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29 de febrero de 2012 |
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Jenaro García-Arreciado |
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Ganamos para siempre |
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Suele decirse que todos los que tenemos edad suficiente para ello recordamos donde estábamos y que hacíamos el día que asesinaron al presidente Kennedy. Yo, además, recuerdo perfectamente lo que hacía y donde estaba el día que asesinaron al presidente Carrero Blanco, y estoy seguro de que al igual que yo muchos onubenses recuerdan perfectamente la luminosa y soleada mañana de diciembre de 1973 en la que se consumó el asesinato del almirante. Porque ese día y a esa hora comenzó, exactamente, la Transición española.
Listos para el cambio. Hasta ese momento no hubo conciencia social clara, mayoritaria y organizada, de que otros caminos eran posibles, además de necesarios y convenientes para España. La sociedad española, y la onubense, en la que existían desde mucho tiempo antes núcleos, generalmente reducidos, de personas convencidas de la necesidad de luchar pacíficamente para devolver a España al territorio de las libertades europeas y al ámbito de los Estados de Derecho del que nos arrancó la rebelión militar de 1936, comprendió de pronto que era llegada la hora de la acción, que se acababa de producir el derrumbamiento irrecuperable de un sistema político que mantuvo encadenadas durante demasiado tiempo a demasiada gente y que se cobró la vida y el exilio de muchos ciudadanos que se opusieron a su barbarie y a su violencia. Intelectuales y artistas, trabajadores y universitarios, políticos y periodistas se sintieron, de pronto, acompañados por millones de españoles que se unieron, con muy diversos grados de compromiso, a esa milagrosa, contundente e imparable operación de transformación sociológica y jurídica que se conoce y admira en todo el mundo con el nombre de Transición.
El intento no era nuevo en España; desde los Comuneros que lucharon contra el emperador Carlos, a los liberales del siglo XIX aniquilados por Fernando VII; desde los Ilustrados del XVIII en sus vanos intentos de modernizar las estructuras agrarias y económicas con Fernando VI y Carlos III a los defensores de la II Republica en el siglo XX que dieron su vida luchando contra la monstruosa aparición del fascismo, decenas de generaciones de españoles habían intentado redefinir el destino de España, poner las bases de un orden social más justo, abrir espacios de libertad en un país que, con la excepción de brevísimos intervalos, llevaba 500 años dominado por fuerzas oligárquicas de muy diferente naturaleza con el resultado de atraso, miseria, incultura y abandono colectivo que nos relata la historia.
Pero esta vez fue diferente; la necesidad del cambio era mayoritaria en la conciencia colectiva, el país poseía (por primera vez en su historia) recursos humanos y económicos suficientes para abordar las reformas necesarias, las propuestas de regeneración, transformación y cambio no representaban amenazas ni incertidumbres para ningún estamento social, todos o casi todos, para ser más preciso ganábamos en la operación. Y ganamos. Y ganó España. Y ganó Huelva.
Naturalmente la Transición no fue, ni inmediata, ni fácil ni, por desgracia, incruenta. Aún siendo muy minoritarios continuaron existiendo grupos muy poderosos (basta recordar el Golpe de Estado del 23 de febrero de 1981, o los asesinatos de abogados laboralistas de Atocha o los ominosos fusilamientos de 1975) que se enfrentaron brutalmente a las aspiraciones y deseos de la mayoría de la sociedad con la perversa y vetusta pretensión de embridarla de nuevo, de someterla otra vez al superior criterio de quienes se creían amos de nuestro destino. Pero fracasaron; por primera vez las fuerzas de la reacción fracasaron rotundamente en España, nunca habían tenido razón aunque siempre fueron muy poderosos y esta vez, afortunadamente, no tenían ni razón ni fuerza. Perdieron contra todos y, además, perdieron para siempre.
Este libro cuenta la historia de esa lucha en Huelva. En sus páginas puede verse como la sociedad se desperezó después de años de molicie. Floreció la cultura, reaparecieron los compromisos con el progreso, sindicatos y empresarios tomaron su papel en la sociedad, aparecieron dirigentes políticos prestigiosísimos donde nos dijeron que no existían, los Ayuntamientos comenzaron su inacabable tarea de mejorar permanentemente sus municipios, la sociedad eligió a sus dirigentes sin que se produjera el cataclismo de libertinaje que nos predicaban. La amnistía saldó muchas de las cuentas más dolorosas del pasado reciente, la Constitución derrumbo el aparato jurídico franquista que, en lugar de ofrecer garantías y amparo a los españoles, sirvió durante 40 años para sojuzgarlos impunemente y las autonomías dibujaron el mapa de una nueva concepción del Estado que, con ajustes y tirones, ofrece a todos un marco de defensa de lo individual y propio en el seno de lo colectivo y conjunto.. Volvió la vida, renacieron los sueños, recuperamos la dignidad y se inició la etapa más larga de progreso, libertad y justicia que nunca haya conocido generación española alguna.
Leamos el libro; con emoción los que fuimos testigos, actores o protagonistas de la época que en él se recuerda y relata, y el resto de los onubenses con el interés, el cariño y el respeto que la época merece. Leamos el libro todos, para que no se cumpla el afilado comentario de Antonio Muñoz Molina de que las grandes obras se vuelven, a veces, invisibles por culpa de su misma grandiosidad. Su monumentalidad las vuelve tan familiares que, al cabo de los años, nadie repara en ellas y quedan ahí, como una estatua en el centro de una plaza, en la que solo se fijan los turistas. Que todos sepamos que en medio de esa plaza antes que la estatua estuvo el horror y el oprobio.
*Jenaro García-Arreciado fue presidente de la Autoridad Portuaria de Huelva |
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