Warning: pg_result() expects parameter 2 to be long, string given in /var/www/webs/transicion/web/admin/F_bd.php on line 33 La transición de Andalucía
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  29 de febrero de 2012
  Javier Barrero
  La vitalidad de una generación
  Mi primer encuentro con Huelva es en el año 1978, cuando llego para incorporarme a un despacho laboralista creado por Carlos Navarrete y José Antonio Marín Rite, en el que entonces ya solo estaba José Antonio. Allí coincido con Andrés Escalante y conmigo se incorpora también Carmen Iglesias, conformando uno de los despachos más prestigiosos de Huelva. Defendíamos a todo el mundo, llevábamos asuntos tanto a CC OO y UGT como de urbanismo y llenábamos la Magistratura de asuntos, llevando hasta quince o veinte temas. El despacho estaba en la cuarta planta –sin ascensor– de una casa de la calle Gobernador Alonso y sosteníamos que la persona que superaba a pie esas cuatro plantas no podía venir a pedirnos una incapacidad laboral porque que subiera aquellas escaleras era la prueba de que estaba bien. Fue una época muy bonita y el ambiente era magnífico.

En el despacho también hacíamos política y era una asamblea diaria; siempre estaba lleno de gente. Otro de nuestros cometidos fue apoyar al PSOE pasando consulta en los pueblos. Era curioso, porque pasábamos consulta para ayudar a la UGT a asentarse en los pueblos  tramitándole papeles y haciendo demandas, y también para hacer partido y constituir Agrupaciones Locales. Las condiciones eran más que precarias, recuerdo a personas como Trinidad, en Isla Cristina, que tenía una pequeña máquina de escribir que se estropeaba cada poco y con la que confeccionábamos las demandas para muchos marineros que no tenían dinero para poder ir al Juzgado. En una ocasión terminamos en Cala las consultas públicas en la Guardia Civil porque nos llamaron para solucionar un problema que tenían unos trabajadores y tuvimos que hablar con el cabo para hacerle ver que no íbamos a hacer ninguna revolución.

Un mítin en la sierra.
En aquellos años no era fácil conectar y hacer afiliados del PSOE porque todavía había miedo. Recuerdo que durante la campaña de las elecciones de 1979, fui con Antonio García Correa y Curro López Real a dar un mítin en un pueblo de la Sierra. Allí, en la escuela donde se iba a celebrar, no había nadie, sólo un compañero del partido y una mesa. Cuando estábamos a punto de marcharnos y suspender el acto por falta de público, alguien nos trajo un megáfono y nos dijo: “Traigo esto para que deis voces porque la gente está escuchando detrás de los visillos”. Y es que la derecha iba diciendo que los socialistas les íbamos a quitar las tierras, incluso “la tierra de las macetas”, por lo que entre el miedo que aún quedaba de la Guerra Civil y el miedo a los rojos la gente no se atrevía a acudir, no fuera a ser que los viera el cacique del pueblo o la Guardia Civil.

Recuerdo con mucho agrado todos estos años, y las anécdotas que se dieron en las primeras campañas electorales que tuve la oportunidad de hacer junto a Curro López Real, quien sostenía que Felipe González era “lo más parecido que había visto a Indalecio Prieto, una especie de Indalecio Prieto puesto al día”. López Real fue un demócrata ejemplar que nunca presumió de haber estado en la cárcel porque, como él decía, “sólo los tontos conseguimos que nos cojan...”

Eran campañas muy entrañables y no niego el miedo que a veces pasábamos. Recuerdo estar con José Antonio Marín en un local que nos dejaron para dar un mítin en Santa Olalla del Cala cuando, mientras estábamos hablando, de repente, en la primera fila, donde no solía haber nadie en los mítines, apareció un señor dando unos zapatazos muy fuertes mientras andaba y que sentó en una esquina de la primera fila mirándonos de una manera muy desafiante, a ver qué decíamos. Resultó ser el brigada de la Guardia Civil que había aparecido como para decirnos “a ver que hacéis aquí”.

En los ayuntamientos.
No cabe duda de que aquélla era una época muy atractiva. En 1979 ganamos las elecciones municipales, formo parte de la Ejecutiva Provincial del Partido y se me encomienda coordinar los temas municipales. Teníamos la Alcaldía de Huelva y, de casi veinte pueblos, además de siete diputados provinciales y cientos de concejales a los que había que coordinar y apoyar. La mayoría eran gente que no tenía ni idea, no sabía cómo era un Ayuntamiento; veníamos de unos Ayuntamientos franquistas y de repente se llega a ellos sin que muchos sepan lo que era un Pleno, cómo se votaba, qué había que hacer, qué era un concejal de Urbanismo... y eso nos llevó a crear una Oficina Municipal, que monta Juan Ron y después se me encomienda con Pepe Mora, ayudados por arquitectos como Pepe Álvarez Checa, José Ramón Moreno y Jaime Montaner, y Francisco Javier Romero como economista. Éste fue el embrión de una oficina técnica de apoyo a los ayuntamientos, que es lo que después fueron las diputaciones. Recuerdo que, entonces, los compañeros del PSUC y del PSC nos mandaban libros sobre cómo funcionaba un concejal, qué significaba el suelo urbano, qué era la recaudación local, una zona verde, una vivienda de protección oficial... y es que en muchos casos, frente a una derecha que en aquella época estaba compuesta generalmente por abogados y gente muy formada, el alcalde y los concejales que asumieron los ayuntamientos eran señores que venían de trabajar del campo o de un local comercial pequeño, o eran obreros que de repente se enfrentaban a los servicios que ya demandaban los ciudadanos a un ayuntamiento.

Un grupo de gente trabajando en equipo trataba de suplir todas las deficiencias que tenían los ayuntamientos. Recuerdo que hacíamos mociones a Pleno, que nadie sabía lo que eran, suplíamos secretarios de ayuntamientos que muchos no tenían;... aquella oficina municipal tuvo mucha autoridad y legitimación en el PSOE de Huelva. Empezábamos de la nada.

Fue una época muy difícil, aunque a pesar de las dificultades, recuerdo con mucho agrado incluso los momentos de la crisis del PSOE por el abandono del marxismo que llevó a la dimisión de Felipe González y a que hiciera un periplo por todas las provincias, incluida Huelva, haciendo campaña para tratar de volver a la secretaría  general. Aquello significó para algunos de nosotros asumir mejor la ideología del partido, en el que algunos creíamos que era preciso un golpe de timón y renovarlo.

A principios de los años ochenta continúa el despacho de abogados, aunque José Antonio Marín Rite se va y nos quedamos Andrés Escalante, Carmen Iglesias, Jesús Mariano y yo, manteniendo unos niveles muy altos de apoyo a los trabajadores, estando abiertos también a otros sectores y manteniendo su compromiso político para colaborar en el acercamiento ideológico del PSOE, aproximándolo a los ciudadanos, al centro sociológico de la ciudad, a sectores profesionales, a los que se acerca bastante al partido llegando con mucha facilidad a arquitectos, médicos, etc, a los que llevábamos numerosos asuntos. Ello nos permitía que el PSOE no tuviera sólo la cara obrera, sino también la de profesionales, gente progresista, pequeños y medianos empresarios que pasaban por el despacho, que fomentaba la imagen de credibilidad de un PSOE que era de centro izquierda.

Pero no todo era ilusión. En el año 1979 ya tuvimos la advertencia del partido a determinados despachos -especialmente al nuestro- para que tuviéramos cuidado por el primer intento de golpe de Estado en la Cafetería Galaxia, de Madrid, porque sus promotores suponían que en cada provincia había alguna gente que habría que quitar de enmedio.

Intento de golpe.
En el año 1981 tuvimos la segunda llamada de atención más fuerte. Los momentos más difíciles que pasamos en Huelva son con motivo del intento de golpe de Tejero. Ese día estábamos en la sede del partido en la calle Isaac Peral. Eran las seis y media y yo me encontraba en una reunión con compañeros cuando –de repente– el senador José González Gastañaga, entra en la sala y dice “están pegando tiros en el Congreso”. Fuimos corriendo al despacho de Carlos Navarrete, que precisamente estaba en el Congreso y acababa de votar cuando comienzan los incidentes. Oímos la radio y confirmamos la noticia. Vienen los nervios iniciales de no saber nada. En la sede estaban también Manuel Eugenio Romero y Jenaro García-Arreciado y pedimos a todos que se marchen y se escondan. Algunos recogieron los ficheros; alguien llamó a José Antonio Marín para confirmar que estaba bien; nos llamó el Gobernador Civil Jesús Posada y nos puso en la puerta un Policía Nacional; cosa que le agradecimos mucho, porque se temía que algún loco pegara dos tiros, matara a alguien y como consecuencia de ese desorden se diera justificación a los militares para salir a la calle. Además, días antes de los sucesos del 23-F había habido señales de entrenamiento durante un tiempo antes en una galería de tiro en Huelva, y se tenían identificadas a algunas personas potencialmente peligrosas.

Jenaro y yo nos quedamos coordinando la situación y recibimos algunas llamadas curiosas de gente que quería saber qué había que hacer; otros preguntando si tenían que ir para el partido, y alguno ofreciéndose incluso a ir con la escopeta de caza que tenía, para defender la sede. A todos tratamos de calmarles y les pedimos que se quedaran tranquilos. No recuerdo miedos, ni recuerdo nervios, pero sí este tipo de anécdotas y la sensación de alguno de nosotros preguntándonos “cómo es posible esto? No somos capaces de sacar a este país de la negrura?” Recuerdo esas horas como de una impotencia infinita después de tanto esfuerzo por volver a traer la democracia a España. Cuanto terminó el día fui por mi familia y nos marchamos a dormir a casa de Juan Pérez, un oficial que teníamos en el despacho. Debo reconocer que ya ese mismo día me llamaron un par de abogados muy de derechas ofreciéndome su casa y haciendo extensible la oferta a José Antonio Marín, a Carlos Navarrete y a quien hiciera falta; gesto que es muy de agradecer porque en aquella época nosotros éramos gente especialmente señalada y hubiéramos tenido un fin muy complicado si los acontecimientos del Congreso hubieran seguido adelante.
Una semana después Alfonso Guerra nos convocó a todas las provincias a una reunión para tratar sobre temas de seguridad, a la que me acompañó Juan García Barranca. Allí nos explicó algunas técnicas para evitar que tuviéramos más dificultades, nos tranquilizó, nos aseguró que habría más seguridad y que el Gobierno tenía controlada la situación. Aquello nos calmó porque recuerdo que, pasados los incidentes, estuve con Tomás Seisdedos por El Rompido donde se empeñó en enseñarnos la ruta que tendríamos que seguir entre Aljaraque y El Rompido por si tuviéramos algún problema y poder llegar a la frontera de Portugal por Ayamonte. Pero resulta que, mientras la recorríamos nos perdimos en un camino forestal. Así que si hubiera pasado algo seguro que nos hubieran cogido porque tendríamos que haber pedido auxilio para salir de allí..., y es que aún en muchos compañeros socialistas había un cierto sentimiento de inseguridad y de clandestinidad que llevaba a este tipo de situaciones.

El 82 fue el año del triunfo del PSOE y con ello se entra en la recta final de la Transición. Durante esta etapa fundamental en la historia reciente de España hay un despertar importantísimo de Huelva, una provincia tranquila, económicamente colonial, de una cierta marginalidad, a la que la Dictadura había tenido en una situación colonialista, de forma que el propio Polo Químico es una situación colonial, porque lo ponen en el sitio donde les apetece sin pensar en que algún día la ciudad de Huelva va a desarrollarse, y sin nadie que se les enfrente.

Una generación.
De repente, como consecuencia del trabajo que se había estado haciendo Huelva despierta y hay toda una generación que fundamentalmente ficha Carlos Navarrete. Entre ellos están Jenaro García Arreciado, Francisco Javier Romero, Petronila Gerrero, Aurelio Barreda, Amalia Periánez, José Antonio Marín, Jaime Montaner, y yo mismo, y a su alrededor promovemos un cambio de opinión tanto en el mundo del trabajo como en el profesional.

Tengo magníficos recuerdos de gente como Juan José Domínguez o Fernando Vergel, profesionales verdaderamente demócratas. Durante la Transición hay toda una generación que se levanta, que adopta primero una identidad democrática y luego identidad de provincia; que tiene una gran energía y vitalidad, llenando Huelva de mucho calor. También había buena gente en la UCD. Pérez Miyares hace mucho por la democracia durante la Transición desde una posición más moderada, encabezando a la UCD con la que gana por mayoría absoluta las primeras elecciones. En aquella época Huelva era más bien conservadora y considero que la UCD era el partido que más le podía significar para sus intereses, pero Huelva despertaba y tengo la sensación de que la Transición es una especie de despertar de toda una generación y toda una provincia.

A provincias como Huelva, la Transición y la democracia la ponen en el mapa. La dictadura había quitado a Huelva del mapa y la democracia la devolvió a él. Huelva existe por la historia tan grande que tiene, pasa el paréntesis de la dictadura y recupera su grandeza histórica a partir de la democracia, que recuerda a todos que Huelva existía. La Transición es el despertar. Muchos echamos de menos que se reconozca que la Transición significó encuentro entre ideologías muy diversas y gente muy dispar. Era diálogo, consenso, encuentro; era como decir “nos ha sido tan negra la dictadura que, por muy diferente que pensemos, no hagamos ningún gesto que la pueda despertar?”.

La tolerancia, la convivencia, el consenso, el acuerdo, eran elementos básicos, reflejo del miedo que teníamos a que unas conductas muy agresivas nos volvieran a las dos Españas, a las dos Huelvas, y esa sensación de acuerdo y de diálogo es también una sensación de plenitud en la Transición. El otro existía, existía una ideología distinta, tenía el denominador común de la democracia, de un luchador demócrata que tenía como objetivo consolidar la democracia y conformar un modo de convivencia en libertad y en paz. Eso nos hacía a todos muy iguales en ese denominador común. Había mucho encuentro, aunque también es verdad que se luchaba por lograr una afirmación democrática. La Transición vislumbraba el nacimiento de algo tan delicado que además de emocionarnos nos hacía ser especialmente prudentes evitando crispaciones e intentando consensos y acuerdos.


*Javier Barrero es diputado del PSOE por Huelva.
   
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