinto. Yo había vivido en la Mina Bajo de Riotinto muchos años, desde los 10 a los 22, y tenía amigos de la adolescencia y del Bachiller… Me fui inmediatamente para Manzanilla y convocamos a la Agrupación en la plaza del pueblo, Plaza de José Antonio Primo de Rivera, dos años después Plaza de Andalucía, con una bandera roja, con su hoz y su martillo. Salimos lógicamente de mi casa y entonces los caciques –es un decir, a la luz de hoy no eran caciques verdaderos sino gente conservadora de la derecha franquista que tenían algunas propiedades– los caciques, digo, quedaron perplejos cuando se enteraron de que en la casa de uno de ellos se había fraguado toda la organización.

Días después la dueña vino a pedirme que abandonara aquel domicilio… que lo sentía mucho pero que su marido, no recuerdo si enfermo o fallecido, no podría admitir eso… Aunque hubiese podido entrar en un litigio, pues llevaba allí varios meses viviendo, quise mostrarle el respeto que me merecían sus ideas y opté por irme. Pasé un auténtico calvario porque quienes tenían casa en condiciones para arrendar eran precisamente esos medianos pudientes, muchos de ellos arruinados hoy, que hicieron un auténtico boicot para impedir que se me alquilase una vivienda. Y un día, que aún perdura en mi memoria, precisamente el último día de campaña electoral de las primeras elecciones democráticas de 1977, tras el mitin final, que realicé acompañando a Francisco Romero Marín, desde allí me fui directamente a la pensión del pueblo, ubicada en la Plaza principal y anexa al edificio del casino, lugar de reunión de los caciques. Y en aquella fonda lúgubre, sin luz ni ventilación, en aquel cuarto sin servicios, hubimos de pernoctar mi mujer y yo varios meses, pagando así la factura de mi adscripción política ante un auditorio público que podía comprobar que las cosas no habían cambiado tanto como parecía.

Sin embargo, meses antes de la legalización del PCE, muchas cosas ocurrieron que denotaban las contradicciones  de las gentes del régimen franquista en los pueblos. Por ejemplo, a mí, en varias ocasiones, tanto la Guardia Civil como el alcalde me preguntaron si tenía alguna afiliación política; en cuanto pude, les dije que sí, que era afiliado a CC OO, que como todo el mundo sabe, los sindicatos fueron legalizados antes, y con ese carnet quizá justificase para ellos parte de mis movimientos.

Pero, incluso después de legalizado el PCE, hubimos de vivir experiencias insólitas que sólo pueden resultar creíbles por lo que fue el periodo de la Transición. Aún recuerdo cómo, en una reunión que teníamos la agrupación del Partido en el patio de la casa de un camarada, éste, asustado, nos comunicó que en el corral anexo a dicho patio estaba el cabo de la Guardia Civil escuchando nuestras conversaciones. Salí y hablé con él para decirle que el Partido estaba legalizado y esas reuniones eran normales y que, además, era un delito entrar en una propiedad privada… me dijo que se encontraba mal y tuvo que buscar un sitio para “hacer de cuerpo”, falsedad absoluta que, confesada después, encubría sencillamente una curiosidad por investigar si era cierto que en esas reuniones nos dedicábamos a repartir las fincas de los propietarios agrícolas de Manzanilla. Porque el “oro de Moscú” y las “expropiaciones masivas de tierras” para repartirlas entre los campesinos eran al parecer los dos grandes puntos del programa PCE.

Constitución entre estructuras franquistas.
Una de las claves para entender la situación actual de los ayuntamientos, inmersos en la falta de financiación y en el ninguneo de otras administraciones –entre ellas y principalmente la autonómica–, está en que, aprobada la Constitución en 1978, los ayuntamientos no celebraron elecciones hasta 1979. No estaba en la prioridad de las agendas políticas el hacer de la administración local una de las bases para la recuperación democrática. La Constitución, y resulta muy comprensible, centró más sus prioridades en los grandes conflictos (falta de libertades, problema de las nacionalidades) que en las soluciones a los temas básicos  (educación, salud, infraestructuras, participación de los ciudadanos…).

Y así tuvieron que convivir una Constitución democrática que garantizaba las libertades y la representación popular con unos ayuntamientos franquistas y unos gobernadores centristas en un auténtico caos legislativo que permitía cualquier abuso o cualquier comprensión dependiendo del momento, del lugar y de la persona responsable. Recuerdo que en Bollullos del Condado fui retenido en el cuartel de la Guardia Civil cerca de dos horas porque iba anunciando en un coche con megafonía  un mitin electoral; el teniente, junto a seis guardias, en aquel reducido despacho, me recriminó que a él no se le había comunicado nada y me habló de la pena que sentía por la muerte de Franco… yo les hablé de cómo funcionaba la democracia, y les interpelé sobre cómo podían aceptar no tener las prestaciones de la Seguridad Social como cualquier ciudadano y de las discriminaciones que había en los hospitales militares… No en vano, siendo hijo de guardia civil, sabía los que les decía.

Este dislate legislativo, conviviendo leyes de diferente origen, provocó, por ejemplo, que me multasen y abriesen un expediente disciplinario y se propusiera mi traslado a otro municipio, por haber participado en un acto simbólico convocado por la asociación de vecinos un sábado por la mañana, a las puertas del ayuntamiento, con una mesa pasando consulta, para reivindicar un centro de salud en condiciones… Gracias a la intervención  de uno de los mejores camaradas que he conocido por su humanidad, Manuel Benítez Rufo, que habló personalmente con el ministro de Sanidad, extremeño como él,  Sánchez de León, este expediente quedó sobreseído, auque hube de abonar una multa de 25.000 pesetas en aplicación de una ley de orden público creo que de 1954; multa que fue sufragada por los vecinos en colecta popular, quienes, además, en los momentos claves tuvieron el valor de encerrarse en la iglesia una noche entera en protesta por la sanción y el expediente… una noche tan emotiva como entrañable, en la que lloré al ver a tanta gente, ancianos, jóvenes, hombres y mujeres de toda clase y condición, apoyándome como persona y, sobre todo, mostrando su repulsa a las sanciones emanadas de un régimen ya agotado.

Al fin, ayuntamientos democráticos.
Quienes afirman que con la Constitución aprobada ya se había culminado la Transición están en un tremendo error. Las gentes veían una democracia en la televisión, unos debates en el Congreso, unas elecciones a diputados y senadores de Madrid, pero, en su pueblo concreto, seguían viendo alcaldes y concejales puestos por el gobernador civil, algunos sin duda con la mejor voluntad y talante, pero sin ser elegidos por nadie. Fueron las elecciones municipales de 1979 las que abrieron realmente las puertas de la democracia cierta y cotidiana a la ciudadanía. En Manzanilla las ganó el PCE, aunque empató a concejales, cinco, con la UCD. El único concejal del PSOE elegido no votó la candidatura comunista, a pesar del pacto firmado entre ambos partidos, pues había un sector dentro de la organización socialista con sesgos muy anticomunistas. Conseguimos la alcaldía por ser la lista más votada. Y, en mi caso, además de ser el primer alcalde de Manzanilla en esta etapa democrática, también fui diputado provincial, el más joven de Huelva, con 25 años.
El día que tomé posesión como alcalde, me contaron que se fueron unos días de Manzanilla algunas personas, identificadas como la derecha más rancia y vinculados a los episodios represivos de la Guerra Civil. Pensaban que una de mis primeras medidas sería el mandarles llamar y detenerles para pedirles responsabilidades. Habían olvidado las palabras que pronunciamos en la plaza pública el día de la legalización del PCE, afirmando el compromiso de nuestro partido con la reconciliación nacional.

Pero también algunos camaradas venían a mi casa, que por fin pude conseguir que me alquilasen una bien modesta y que además en su parte trasera nos servía de sede del partido, para contarme todas sus experiencias en la guerra y en la posguerra, y, en algunos casos, solicitarme justicia, una venganza justa contra aquellos aún vivos que habían sido responsables de la muerte de sus familiares. El camarada Rafael, histórico militante, al que le habían matado un hermano y que además había sufrido en sus propias carnes la cárcel y la persecución, fue la persona con más convicción que explicaba a esos camaradas, aún dolidos en el recuerdo, que la venganza era algo inútil, sin sentido y además perjudicial para conseguir una democracia avanzada, como pretendíamos los comunistas.

Pero, aún teniendo una Constitución democrática, un Congreso y un Senado, unos ayuntamientos elegidos… todavía quedaban rescoldos y tendencias fascistas en partes minoritarias de la sociedad. Así ocurría igualmente en los pueblos. Pude ser testigo del despido fulminante de un trabajador que mostró su predisposición a presentarse en su empresa, una fábrica de ladrillos, como delegado sindical por Comisiones Obreras. Asistimos igualmente a desfiles fascistas en algunos pueblos, buscando la provocación. Y en mi caso, viví la experiencia de cuatro atentados contra mi coche, coincidiendo dos de ellos con aniversarios de la Constitución: una pintada, una rotura con adoquines y en dos ocasiones quemado con gasolina.

Nunca se supo quiénes eran los culpables, salvo en la última ocasión, en la que la policía puso a disposición de la Audiencia Nacional, aplicándoles la ley antiterrorista, una banda de extrema derecha que entre sus atentados también estaban los incendios de las sedes de Comisiones y UGT y el de mi automóvil. Meses después, la Audiencia Nacional consideró estos hechos como delitos de estrago y no de terrorismo, devolviendo los expedientes a diferentes juzgados, perdiéndose todos los papeles que hacían referencia al atentado contra mi coche. Estaba claro que todavía la transición no se había completado en el campo de la justicia, y en muchos otros, más retardatarios aún, como la policía y los militares, se estaban preparando incluso intentos de golpe como la Operación Galaxia y más tarde el 23-F…


* Sebastián Martín Recio fue alcalde de Manzanilla y diputado provincial de 1979 a 1983. Es Alcalde de Carmona (Sevilla) desde 1995
   
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