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29 de febrero de 2012 |
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Michael D. Murphy y J. Carlos González Faraco |
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"Aquí termina la política y empieza el Rocío" |
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Aunque los hechos y procesos más decisivos en la configuración del Rocío contemporáneo ya habían sucedido o habían empezado a desarrollarse en la década anterior a 1975, la Transición representa, no obstante, una etapa destacable para la historia rociera reciente. Los avatares políticos de esos años, a pesar de que en 1978 a alguien le diera por colocar en el camino de Almonte al Rocío un letrero con la frase Aquí termina la política y empieza El Rocío, influyeron, de diferentes maneras, en el devenir de esta devoción. De hecho, en la misma crónica de ABC (de 16 de mayo de 1979) en que se cita esa anécdota, aun cuando se afirma que el nuevo Ayuntamiento no va a proponer ningún cambio que perjudique a la romería y que ésta se encuentra muy por encima de cualquier tendencia política, se deja entrever cierta inquietud ante las consecuencias que podría acarrear para El Rocío la nueva situación política creada en Almonte tras la victoria socialista en los primeros comicios municipales democráticos.
Disparidad de opiniones. Durante la Transición tiene lugar en Almonte un proceso de divergencia y hasta de desencuentro entre dos instituciones el Ayuntamiento y la hermandad matriz que, durante el franquismo, habían vivido política y socialmente unidas. La respuesta de los grupos locales más conservadores ante los nuevos aires que estaba trayendo la democracia y, sobre todo, ante la reorientación hacia la izquierda del gobierno municipal, fue una retirada estratégica a una institución religiosa como la hermandad, desde la que tratarían de mantener, aunque no siempre abiertamente, una influencia política en la vida local. Esta maniobra vino a significar una especie de adecuación estructural, similar por su forma, aunque no por sus resultados, a la adoptada en 1932, tras el acceso al poder municipal de los partidos republicanos. Para constatar las disparidades entre ambos momentos históricos, no hay más que comparar los traslados de la Virgen que tuvieron lugar, respectivamente, en ese año y en 1984.
En 1932, la decisión de la Corporación municipal, cumpliendo a rajatabla con la legalidad republicana, de eliminar los símbolos religiosos de la sede del Ayuntamiento pero, sobre todo, un mosaico de la Virgen del Rocío, provoca un airado levantamiento popular, alentado por los más notables representantes de la derecha local. Como consecuencia, y a manera de desagravio, la imagen de la Virgen es traída a Almonte, y el alcalde se vio obligado a abandonar la localidad. En 1984, en cambio, la polémica la desató la decisión del Ayuntamiento, dirigido por socialistas, de rectificar el curso del camino que había venido usándose para los traslados septenales de la imagen, dado que su primer tramo había prácticamente desaparecido al haber sido transformado para fines agrícolas, dentro del Plan de Regadíos Almonte-Marismas. La hermandad matriz, la oposición política y otros sectores próximos abanderaron el descontento por lo que consideraban una intromisión del Ayuntamiento en las tradiciones rocieras. Durante el traslado, la tensión acumulada derivó en forcejeos, cortes de alambradas y violentos incidentes, y la Imagen siguió finalmente la ruta habitual. Sin embargo, estos acontecimientos no supusieron, ni mucho menos, un malestar y una fractura social tan graves como los habidos en los años treinta. De hecho, no tuvieron consecuencias significativas fuera de su propio ámbito y los socialistas volverían a ganar las elecciones municipales repetidas veces.
¿Por qué esa diferencia entre estos dos enfrentamientos protagonizados por los que aún cabría llamar representantes locales de las dos Españas? Ni las circunstancias, ni los actores, ni las posiciones y medidas que éstos tomaron en cada uno de esos dos momentos fueron las mismas. La izquierda, en el postfranquismo, adoptó una actitud mucho más prudente sobre El Rocío, a sabiendas de que era una devoción muy arraigada en Almonte, de la que no podía sentirse ajena, y un fenómeno extraordinariamente expansivo, en el que debía jugar un papel protagonista. Valga como elocuente ejemplo de esa sagaz actitud la sustitución del nombre, tan obviamente franquista, de una de las calles principales del pueblo, General Franco, por el de Venida de la Virgen, con ocasión de una renominación general del callejero llevada a cabo por la corporación socialista en 1981.
Por otro lado, el espectacular crecimiento de la Romería obligaba al Ayuntamiento y a la hermandad matriz a contemporizar e incluso a observar una cierta connivencia, no exenta de discrepancias en muchas ocasiones. De este modo, se irían configurando en esos años entre ambas instituciones algunas pautas de coexistencia, que han llegado con frecuentes fluctuaciones hasta nuestros días, basadas en la cautela, en una aceptable delimitación de sus respectivas funciones y en la conciencia de su recíproca necesidad para afrontar la problemática de un Rocío cada día más complejo. Aunque a escala local ya se venían tomando, desde años anteriores, medidas excepcionales para la organización de la Romería, fue justamente en 1983 cuando se puso en marcha, por vez primera, un macrodispositivo de seguridad y asistencia conocido como Plan Romero, en el que, además del Ayuntamiento y la hermandad matriz de Almonte, toman parte diversos organismos públicos nacionales, regionales y provinciales.
No es fácil determinar si la Transición, en tanto que proceso político, jugó algún papel en este impresionante proceso de expansión del Rocío, cuyo arranque es anterior a 1975. Lo cierto, sin embargo, es que la Romería, en términos de número de participantes, llegó a sus máximos niveles en los últimos años de la Transición. Y también que, en ese mismo periodo, el número de hermandades filiales y asociaciones rocieras, así como el tamaño de la Aldea del Rocío, experimentaron un extraordinario empuje. Los datos son abrumadores: en 1980 se habla por vez primera de un millón de asistentes, entre los que son ya minoría los romeros en sentido estricto, ante la masiva incorporación a las celebraciones de simples espectadores o turistas (este mismo año El Rocío fue declarado precisamente Fiesta de Interés Turístico Internacional). El apelativo rociero va a difundirse y diversificarse hasta extremos insospechables. La mágica cifra del millón de asistentes se elevaría a 1.200.000 el año siguiente (1981), cuando se llega a estimar en 500.000 las personas que estuvieron aguardando, en la puerta del santuario, la salida procesional de la Virgen en la madrugada del lunes. En 1977 se movió la fecha habitual (19 de Agosto) del traslado a Almonte de la Virgen para hacerlo coincidir con el fin de semana y favorecer así una mayor asistencia de público a los actos.
Más hermandades. Entre 1973 y 1983, el número de hermandades se disparó y pasó de 43 a 64 (hoy supera el centenar): a excepción de Almería todas las provincias andaluzas estaban ya representadas en el movimiento rociero, además de otras localidades no andaluzas (Las Palmas de Gran Canaria y Badalona). Tal aumento provocó cambios en los rituales de la Romería, como, por ejemplo, en la presentación de hermandades, que hubo de ser adelantada al mediodía, y en el rosario, que tuvo que ser subdividido entre el sábado y el domingo. Por otra parte, al compás del éxito y masificación de la Romería, también se habían ido multiplicando las celebraciones rocieras a lo largo de todo el año. En 1983, quedó finalmente regulado e institucionalizado un calendario anual de peregrinaciones extraordinarias que las hermandades venían realizando los fines de semana y otros días festivos.
La Aldea del Rocío, que ya había iniciado su despegue en los primeros setenta tras la aprobación de su primer plan urbano (1970) y la primera subasta pública de parcelas de su historia (1972), ve acelerarse, aunque no de manera uniforme, el ritmo de construcciones entre 1975 y 1983. En ese periodo (1978), quedó aprobada una reforma del plan especial de 1970, que había proyectado 21 calles nuevas, por la que casi se duplicaba el espacio urbanizable de la Aldea con otras tantas calles más. Como consecuencia, en los años finales de la Transición la fisonomía urbana del Rocío se había transformado ostensiblemente, mostrando ya su actual imagen reticular, con calles paralelas y espaciosas plazas para la acampada de hermandades, según había sido previsto en esos sucesivos planes urbanísticos. Este nuevo Rocío tan geométrico rompía así, drásticamente, con las sinuosas formas del primitivo núcleo aldeano ceñido a la ermita. Los alquileres de casas para la Romería también, aunque mucho menos, para el veraneo comenzarían a ser, en esos años, muy sustanciosos. En 1983, en un estudio económico preparado para el Plan General de Ordenación Urbana del Municipio de Almonte, se habla de 250.000 pesetas como alquiler medio de las 600 u 800 viviendas, en su mayoría propiedad de vecinos de Almonte, que se alquilaban en ese momento para los tres o cuatro días de la fiesta. En casos, se llegó a pagar hasta medio millón de pesetas.
Como hemos adelantado, este exponencial aumento del interés por El Rocío, dentro pero sobre todo fuera del territorio primario de la devoción, tendría como importante consecuencia la coyuntural y pragmática cooperación de las dos instituciones más significadas del pueblo de Almonte, a fin de garantizar el control local de un culto que estaba rápidamente convirtiéndose en un fenómeno masivo de ámbito regional e incluso nacional. Ello contribuiría a reforzar, afianzar y extender la fama de Almonte y los almonteños como prototipo de pueblo sociocéntrico y extremadamente localista en relación con El Rocío. El conocido estilo tumultuoso de la procesión de la Virgen se acentuó en esos años, las desavenencias entre la hermandad matriz y las hermandades filiales se hicieron cada vez más frecuentes y el Ayuntamiento intensificó su control sobre el suelo de la aldea, rechazando, por ejemplo, la donación de solares para establecimiento de instituciones eclesiásticas en El Rocío, al contrario de lo que había sucedido en Lourdes o Fátima, sólo por citar otros dos santuarios marianos de primer rango en Europa.
Este exhaustivo control local del espacio sagrado, con una mayoritaria presencia de propietarios almonteños en el viejo y nuevo caserío de la aldea, aunque se viera facilitado por la antigua propiedad municipal del suelo, se origina y cobra su decisivo impulso durante la Transición, gracias a algunas subastas especiales de parcelas. También, en esa etapa, germinaron las semillas de la vigente polémica sobre el desarrollo urbano de la aldea, entre quienes ponen por encima de todo su condición de lugar sagrado, la defensa de sus cualidades ambientales y la conservación de su insólito estilo urbano, expresamente concebido para una romería anual, y quienes, en cambio, desean intensificar la explotación de su considerable potencial económico junto a otros espacios turísticos próximos, con los consecuentes cambios urbanísticos que de ello se hayan de derivar. Esta disyuntiva no nació en los años de la Transición: ya se vislumbraba en los inicios de la masificación, como puede advertirse en la Memoria justificativa del proyecto de construcción del nuevo santuario en 1964, y también en las ambivalentes apreciaciones sobre el destino del Rocío como núcleo urbano, recogidas en los textos del plan especial de 1970.
A partir de entonces, El Rocío dejó de ser considerado un baldío improductivo y su suelo, hasta ese momento prácticamente gratuito, empezó a adquirir un valor de mercado que ya no cesaría de subir gracias a una creciente demanda. Las primeras subastas públicas de parcelas, todas idénticas de 300 m2, se celebraron, como ya se dijo, en 1972, y pronto los vecinos de Almonte pudieron comprobar cómo muchas de ellas caían en manos de forasteros, contra los que no podían competir económicamente. En 1976 sus protestas se hicieron ostensibles, reclamando un sistema restringido a través del cual tener la oportunidad de acceder a la propiedad de las nuevas parcelas. En 1977, el Ayuntamiento trató de acallarlas y, mediante el subterfugio de una cesión de terreros a la hermandad matriz, promovió la edificación de 123 viviendas económicas para vecinos del Rocío y Almonte. A fines de esa década, arreciaron aún más las protestas, con un reguero de pasquines, manifestaciones e incidentes en las calles. Consecuencia de ello, fue una gran subasta restringida que, bordeando la legalidad, se celebró en 1980, ya bajo el primer gobierno municipal socialista. Tras esta subasta masiva, cientos de almonteños pasarían a ser propietarios de solares en las nuevas calles del Rocío, con lo que su presencia se volvería ampliamente mayoritaria dentro de la aldea, además de ver sus rentas sumamente favorecidas.
Estudios sobre El Rocío. En este contexto de masificación de las celebraciones y rápido desarrollo urbano de la aldea, en un ambiente político tan propicio para ello como el de la Transición, también crece el interés por estudiar, analizar u opinar sobre El Rocío. Proliferaron así las publicaciones, los comentarios periodísticos y las disputas dialécticas. Acaso por vez primera desde la II República, aparecieron entonces algunas voces críticas sobre el significado del Rocío como fenómeno religioso y cultural, con posiciones que con algunos matices han persistido hasta la actualidad. Quizás las más aceradas, también las que más polvareda levantaron en su momento, fueron la de Alfonso Grosso en su novela Con flores a María (1981) y, sobre todo, la de Fernando Ruiz con su película Rocío (1980), cuya exhibición pública llegó a estar temporalmente prohibida. Junto a este tipo de severas críticas de cariz sociopolítico, hubo otras más inclinadas a la burla irónica o al sarcasmo con buenas dosis de humor, como las contenidas en el libro de Isabel González, Fiestas y jolgorios andaluces (1981).
También para la literatura rociera de carácter o inspiración devocional, la Transición constituyó un periodo enormemente fértil. Baste con citar la serie de libros editados, entre 1975 y 1981, por el entonces párroco de Almonte y después obispo de Almería, Rosendo Álvarez Gastón, especialmente Las raíces del Rocío (1981), así como la primera obra enciclopédica sobre El Rocío (El Rocío: Fe y Alegría de un Pueblo, 1981), escrita por un grupo de estudiosos y devotos de Villamanrique de la Condesa. Fue igualmente durante esa etapa cuando se abrió una cascada de publicaciones antropológicas sobre El Rocío que no ha parado hasta nuestros días. Sólo hay que recordar, entre muchas otros, los textos que vieron la luz en esos años de Isidoro Moreno Navarro, Alfredo Jiménez Núñez, Salvador Rodríguez Becerra, Oriol Romaní, Josep María Comelles e incluso Julio Caro Baroja.
Iniciamos nuestro argumento haciendo mención a la cuestión de las dos Españas y a algunas de sus expresiones en El Rocío durante la segunda mitad de los setenta y los primeros ochenta. Contemplando desde hoy esa profusión de visiones dispares y a veces antagónicas, quisiéramos señalar, para concluirlo, que quizás haya sido esa suerte de vivo y vibrante diálogo entre las dos Españas sobre los múltiples significados de un fenómeno, tan crecientemente dinámico y complejo, la herencia más perdurable del Rocío de la Transición.
*Michael D. Murphy es profesor de la Universidad de Alabama/ Juan C. González Faraco es profesor de las universidades de Huelva y Alabama |
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