Warning: pg_result() expects parameter 2 to be long, string given in /var/www/webs/transicion/web/admin/F_bd.php on line 33 La transición de Andalucía
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  29 de febrero de 2012
  Antonio Fernández Jurado
  Un pulso a Fraga
  Recordar un pasado en el que uno tuvo un determinado nivel de protagonismo resulta siempre un ejercicio difícil por lo que de subjetividad tiene casi toda añoranza, y más si la actividad a recordar se dejó hace ya algunos años y, además, si se le suma el componente de parcialidad personal que hay en cualquier análisis; la dificultad de ese ejercicio de nostalgia es evidente, pero no por ello, menos gratificante e importante. Y es importante porque la intención de los amigos y autores que me invitan a participar en esta obra, y que agradezco es, sin duda alguna, fundamental para entender la realidad política de la Huelva de todos estos años de democracia.

Credibilidad democrática.
Dicho esto, reconozco que casi sin darme cuenta, de manera casi casual, me veo una tarde de un fin de semana del otoño de 1977, involucrado en una gestora, compuesta casi al 50% por mujeres y hombres jóvenes de Alianza Popular. Partido vapuleado en las primeras elecciones democráticas, con una rémora de nombres y hombres “ilustres” instalados en la incomprensión de los nuevos modos políticos e institucionales, aunque a algunos –justo es decirlo– no les faltase cierto talante liberal y democrático, pero todos, arrastrados por la debacle electoral y envueltos por la personalidad de unos líderes sociológica y popularmente demasiado identificados y relacionados con el sistema político dictatorial finiquitado.

Así era el escenario en el que me encuentro, como decía, casi fortuitamente y que, luego, tras intentar estructurar una Junta Directiva que se reveló como imposible, después de tocar a más de 60 personas, asumo para presidir aquella gestora que debía salvar la difícil coyuntura y, sobre todo, mantener la presencia pública de la fuerza política a la que representábamos.

Una vez definido este objetivo, se planteaba una segunda operación, de gran calado y exigencia de habilidad, tranquilidad y paciencia. Esto era, de acuerdo con el criterio de los que éramos más jóvenes, irnos desvinculando de los lastres, no siempre exactos y bien comprendidos, franquistas. Había que hacerlo, internamente, sin prisas pero sin pausas y externamente, mostrando nuestro verdadero talante personal de compromiso democrático en el que al menos en lo que a mí respecta y creo que en muchos compañeros más, quedó rápidamente definido y nunca pudo nadie dar lecciones de credibilidad democrática a quien entonces ya presidía el Partido. Todo ello, teniendo en cuenta que los dos grandes partidos dominantes y, muy especialmente, quien gobernaba –que era UCD– o nos ignoraba a nivel local o nos descalificaba en general, lo que estratégicamente era lógico ante la disputa de un mercado electoral similar y como tapadera, pues muchos d sus dirigentes tenía el mismo pecado de origen y acaso más que algunos jóvenes dirigentes de Alianza Popular que, como quien esto escribe, jamás tuvo, ni de lejos, relación alguna con el franquismo o sus organizaciones, ni tan siquiera las juveniles.

Curiosamente, cuando UCD fracasa, se desmembra –incluso antes– y no es capaz de asumir la “travesía del desierto” que supone la pérdida del Poder, desembarcan en el Partido que denostaron, no solo para subsistir políticamente, y algunos de aquellos gobernadores Civiles que nos aislaban, a veces boicoteaban actos, pedían la militancia y algunos llegarían a conseguir cargos de más alto nivel, no ya en la organización interna, sino en el Grupo Parlamentario y hasta Consejerías o Ministerios, cuando se llegó al poder en los años noventa.

Así fueron los primeros años: fracasos electorales en 1977 y 1979; casi marginación en los debates preconstitucionales; descalificación por ambos flancos, centro derecha e izquierda; errores de estrategia, aunque la verdad es que el impacto fue escaso gracias al inmenso patinazo de UCD, en relación al referéndum autonómico andaluz y comienzo del protagonismo a partir de 1982, con una UCD finiquitando y la inmediatez del acceso del PSOE al Poder.

Mis recuerdos me llevan hacia dos etapas de protagonismo personal directo. De 1977 a 1980, donde ponemos los cimientos de credibilidad a nivel local, a punto de perderse tras una minicrisis interna en mayo de 1980 por la que abandono voluntariamente la Presidencia Provincial de Alianza Popular, lo que es un dato significativo, pues indicaba que ya se iba perdiendo el miedo a militar y figurar en las filas del Partido, lo que había sido imposible en el recordado otoño de 1977.
Es a partir del año 1982 cuando se comienza a abrir el horizonte, justamente, con la mayoría absoluta del PSOE, y en el año 1983 reaparezco en primera línea al acceder nuevamente a la Presidencia Provincial de AP, a instancias de los jóvenes de Nuevas Generaciones. Me encuentro que todavía el caudillaje de Fraga –con quien no suelo compatibilizar– pesa mucho, pero hay un secretario general con talante abierto, que es Jorge Verstringe y que contrapesa muchos de los desaciertos del líder y el carácter presidencialista de la organización, además de tener –debo decirlo– cierta predilección hacia nuestra organización onubense y la figura del presidente provincial.

El PSOE, por otra parte, nos arrolla en su mayoría en todas las instituciones, con poder y presencia mediática, pero nos respeta. Nos da el juego justo, no nos ahoga. A veces, se aprovecha de nuestras debilidades y déficits estructurales, pero reconoce y acepta, incluso en algún caso, apoya ante dirigentes de AP en Madrid, nuestros esfuerzos por ganar credibilidad, fundamentados en algunas ocasiones en un enfrentamiento directo con algunas directrices del aparato del Partido, fundamentalmente contra el empecinamiento de Fraga por los nombres, antes que los hombres, dada su necesidad de rodearse de personajes con etiquetas determinadas, al margen de sus capacidades, para contrapesar su falta de imagen electoral.

Es en este periodo 1983-1986, cuando comenzamos a ser un verdadero partido. Se inicia una verdadera estructura territorial, se tiene clara presencia municipal, se profesionalizan algunos cargos internos, se comienzan a tratar líneas estratégicas y programas, se organizan actividades y se va incrementando la militancia; se captan concejales independientes y la presencia pública se intensifica. En definitiva, se comienza, aunque quede mucho para conseguirlo incluyendo grandes crisis, el trabajo que llevará al Poder, años más tarde y se tiene ya verdadera conciencia de Oposición.

Un pulso a Fraga.
Metidos en esta dinámica sucede en Huelva un hecho importante, aunque de índole interna en Alianza Popular (AP), pero que será definitivo para la consolidación del partido y que refrendará el compromiso democrático de quienes dirigíamos a nivel local este partido. Por primera vez en la historia de AP un grupo se enfrenta al líder Fraga y el aparato político-organizativo del Partido, lo hacen frontalmente, con Congreso Extraordinario incluido, y ganan. Insólito para aquella época, pero cierto. El PSOE se mantuvo expectante, respetuoso, sorprendido, tal vez, por nuestra insolencia casi suicida, pero desde luego, alegre por la solución final puesto que, aunque todavía muy minoritarios, tenían unos posibles interlocutores claros, rectos y rebeldes con los modos autoritarios.

Esta crisis dio buenos rendimientos al Partido, pues a pesar del inopinado y absurdo cambio de posición, propugnando el abstencionismo en el referéndum sobre la OTAN, los resultados electorales de 1986, especialmente en el ámbito autonómico, se tardó muchos años en verlos superados por el propio Partido y supusieron ya un éxito personal. Lamentablemente, situaciones posteriores e internas del Partido, que se salían del propio ámbito provincial, me hicieron renunciar a la militancia y acabar en el Grupo Mixto del Parlamento de Andalucía.

Tras diez años de intenso trabajo, la primera vez que tuve un cargo electo, siempre había sido dirigente, debí irme y ello me dejó con una deuda moral ante muchos que me apoyaron y confiaron en mí. Esta circunstancia terminó por dar la razón a Carlos Navarrete, a la sazón secretario provincial del PSOE, quien tras un debate radiofónico, me auguró poca permanencia en AP tras comprobar el talante y las líneas argumentales de las que hacía gala y no se equivocó.

Es ésta, quizás, una reflexión muy personalista, pero obedece a criterios basados en evidencias, con testigos presenciales de lo relatado, a quienes con algunos amigos ya ausentes, quisiera homenajear en estas líneas por haber sido copartícipes de ese proyecto que se inició con una dura travesía del desierto político, siguió con una tendencia rotunda a la desvinculación con el sistema anterior en lo político, que no en lo personal, pues no era necesario, y un inexcusable compromiso de talante democrático y que continuó con la consolidación de una formación política, anticipo de la obtención del poder. Ésta fue nuestra aportación, en unos años apasionantes, llenos de inquietudes y esperanzas, de renuncias y consensos, de alto nivel de romanticismo político y de afanes dignificadores de la función política, frente a la tendencia profesionalizadora de los tiempos actuales y que en nuestra Huelva, afortunadamente, vivimos con sosiego, sin grandes enfrentamientos ni traumas, con respeto mutuo.

Huelva tuvo una UCD a favor de una corriente coyuntural, pero de gran debilidad estructural; un PSOE que fue y sigue siendo hegemónico; una AP abnegada y esforzada en sus orígenes, para demostrar credibilidad democrática que consiguió, y un PCE, que hizo renuncias importantes y estuvo a la altura que las circunstancias demandaban.

En fin, Huelva tuvo una Transición creo que ejemplar, sin grandes elementos de crispación y por tanto, privilegiada. Quizás, el dominio socialista y el estilo de sus más destacados dirigentes resultaron decisivos para ello. Así lo viví y lo recuerdo. Son percepciones, probablemente subjetivas, pero que no obvian el orgullo de haber tenido, posiblemente, un pequeño papel en aquellos años y sí un importante protagonismo interno en la democratización de una fuerza política conservadora, facilitando su camino hacia una modernización, preludio de su máximo éxito electoral y que como hecho alternante del poder político pudo ser punto de culminación del proceso de Transición.


*Antonio Fernández Jurado fue secretario provincial de AP y parlamentario andaluz.
   
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