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29 de febrero de 2012 |
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José L. Camacho Malo |
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Isla Cristina: el Carnaval que nunca faltó |
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Llegué a Isla Cristina allá por los albores de los años setenta, y desde el primer momento comprobé que era una localidad carnavalera por excelencia, todos hablaban y no paraban de las fiestas típicas de invierno, nombre con el que se denominaban las carnestolendas al estar prohibidas. Pero era un veto ficticio, pues su alcalde, Emiliano Cabot del Castillo, era el primero que se disfrazaba, sobre todo el miércoles de ceniza, en el popular entierro de la sardina, único día que se permitía que los carnavaleros salieran con la cara cubierta, pues las demás fechas del calendario se podían disfrazar pero a cara descubierta y, como es obvio, el máximo mandatario municipal hacía la vista gorda, a pesar de las recomendaciones que tenía por parte del gobernador civil de turno para que las fiestas no se celebrasen, aunque bien es verdad que los municipales salían a la calle para que las máscaras no pudieran campar a sus anchas. Eran tiempos en que el régimen franquista no permitía estas manifestaciones lúdicas, pero para la antigua Higuerita no tenían vigor.
Una forma de vida. Adentrándonos en estas fiestas del Dios Momo, pudimos comprobar que los carnavales era una forma de vivir del isleño, y la única población de la provincia donde se celebraban estas manifestaciones, por lo que infinidad de personas e incluso de otros lugres de Andalucía, acudían cada febrero a Isla Cristina para vivir sus fiestas más representativas, en las que nadie se sentía forastero, debido a la cordialidad de los habitantes de esta población, que siempre han tenido esa justa fama de mente muy abierta. Fue a finales de los años setenta, cuando otra población de la provincia de Huelva, concretamente Ayamonte, se unía a este tipo de celebraciones, denominándolas Fiestas de la Alegría; son las dos únicas localidades de la geografía provincial que mantienen viva la llama del carnaval, hasta que a principios de los ochenta se unen Punta Umbría y Huelva capital, momento en que empiezan a proliferar por los pueblos las carnestolendas.
Pero centrándonos en la etapa en que estaban prohibidos los carnavales, hay que recordar los cuartos de ensayos de las distintas agrupaciones, donde comparsas, murgas y cuartetos de Isla Cristina se reunían desde primeros de septiembre para ir preparando los pasodobles, cuplés y popurrís que llegando febrero, con los almendros en flor, iban a interpretar en el Teatro Gran Vía. Sin lugar a dudas, los letristas tenían que ir agudizando el ingenio pero a base de bien, pues una vez compuestas sus creaciones tenían que presentarlas en el Ayuntamiento, donde un grupo de personas daban o no el visto bueno para que se pudieran cantar en el teatro, vamos que la censura les prohibía cantar a ciertas cosas, hechos o situaciones y por supuesto ningún tipo de palabras obscenas.
Bien es verdad que la censura tenía un trabajo para hilar fino y no dejarse escapar ninguna parte de una canción que pudiera resultar ofensiva. Cuando la censura daba a conocer a los letristas lo que no podían interpretar se formaba el revuelo, pues los murguistas o comparsistas no estaban de acuerdo en muchas de las apreciaciones de los sesudos miembros de la comisión de la tijera y las discusiones estaban al orden del día, aunque al final tenían que ceder. Pero he aquí la grandeza de las agrupaciones, pues a pesar de los disgustos que les proporcionaba el tener que modificar sus repertorios, cuando llegaba la hora de la verdad y en el escenario, algunas de ellas, cambiaban las letras que habían presentado y cantaban lo que de verdad querían con el riesgo de quedarse sin la subvención o poder optar a algún tipo de premio para el que se habían preparado durante unos pocos de meses.
Obviamente, en muchos bares de la población si se podían escuchar lo que en el teatro se impedía, por lo que las actuaciones de las agrupaciones en este tipo de establecimientos tenían un sabor muy especial y se llenaban de público para disfrutar de esas letrillas con picante y reivindicativas. Tanto antes como después de las actuaciones en el teatro, las agrupaciones realizaban los clásicos pasacalles, parándose en este tipo de establecimientos, donde el propietario les tenía preparado unas viandas para que los comparsistas o murguistas pudieran aliviar sus gargantas.
La marcha verde isleña. Corría el mes de febrero de 1976, cuando de forma inesperada el martes de carnaval y sin estar nada preparado por la organización de las carnestolendas isleñas, los propios componentes de agrupaciones decidieron lanzarse a la calle y formar una marcha verde, rememorando lo que había ocurrido meses antes en el norte de Africa, iniciativa que tuvo un gran poder de convocatoria, siendo más de 5.000 personas las que se disfrazaron de moros para recorrer durante varias horas todas las calles de la población. Se demostraba una vez más que estas fiestas tienen mucho de improvisación, de ingenio, de reivindicativas y por supuesto de libertad.
Otro de los momentos históricos del carnaval isleño fue el célebre y mal día del 23 de febrero, cuando el teniente coronel Antonio Tejero entró en el congreso de los diputados para dar un Golpe de Estado. Ese día había una gran incertidumbre en el entorno de las fiestas y desde que se produjo el acontecimiento, todos los organizadores del carnaval daban vueltas y se preguntaban unos a otros qué iba a pasar con la función que tenían que ofrecer las agrupaciones horas más tarde. Los presentadores eran los redactores de Radio Nacional de España en Huelva, Pilar Caballero y José Miguel Taltabull, este último con antepasado militar, que se preguntaban que harían. Cuando llegó la hora prevista para que se descorriera el telón y comenzara la función, con un patio de butacas abarrotado de público, se agudizaron las dudas. ¿Qué se tenía que hacer? Muy pronto todo quedó solucionado, pues las distintas comparsas y murgas estaban en los camerinos y detrás del escenario, cuando el numeroso público asistente al Gran Vía comenzó a gritar al unísono: aquí no pasa nada, vamos a
La marcha verde isleña. Corría el mes de febrero de 1976, cuando de forma inesperada el martes de carnaval y sin estar nada preparado por la organización de las carnestolendas isleñas, los propios componentes de agrupaciones decidieron lanzarse a la calle y formar una marcha verde, rememorando lo que había ocurrido meses antes en el norte de Africa, iniciativa que tuvo un gran poder de convocatoria, siendo más de 5.000 personas las que se disfrazaron de moros para recorrer durante varias horas todas las calles de la población. Se demostraba una vez más que estas fiestas tienen mucho de improvisación, de ingenio, de reivindicativas y por supuesto de libertad.
Otro de los momentos históricos del carnaval isleño fue el célebre y mal día del 23 de febrero, cuando el teniente coronel Antonio Tejero entró en el congreso de los diputados para dar un Golpe de Estado. Ese día había una gran incertidumbre en el entorno de las fiestas y desde que se produjo el acontecimiento, todos los organizadores del carnaval daban vueltas y se preguntaban unos a otros qué iba a pasar con la función que tenían que ofrecer las agrupaciones horas más tarde. Los presentadores eran los redactores de Radio Nacional de España en Huelva, Pilar Caballero y José Miguel Taltabull, este último con antepasado militar, que se preguntaban que harían. Cuando llegó la hora prevista para que se descorriera el telón y comenzara la función, con un patio de butacas abarrotado de público, se agudizaron las dudas. ¿Qué se tenía que hacer? Muy pronto todo quedó solucionado, pues las distintas comparsas y murgas estaban en los camerinos y detrás del escenario, cuando el numeroso público asistente al Gran Vía comenzó a gritar al unísono: aquí no pasa nada, vamos a empezar, y así una vez y otra y de forma continuada, hasta quebrar las gargantas. Siendo tal la insistencia, que por fin se descorrieron los telones y comenzó el espectáculo, que se desarrolló con toda normalidad, aunque eso sí, siempre pendiente de la radio, que transistores había un montón entre bambalinas y de la televisión que estaba en el bar Crisanto, en los aledaños del Teatro, para conocer las noticias que iban ofreciendo los servicios informativos. En esta ocasión se demostró una vez más que este tipo de fiestas no hay quien las pare. A partir de 1979, los carteles anunciadores de estas fiestas tan típicas de la alegría y el desenfado ya empezaron a tener rotulado en su contenido la palabra carnaval, se notaba que había cambiado la situación política de nuestro país, aunque bien es verdad, que aún y durante un par de años más, los letristas tenían que pasar por la censura, aunque esta ya no era tan rígida, pero los problemas se seguían suscitando, hasta que llegó la hora de que este requisito pasó a mejor vida. Tenemos que reseñar que con la censura fuera de los carnavales se pierde esa doble intención de la que hacían gala los autores isleños, para pasar a decirlo todo a las claras y por derecho, lo cual fue una pena, pues esa picaresca de las letrillas fue desapareciendo en muchas de las agrupaciones hasta llegar a nuestros días, en que las palabras malsonantes no faltan en algunas comparsas y murgas.
Desde luego, donde mayores polémicas se han originado siempre en los carnavales isleños ha sido a la hora de dar a conocer el fallo del jurado del concurso de agrupaciones, pues habitualmente nadie estaba de acuerdo con el mismo, llegándose a tener enfados importantes entre las distintas familias carnavaleras. Como era serio el problema, que los resultados se colocaban a primerísimas hora de la mañana del domingo de cabalgata, cuando el murgista o comparsista estaba acostado, en un cartel en la Plaza del Caudillo, hoy Plaza de las Flores, para cuando el personal se levantara se encontrara con la sorpresa y como es obvio, comenzaran las críticas al jurado y a los supuestos favoritismos, y eso que ese jurado era nombrado democráticamente. Como era de esperar, al siguiente año, las agrupaciones que no habían alcanzado la posición que ellos esperaban, algún que otro cuplé o pasodoble con las críticas más duras eran para los miembros del jurado. Todo esto, no les quepa la menor duda, formaba y forma parte del espectáculo, aunque en la comida del comparsista se limaban muchas asperezas y esa es parte de la grandeza del carnaval.
Carnaval de calle. Cuando más disfrutaban los isleños era en el llamado carnaval de calle, era un espectáculo salir a presenciar los disfraces de mamarracho, como el popular Manolo Fragoso El Patitas, el primero que se colocaba lo que antes encontrara y se lanzaba a las calles de la población, con la sana intención de burlar a los municipales y recorrer toda la localidad entre el regocijo de todos. Lunes y martes de carnaval y miércoles de cenizas, toda Isla Cristina y en los últimos años Ayamonte también, disfrutaban de unos días realmente maravillosos, donde el ingenio de los habitantes de estas dos localidades se ponía de manifiesto en sus disfraces. En estos años comprendidos entre finales de los setenta y principios de los ochenta, la verdad es que no hay que reseñar ningún incidente de importancia en estas fiestas, pues los nativos sabían muy bien hasta donde llegaban sus cometidos y lo respetaban hasta donde podían, pero bien es cierto, que algunos acabaron en el cuartelillo, aunque sólo eran retenidos unas horas hasta recobrar de nuevo la libertad y volver a disfrazarse y a correr cuando veían un municipal, que tampoco es que tuvieran mucho celo en sus funciones y en la mayoría de los casos, si veían una máscara por una calle, pues ellos tiraban por otra y asunto concluido.
El día del tradicional entierro de la sardina, cuando las enlutadas y plañideras viudas se lanzaban a la calle para la quema de tan popular pescado en la costa onubense, era cuando más cuidado tenían que tener en aquellos años las autoridades de la localidad, pues como muchas viudas iban con la cara tapada, se podía esperar que hicieran alguna trastada, cosa que al final nunca ocurría, sino todo lo contrario, una vez que concluía el duelo, el personal se dispersaba o bien se iban a la caseta municipal para seguir la velada en el popular baile de las viudas, donde el carnavalero se lo pasaba en grande a los sones de la orquesta de rigor, y es que el nativo sabía muy bien que no se podía meter la pata bajo ningún concepto, no fuera que las autoridades para años sucesivos tomaran algún tipo de medida que desde luego a nadie le agradaría. También hay que destacar los populares bailes rosa que se siguen celebrando el sábado anterior al domingo de piñatas, donde todos los carnavaleros se disfrazan de este color, en una fiesta que rememora tiempos pasados.
*José Luis Camacho Malo es publicista |
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