Warning: pg_result() expects parameter 2 to be long, string given in /var/www/webs/transicion/web/admin/F_bd.php on line 33 La transición de Andalucía
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  29 de febrero de 2012
  Eduardo J. Sugrañes Gómez
  La democracia llega a las cofradías
  Las hermandades siempre han destacado por su vida asamblearia, con elecciones democráticas para los cargos de su gobierno. Ejemplo son las reglas de la Hermandad de Siervos de María Santísima Dolorosa de Huelva, de 1774, en la que uno de sus capítulos refiere a las elecciones, aunque en él había ciertos privilegios para los que eran profesos. Sin embargo podemos ver cómo en la Hermandad del Santo Entierro, la previsiblemente más antigua de las cofradías onubenses, en sus estatutos de 1887 señala también en su articulado la elección democrática de su junta de gobierno, dando especial valor al cabildo general de hermanos que habría de ser quien “elegirá por votación secreta a la Junta de Gobierno de la misma”. La creación de la Diócesis en 1954 da nuevo cuerpo jurídico a las hermandades con la creación del Consejo General de Cofradías, siendo nombrada su junta de gobierno por elección entre sus miembros, aunque había una tutela eclesiástica al ser el presidente un sacerdote designado por el obispo.

Democracia y fe. Con la llegada de la democracia en nuestro país las hermandades van a continuar siendo un grupo social y religioso importante. No hay miedos, eso quedó en época ya superada, cuando en la Guerra Civil perdiera su patrimonio artístico, aunque aquellos eran otros tiempos de cambios políticos muy distintos. No hay que olvidar tampoco que las hermandades venían respirando ya el nuevo aire del Concilio Vaticano II. En este primer periodo de Transición las hermandades van a estar presentes en la realidad social. No se hace esperar y el 25 de julio de 1975 hay un decreto sobre revisión y renovación de las reglas y estatutos de las Hermandades y Cofradías en la Diócesis de Huelva. Se revisa en toda la provincia eclesiástica de Sevilla el decreto dictado por sus antecesores de 4 de febrero de 1930. El objetivo, no perder los valores cristianos en una nueva etapa que también comenzaba para que las hermandades y así “se renueven y crezcan en vitalidad”.

Quedaba igualmente claro el hecho democrático que en su historia han vivido las hermandades: “Los cargos de la junta de gobierno serán electivos” y para ello pueden “ser electores todos los hermanos que hayan cumplido dieciocho años”. Un decreto el de 1975 superado por las Normas Diocesanas para Hermandades y Cofradías de 18 de diciembre de 1998, donde vuelve a quedar claro el carácter eclesial de las hermandades, así como todo el proceso democrático asambleario. Se recoge bien claro las mismas oportunidades tanto para los hermanos como para las hermanas, no se hace distinción expresa de sexo, como bien recoge el nuevo Código de Derecho Canónico, de 21 de agosto de 1983.

Volviendo a la etapa de la instauración de la democracia, hay quienes piensan que las nuevas corrientes de un Gobierno aconfesional acabarían con esta manifestación de fe. Lejos de ello se ve a políticos que de siempre habían sido cofrades y continúan en sus hermandades, o como otros de nuevo cuño, de nuevas ideas, e incluso de partidos de izquierdas, que aparecen en las procesiones y reciben con beneplácito las medallas de las hermandades. Lo cierto es que a la nueva sociedad y a la política le interesa cuidar y mimar el movimiento popular de la religiosidad, también lleno de diversidad.

Sin embargo se potencian otras fiestas lúdicas, como el carnaval, pero no llega a hacerle sombra a la Semana Santa, a pesar de contar con apoyo y subvenciones institucionales. Con lo cual los políticos tienen aquí un termómetro de la realidad. La Semana Santa es un hecho real vivido desde hace siglos, sin necesidad de subvenciones.

Lejos de ver que este es un movimiento en decadencia, la Semana Santa va a contar con un gran impulso cofrade. La aportación de la juventud como protagonista de las cuadrillas de los pasos le ofrece el aire fresco necesario, se revalida como movimiento ciudadano más importante en la ciudad. El derecho de asociación pública que garantiza la Constitución también le permitirá tener sus propias casas de hermandades, verdaderos centros de reunión. Antes sólo eran pequeños lugares de secretaría que se abrían días antes de la salida para el reparto de las papeletas de sitio o de las túnicas de los penitentes. Las casas de hermandades se van a convertir en focos de movimiento social.

También hay que señalar la creación de las propios templos de algunas cofradías, como ocurre con la Hermandad de la Esperanza, que vivió su ‘exilio’ obligado de 1963 a 1978 al derribarse su templo de San Francisco y luego no poder volver a él. En 1979 hay un gran movimiento social para que la Esperanza cuente con su propio templo, lo que le da  independencia aunque sin salirse de la disciplina eclesiástica. La Iglesia también dará cauce jurídico a la nueva forma de Estado, y velará porque se garanticen los procesos electorales. Nacen entonces las aludidas Normas Diocesanas de 1975, que dejan bien claro los derechos de cada miembro de una cofradía y la periodicidad de los órganos de gobierno.

Igualdad cofrade.
Algunos aspectos de normalización esperaron hasta 1996, gracias al nuevo código de Derecho Canónico, donde no se deja duda a la participación de todos los hermanos y hermanas en igualdad, superado desde el principio en muchas hermandades con la participación en los cortejos procesionales, pero tenían cierto veto para su acceso al gobierno de la cofradía o en actos protocolarios, donde a la mujer se le había relegado a un segundo plano. Sin embargo en esto de la igualdad de la mujer las hermandades sólo han sido reflejo de una sociedad que hasta la fecha actual ha tenido que autoimplantarse ‘cuotas’ de participación.

No hay que olvidar que el gobierno participado de las fuerzas militares como en la Hermandad de Mutilados deja de existir y se integran a la normalidad democrática. Por otra parte aparecen nuevas hermandades, primero la del Calvario creada en 1972-1973 e integrada en las salidas profesionales de 1974, a la que le siguen otras aumentando en este tiempo la nómina de las cofradías. Es significativo ver cómo hasta 1936 había ocho cofradías, nómina que en la posguerra se ve aumentada en otras ocho, y en el nuevo periodo que abre la del Calvario hasta hoy se ha incrementado en diez cofradías, tres de ellas desde 1999.

Uno de los cambios de la separación entre poder civil y cofradía, aparece reflejado en la vida económica. Las cofradías van a independizarse del Ayuntamiento en cuanto a la explotación de sillas y palcos en la Carrera Oficial, lo que gestionaba el municipio, quien había acudido en determinados momentos a socorrer económicamente a las cofradías. Ahora éstas van a tener con la explotación económica de la Carrera Oficial una fuente de ingresos directa que contribuirá a su crecimiento, lo mismo que la participación de nuevos hermanos en otras formas de ingresos. Aunque pasado el tiempo se ha impuesto tanto en gobiernos municipales socialistas como populares una subvención a las hermandades, más parecida a una ayuda cautiva que a reconocer la realidad social que, como otro fenómeno de movimiento ciudadano, se pueda tener desde el Ayuntamiento.

Esta independencia se observa con la organización de la Carrera Oficial, que pasa a tener en la calle un mayor sentido de manifestación de religiosidad popular que meramente social. Se eliminan así los palcos del Ayuntamiento y del Gobierno Civil, queda sólo el de las cofradías, que se instala frente a la puerta del Consistorio. Pero las instituciones civiles no dan la espantada, sino que el Ayuntamiento de la ciudad acude a este palco que preside el obispo de la diócesis y el Consejo de Hermandades, y a participar en la procesión oficial del Santo Entierro.

Ahora la realidad es que los políticos buscan integrarse en este movimiento de religiosidad popular, su interés es estar donde hay vida ciudadana y aquí existe. El peligro surge para la propia religiosidad popular, en que se pueda ver vacía de contenido, ya que no se puede negar lo evidente de participación ciudadana con la que se quiere estar cerca a costa de todo. Por ello su carácter democrático reafirma también su sentido eclesiástico de religiosidad popular.


*Eduardo J. Sugrañes Gómez es periodista.
   
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