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29 de febrero de 2012 |
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Petronila Guerrero Rosado |
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La política y los jóvenes en la Transición |
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Nací en el año 1953, lo que evidencia, en primer lugar, que ya he sobrepasado la cincuentena, hecho biológico que de entrada no me puedo creer; y en segundo lugar, que pertenezco a la generación más joven de la Transición. Los auténticos protagonistas habían nacido en la década de los cuarenta; algunos habían vivido la Guerra pero la mayoría eran hijos de la posguerra. Yo tuve la suerte de nacer unos años más tarde. Todos y todas habíamos sido educados por la Dictadura y la mayoría de los ambientes familiares desde luego el mío lo era estaban adormecidos por la necesidad de sobrevivir de la mejor manera posible.
Toma de conciencia. La Iglesia, Fraga, Carrero Blanco, Raphael, José Maria Pemán
se mezclaban con Marx, el Che Guevara, los Beatles, Serrat, Constantin Kavafis, Walt Whitman, y por encima de todo y de todos: Franco, El Generalísimo. Como la inmensa mayoría de las mujeres de mi generación, yo no tuve la oportunidad de ir a la Universidad y, por tanto, no pude tener contacto con aquel germen de rebeldía contra el Régimen, de reflexión y de adoctrinamiento que fueron las aulas universitarias.
Mi conciencia fue tomando cuerpo de manera mucho más visceral, y sinceramente, creo que eso ha marcado toda mi vida. Siempre he puesto demasiado corazón en la política, y en aquellos años tan convulsos la indignación, la rabia y la prisa se mezclaban con la impotencia y el miedo. Vivíamos en una sociedad silenciada por la prudencia, pero tan pronto mostrabas un mínimo indicio de interés te llegaban panfletos, copias de manuscritos de presos políticos torturados en las cárceles, libros prohibidos por la censura, cassettes con canciones revolucionarias... Algo empezaba a cambiar. A Huelva todo llegaba amortiguado por la censura, pero a partir del año 1970 las cosas comenzaban a moverse también aquí. Las huelgas, las manifestaciones, el proceso de Burgos, la muerte de Carrero Blanco
Amnistía y libertad. Sentados en las mesas de la calle del bar Los Tres Hermanos, hablábamos de política con los amigos. A algunos aquello no le gustaba demasiado, ¡que necesidad teníamos de meternos en follones!, decían. Al sonido de un silbato, en la puerta del cine Emperador, surgieron de pronto pancartas y banderas rojas y todos al grito de Amnistía y libertad empezamos a avanzar hacia la plaza de La Soledad. En realidad ésta fue mi primera actividad política, mi primera manifestación. No recuerdo exactamente que año fue, pero estábamos muy al principio de los setenta y seguramente fue por el proceso de Burgos. Nos recorrimos las calles todos muy juntos con la sensación de no estar pisando el suelo, como levitando, empujados por una fuerza que no había sentido antes. El nombre de Felipe González sonaba cada vez con más fuerza. Desde ese momento participé en todo cuanto pude y tan pronto tuve conocimiento de quiénes eran entré en contacto, primero con compañeros de la UGT y poco después con los del PSOE.
En el año 1975, cuando murió Franco, yo tenía 22 años, me había casado, tenia un hijo y estaba embarazada de mi hija. ¡22 años! Todos éramos unos niños, pero la necesidad nos había hecho madurar prematuramente. La esperanza empezaba a tener sentido y teníamos que hacer algo. Tenía que encontrar una forma de participar, de colaborar para que aquella esperanza no se frustrara. Tenía que hacer algo para que las cosas cambiaran, para que mis hijos no vivieran aquella sociedad, negra, gris las mejores de las veces, sin alegría, sin luz, sin libertad. Ese algo se concretó en la posibilidad de afiliarme al PSOE, y así lo hice el año 1976. Desde ese momento una gran parte de mi vida giró en torno a la política, como la de los pocos compañeros y compañeras que pertenecíamos al partido.
Aún sin legalizar, a finales del ese año se celebra en Madrid el 27º Congreso del PSOE, donde salió elegido por primera vez Felipe González. A este Congreso yo no asistí todavía, pero recuerdo perfectamente las discusiones internas de los compañeros y compañeras sobre Llopis y Felipe, a los que yo escuchaba embobada en la sede de la calle 18 de Julio.
No había descanso. Teníamos que extender el partido por toda la provincia y acontecimientos trascendentales se sucedían uno tras otro. Desde el Referéndum sobre la reforma política en diciembre de 1976, todo ocurre muy deprisa: la amnistía a los presos políticos; la legalización del Partido Comunista; las primeras elecciones generales libres; los Pactos de la Moncloa; el Pacto de Antequera; el referéndum por la Constitución; las elecciones generales de 1979; las elecciones municipales; el referéndum por la Autonomía de Andalucía; las elecciones al Parlamento Andaluz y las elecciones generales de 1982 en las que los del PSOE ganamos por mayoría absoluta y Felipe fue investido presidente del Gobierno.
Tantas cosas en tan poco tiempo. Nueve o diez años no son nada, y siempre hacia delante, avanzando paso a paso. Sólo hubo tres ocasiones en las que sentí el riesgo de retroceder; tres momentos que para mí tuvieron una fuerza extraordinaria, seguramente porque nunca había tenido contacto directo con actos violentos, otros compañeros tuvieron mucho peor suerte que yo: la operación Galaxia, en noviembre de 1978, las manifestaciones en Huelva reivindicando la Autonomía para Andalucía, en diciembre de 1979 y el Golpe de Estado el 23 de Febrero del 1981.
Pero al final, ya que se trata de hablar de sentimientos, de todos estos años vividos, tan intensamente solo tengo recuerdos entrañables. Siempre que íntimamente rememoro a los compañeros y compañeras lo hago con un cariño infinito. No citaré a ninguno porque tendría que nombrarlos a todos y a todas. Mis recuerdos son de esperanza e ilusión. Recuerdos alegres y positivos. Y por encima de todo un sentimiento de agradecimiento a mi partido por haberme dado la oportunidad de vivirlos en primera línea, la última de la fila pero en primera línea.
*Petronila Guerrero Rosado ha sido parlamentaria andaluza |
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